Futbol Nacional

¿Lujo y exclusividad?

Mié, 2012-02-08 14:12

Transcurren las horas, y a tres días del Super Bowl XLVI, me parece que la mejor explicación del porqué perdieron los Patriotas de Nueva Inglaterra no la han dado los grandes expertos, como John Madden, Adam Schefter, John Clayton ni mucho menos Rich Eisen, el coach Mariucci, Deion Sanders o Michael Irvin, en NFL Network.

No, señor, la mejor explicación sobre la victoria de los Gigantes de Nueva York, ha sido cortesía de Giselle Bu?ndchen en aquel famoso video que circula desde hace un par de días por Internet, en donde se puede ver a la super modelo brasileña caminar por los pasillos del Lucas Oil Stadium, tras el partido diciendo sus allegados algo así como “My Husband can´t fucking throw the ball and catch the ball at the same time. I can´t believe they dropped the ball so many times…”.

Mientras la brasileña culpaba con todo a los pobres receptores de Nueva Inglaterra, Tom Brady reconocía en conferencia de prensa el esfuerzo de sus compañeros:

“Luchamos juntos, caímos juntos”, y la verdad es que todos los que vimos el juego, muy en el fondo de nuestro corazón, le damos la razón a Giselle. ¡Ja! Habrá que decir que la reacción del mejor trofeo que Brady podrá ganar en toda su vida (es decir, su esposa) obedece a los gritos que le fueron lanzados durante su recorrido por los pasillos del estadio, en el momento en el que trataba de abordar un ascensor para consolar al recién derrotado Brady, detalle que sin lugar a dudas no deja de maravillarme, pues si tomamos en cuenta que los palcos y las suites ejecutivas para ver el Super Bowl se vendían en más de 2 millones de pesos, podemos darnos cuenta de que ni todo ese dinero salvó a la señorita Bu?ndchen de los clásicos borrachales, que en vez de gritarle algo más inteligente como ‘cásate conmigo’ o ‘me dijo Tom que lo esperaras aquí conmigo’ (al menos es lo que yo le hubiese gritado si hubiera pasado junto a mí), terminaron por lanzar insultos a su marido, ¡cuando el marido ni siquiera estaba presente!

Comparto esta historia después de ver cómo uno de esos placeres sencillos como ir al cine se ha vuelto en una pequeña tortura, sobre todo cuando se trata de las famosas salas fufurufas a las que, por desgracia, cada vez tenemos que recurrir ante el inminente lleno en las salas tradicionales, que significan una fila de al menos 20 minutos antes de que comience la función, si se pretende apañar un lugar decente.

De entrada, diré que el concepto de salas cinematográficas ‘de lujo’ parece una gran idea cuando te ofrecen un lugar asignado y una butaca mucho más espaciosa y reclinable; aunque con el paso del tiempo (y el poco mantenimiento) hay unas que están más aguadas que algún catre de motel de La Merced.

El error radica cuando en su afán de darle toques de ‘elegancia’ y ‘exclusividad’, terminan rayando en lo ridículo, como el vender alcohol ¡y hasta sushi! Llámenme de la vieja guardia, pero en mis tiempos cuando la gente iba al cine, no se vendía alcohol y nadie se quejaba. De la comida ni hablo, porque no puedo concebir que la gente pida sushi en una sala de cine. Si tienen hambre ¿no sería mejor irse a un restaurante, donde seguramente tendrán un pescado mucho más fresco que el del cine para prepararles sus rollos y sashimis?

No es que el espíritu de Stalin se apodere de mí, pero de verdad no hay nada tan molesto como estar viendo una película mientras se escucha el murmullo del ‘¿qué vas a pedir?’ y que de la nada se comiencen a atravesar meseros para levantar o repartir órdenes. Todo esto, mientras hay una lámpara prendida al lado de tu asiento para que el señor de al lado pueda ver sus platos y sus cubiertos. ¿Y a eso le llaman lujo?

Perdón que me desquite en esta columna, pero, ¿no podemos volver a los tiempos de las palomitas y los pon-pons?

 

 

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