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Opinión

Felipe Morales

Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.

El Volcán despidió una lava muy francesa

2018-02-11 | FELIPE MORALES
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El árbitro señaló al medio campo y Guido Rodríguez festejó, como se festejan las anotaciones: con el pulmón en un puño, sin preguntarle a nadie. Pero el árbitro Fernando Guerrero se retractó, lo anuló y le amputó el grito al alma de un contención, abandonando en el lamento. Con la rabieta de quien agita los brazos espantando avispas, el Piojo Herrera se ponía colorado; asomado desde su bigote, el Tuca aplaudía disimuladamente y mientras todo eso pasaba en el área, Tigres volteaba al cielo, de donde, inesperadamente, otra vez, provino una chusca decisión: Penal, que rima con carnaval. 

Eso fue, por penosos momentos, Guerrero, el silbante reglamentariamente amistoso, que siempre quiere quedar bien y que, esta vez, apoyado en su abanderado, indicó la pena máxima por un codazo previo sobre Cecilio Domínguez, instantes antes, el cabezazo de Guido había abrazado la red.

Ahora, los felinos eran los que rabiaban. El bigote del Tuca se incendiaba en maldiciones, consumidas en el fuego de lo ridículo. 

“¿Pero qué el árbitro no se gradúa en el barrio, donde mano o penal sobre gol, es gol?”, se habrán preguntado los fanáticos, con el  más común de los sentidos, que, normalmente, no viste de negro.

Librada aquella bochornosa trama, llena de desconocimientos y exhibiciones de liga amateur, en la que los árbitros se empeñan en confirmar que pitan lo que no entienden, arribó, desde Francia, Jérémy Ménez, con el pecho inflado y la solución en el empeine...

Si Mateus Uribe ya había fallado un cobro desde los once pasos, más temprano en el partido y el América no atinaba a la portería desde los once metros hacía ya ocho ocasiones, Ménez no lo permitiría de nuevo, no más, no otra vez, no siempre, porque a los franceses les placen los romances, entre humo y red.

Jérémy se perfiló, mientras Gignac le susurraba al oído algunos conjuros galos. Ambos sonrieron; uno como aviso de la amenaza (lo vas a fallar), otro como aviso de la promesa (anotaré). El polémico penal –no porque no fuera sino porque ya no era necesario cobrar-finalmente, fue disparado al centro con exceso de velocidad, acreedor a fotomulta. Gignac bajó la cabeza, Ménez besó al futuro.

Así, en un instante, se confirmó como respuesta y como el pateador que las Águilas necesitaban, como se requiere una fogata en invierno. Les devolvió ese calor desde el punto penal, solamente enfriado por el otro francés, por Gignac, quien antes, con un cabezazo astuto en medio de una defensa dispersa y diluida en agua tibia,  ya había anotado el primer gol para Tigres. 

Fue, entonces, algo muy parecido al apretón de manos que se dan dos amigos, abajo de la Torre Eiffel, después de cenar y pasear con las esposas, que usualmente visten de amarillo. Un empate a uno, cordial. 

El Volcán despidió una lava muy europea. Después de ver a Gignac y a Ménez, algunos futbolistas ya cotizan las clases  para saber cómo es que se habla aquel idioma de gol, con acento contundente francés...