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Opinión

Ignacio Suárez

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Pablo Larios: su último vuelo…

2019-02-06 | Ignacio Suárez
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En 1988, Manuel Manzo, por sus extraordinarias cualidades y al ser uno de los mejores jugadores en la historia del futbol mexicano, escribió un libro al que tituló: "La gloria y el infierno de un futbolista”. Pudo ser el mejor de México, pero su afición al alcohol lo venció y no lo fue.

Tenía todo lo que un futbolista sueña: gran físico, hábil en el regate, una excelsa técnica individual, aunque era de perfil derecho, también le pegaba muy bien con la izquierda. Era un letal rematador de cabeza, era un jugador elegante, con una claridad y lectura de juego impresionante, uno de los jugadores más finos que he tenido el privilegio de ver jugar y con quien compartí muchas vivencias años después de su retiro, donde me dejó enormes enseñanzas.

Manolo tuvo una infancia pobre y cruel. Fue el miembro menor de una familia de seis hermanos. Su padre los abandonó, supo que se llamaba Filiberto y se enteró que había muerto cuando tenía seis años. Dos años después, a los ocho, murió su madre. Así que entre su abuela y su hermana mayor, Lourdes, se hicieron cargo de todos y crecieron todos así, “A la buena de Dios. Como se pudo”, me relataba. Con más calle que escuela, con un balón viejo como amigo inseparable.

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El torneo de los barrios que organizaba el 'Heraldo de México' fue su catapulta. Aunque era volante ofensivo, fue campeón goleador, de ahí pasó a la Selección Nacional (entonces amateur) que participó en los Juegos Olímpicos de Munich 1974, donde fue la gran figura. Desde aquel momento su convivencia con el alcohol era una constante, se fugó decenas de veces para ir a celebrar el triunfo o sufrir la derrota en compañía de sus cuates del barrio de Oceanía.

De ahí al Atlético Español, donde se consolidó como la gran figura y goleador del equipo, además de que fue nombrado el jugador del año. El dinero y la fama agudizaron su problema. Había semanas donde no entrenaba y técnicos que iban por él a la cantina, donde sabían lo encontrarían, para aplicarle un suero y pedirle que jugara al día siguiente.

Los excesos fueron en aumento y estuvo cerca de la muerte. En su paso por Chivas fue internado de incógnito en dos ocasiones tras sufrir “deliriums tremens”, tuvo que marcharse al futbol de Estados Unidos. Ya en Houston, en estado de ebriedad, se lanzó de clavado a la alberca con poca agua y profundidad y se fracturó las cervicales. Un año después, gracias a don Arnoldo Levinson, recibió otra oportunidad con Pumas, donde junto a Hugo Sánchez, Ricardo Ferretti y Manuel Negrete, fue la gran figura del equipo en la Liguilla, anotando seis goles; en la Final se coronaron venciendo al Cruz Azul 4-1 en la Temporada 80-81.

Le anotó a Brasil en el Maracaná, pero nunca pudo jugar un Mundial. De hecho, su mejor y más grande legado NO fue en las canchas, sino cuando las dejó y se rehabilitó. Nunca más volvió a beber alcohol y, en su barrio con su gente, con sus propios recursos creó la fundación 'Jóvenes de Oceanía', donde rescató a decenas de jóvenes drogadictos y alcohólicos, en una labor silenciosa y sin reflectores. Su fundación se expandió a otras ciudades con el mismo fin.

Compartió su infierno cientos de veces ante diferentes auditorios, con la finalidad de que los jóvenes no tomaran el camino que vivió. Soportó estoicamente las burlas, el escarnio social y nunca claudicó en su deseo de ayudar. Se expuso públicamente a la crítica más descarnada: “Bien vale la pena, si esto sirve para sacar, aunque sea a dos o tres del infierno que yo viví”, me dijo Manolo muchas veces. Si como jugador lo admiré, como persona esa percepción se multiplicó.

Algo muy similar viví muy de cerca con el gran Pablo Larios. Tras la partida del arquero y a manera de homenaje quiero compartir con ustedes esta historia: 

Era el año de 1982. Los domingos por las noches viajábamos de Toluca al Distrito Federal a dormir a casa de la tía Maty, junto con Fernando Sánchez Caballero, un extraordinario volante ofensivo con una zurda privilegiada del que nunca me expliqué cómo es que NO pudo debutar con semejante talento. En la madrugada del lunes, en la terminal de Taxqueña, había que tomar el primer camión con destino a Zacatepec, cuya reserva profesional, que dirigía 'La Cira' Dávila, era  donde acariciábamos el sueño de llegar a jugar en la Primera División.  

El padre de Marlon y Fernando, miembros del primer plantel, era un emblema de la institución, había jugado en el equipo que logró el ascenso y era muy respetado. Pedro Nájera 'El Siete Pulmones', casi siempre preparador físico, había tomado la estafeta como técnico del equipo donde Pablo Larios, a dos años de su debut, era la gran figura.

Era un Zacatepec muy debilitado, había tenido que vender a sus figuras para sobrevivir. Eran los Cañeros de Jorge Blanco, Arturo Magaña, 'Bondojo' Fernández, David Coss, Manuel Aranda, Miguel Ramírez, Alfredo Morales, entre otros. Los de la reserva entrenamos al mediodía y a las tres el primer equipo.

Juan Carlos Vega, otro chico de apellido Ocampo y un servidor preferíamos comer más tarde para ir a ver entrenar al primer equipo. Mientras Pedro Nájera practicaba y hacia subir y bajar escaleras a los jugadores en las gradas del 'Coruco Díaz', los arqueros hacían circuitos y entrenaban por separado, muchas veces una hora antes de los jugadores.

Decenas de veces me quedé observando los increíbles vuelos de Pablo Larios al tomar su turno en las series de cortar centros por ambas bandas o el tiro a gol, ¿cómo diablos hace para volar así?, nos preguntamos una y otra vez. Parecía como si se detuviera por instantes en el aire. Llegaba a cualquier sitio del área, se tenía tanta confianza que por eso muchas veces se excedió y falló.

Pablo era el 'jefe de jefes' en el equipo. Muchas veces, y una vez que terminaba su serie, mientras los otros dos o tres arqueros tomaban su turno, vimos cómo Larios se sentaba en el pasto, le pedía un cigarro al utilero y le daba dos o tres fumadas a su inseparable Marlboro y nadie le decía nada. Así volvía a pasar en la siguiente serie.

Cuando nos atrevimos a preguntarle cómo es que podía calcular las salidas, nos dijo: “Mañana los busco más temprano, pidan al utilero que les presten unas manoplas y pelotas de beis y me invitan unas cheves”, así sucedió, sin entender y pensando que se trataría de una broma, seguimos sus instrucciones.

 Al día siguiente llegó Pablo, como nos lo prometió, y con su cigarro en la boca nos compartió su secreto: 'Hay que fildear el balón como si fueran 'El Diablo' Montoya, en aquel tiempo el jardinero central de los Diablos Rojos del México. El secreto está en aprender a oír el contacto con el balón y no correr de manera totalmente lateral'. Hacía parecer tan fácil eso tan complicado, solo él podía hacerlo, porque fue un adelantado a su tiempo.

A partir de ahí, cada semana se daba sus vueltas por la maltratada casa club, en donde aprendimos a sobrevivir al calor, sin aire acondicionado y ventilador, mojándonos con agua fría con todo y sábana por las noches  y correr hacia la cama antes de que se calentaran; los ruidos de las cuijas en el techo era nuestra 'música' relajante cada noche. Hasta ahí llegaba Pablo, de vez en vez, lo mismo para regalarnos algunos guantes, dinero para la comida o para que pudiéramos ir al cine, 'El Encanto', donde por el mismo boleto podíamos ver tres películas el mismo día, pero lo mejor no era eso, sino sus enormes ventiladores que mitigaban el calor durante esas horas.

Pablo nunca escatimó con ayudar a los jóvenes. Era el mejor cliente de la señora que vendía oro, se presentaba cada quincena y tenía una fascinación por los autos deportivos. Su Mustang Mach One del año era espectacular, aunque extraño, porque un día, a uno último modelo, se le ocurrió pintarle los rines de amarillo. Esa temporada el equipo fue un desastre, se quedó en penúltimo lugar, empatado en puntos con el Morelia.
Hubo Liguilla por el NO descenso y se fue hasta el tercer partido, jugado en el Estadio Azteca, donde un gol de Jacinto Ambriz, decretó el descenso de los Cañeros.

Pablo Larios tuvo ofertas de varios equipos, pero el entonces presidente del ingenio azucarero, que era dueño del equipo, tuvo diferencias personales y no lo dejó salir. Así, Pablo se convirtió en el primer jugador en Segunda División que fue titular en la Selección Nacional. El resto de la historia deportiva ustedes la conocen, a diferencia de Manuel Manzo, los problemas de adicción de Larios se acrecentaron hacia el final de su carrera y no en la cúspide.

Llegó a tener una colección de autos muy grande, Fiat, Trans Am, BMW, pero sus problemas con las drogas lo hicieron perder mucho dinero, pero nunca al grado de indigencia. Las drogas no lo aniquilaron, pero el golpe brutal de perder a su hijo de 19 años en el 2008, cuando quiso cruzar la frontera, lo hizo pedazos anímicamente. Y el problema se agudizó.

Vino el problema del virus que hizo que perdiera el tabique nasal. Pablo se enclaustró por un tiempo, hasta que se dio cuenta, como Manuel Manzo, que contar su infierno, dando la cara y enfrentando el escarnio público serviría para que muchos jóvenes se alejaran de ese camino y no dudó en hacerlo.

Las veces que le pedí que fuera a dar una charla en alguna universidad, o con jóvenes, Pablo jamás se negó, y aunque no le sobraba el dinero, y en la etapa final no tenía trabajo, nunca quiso aceptar dinero por las pláticas, sólo aceptaba el pago de viáticos: “Saber que el infierno que viví con las drogas sirve para salvar de esas garras a un joven, es mi mejor pago, mi Fantasma. Sé que me miran con morbo, espero que eso les impacte lo suficiente para que nunca prueben esas chingaderas”, me dijo alguna vez.

El legado de estos dos personajes va más allá de una cancha de futbol. Su legado fue más allá, se cayeron, pero se levantaron, se limpiaron el plumaje para volar y, con las alas de su experiencia, se dieron a la tarea de rescatar a muchos que, como ellos, algún tiempo, perdieron el rumbo.

Por ello, mi admiración y gratitud eterna. Hasta siempre arquerazo, tu pequeño Pablo ya te estaba esperando. 

“Caer está permitido ¡Levantarse es obligatorio!”, proverbio ruso.