Más allá del resultado de anoche entre Tigres y Unión Española, en la etapa previa de la Copa Libertadores, resulta una tristeza cómo en cada edición que transcurre, los equipos mexicanos desdeñan el torneo de clubes más añejo en la historia.
Han sido múltiples los señalamientos, desde el tema del arbitraje –como si acá anduviéramos tan certeros en ese rubro–, los largos viajes que desgastan a los futbolistas, la exigencia de primas y premios económicos, ya que no les gusta que el costo de esta competición salga de su presupuesto, concluyendo con la queja de que la Final, si un mexicano está inmiscuido en ella, nunca se jugaría en territorio nacional.
Si bien la Copa Libertadores se ha alejado de aquella competencia magnífica de hace algunos ayeres, en donde equipos como Independiente, Peñarol, Santos, Internacional, Estudiantes, Nacional, Olimpia, Sao Paulo, Boca Juniors, River Plate, Gremio y alguno que otro rimbombante de Sudamérica, adornaban y hacían seductor el torneo, no deja de ser un sitio que para cualquier entidad mexicana funciona como un recinto de fantásticas y profundas enseñanzas.
Utilizar equipos alternativos con el burdo pretexto de formar a los jóvenes, me parece un argumento barato y sin ninguna reflexión. La Libertadores posee enigmas, espinas y retos que son muy complejos que las agrupaciones nacionales encuentren en otros lugares; es cierto que de pronto el concepto del debe ser y el competir limpio se confunde y se exhiben indeseables triquiñuelas, pero aún así, y sin que lo anterior sea lo idóneo, hasta estas disfrazadas trampas que deben enfrentar, al final del día y bien encauzadas, se convierten en preciado aprendizaje.
Lo más complejo de entender es que cuando las escasas ocasiones en que las instituciones de nuestro país han atendido con seriedad el llamado en el Cono Sur, han rodado de manera extraordinaria.
Cómo olvidar el partido de Cruz Azul en La Bombonera; tuve la fortuna de comentar ese juego con Christian Martinoli para radio, y fue una delicia cómo en el medio tiempo, cuando fuimos al baño, y en los pasillos, los furibundos fanáticos xeneizes estaban desencajados y resignados por la perfecta exhibición de los azules. O cómo el Guadalajara puso a parir en pleno inmueble de Beira Rio al Internacional de Porto Alegre, con aquella sorpresiva anotación de Marco Fabián.
Y el día que vibró el Estadio Azteca cuando el América tenía asfixiado a Boca Juniors, y sólo un milagroso gol de cabeza del argentino Walter Samuel dio el pase al equipo que menos lo mereció. O aquellas plausibles y emocionantes exhibiciones del Atlas de Ricardo La Volpe, de visitante, que pusieron de cabeza a propios y extraños.
Sin duda, existen muchos más argumentos positivos que negativos de participar con total cordura y entereza en la Libertadores; pero penosamente a últimas fechas no se piensa así. Y por diversos motivos, lo valioso y enriquecedor de este torneo tampoco se ha logrado permear al aficionado mexicano, que sigue prefiriendo disfrutar de cómo su club favorito le gana al acérrimo rival en la Liga o intenta ganar el campeonato local.
Estoy cierto de que si la Copa Libertadores no tiene la valía adecuada es responsabilidad de todos los que componemos el entorno de la pelota aquí en México; por supuesto, unos, en específico los equipos, más que el resto, que sólo somos y seremos simples complementos.