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Opinión

Las lágrimas del maratón

2018-12-14 | Verónica Velázquez
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Si usted ha corrido uno o varios maratones, seguro recuerda con mucha claridad cómo fue su llegada a la meta la primera vez que logró la distancia. Un nudo en la garganta, una oleada de emociones, agotamiento físico y mental, lágrimas incontenibles. Llanto de alegría y de cansancio, llanto de descanso y de logro, llanto por haber logrado un objetivo después de tantos meses de preparación y de sacrificios.

Son pocos los corredores que no han llorado al cruzar la meta de los 42 kilómetros. Hay algo mágico en el maratón, que además de ser generador de orgullo y de felicidad, es generador de lágrimas. Incluso, es muy común ver a espectadores conmovidos cuando están echando porras.

Y es que es inevitable no tener una respuesta emocional al participar en un maratón, la preparación trae consigo un profundo encuentro con nuestros ideales, nuestros valores y nuestras prioridades. Nos enfrenta a tomar decisiones desconocidas y -por lo tanto- a hacer frente a las consecuencias de estas decisiones.

De tal forma que, al llegar a la meta, explota el cúmulo de temores, cansancio, decepciones, esfuerzo, miedos y angustias a los que nos expuso el maratón; pero sobre todo, brotan también todos los sentimientos contenidos que se van generando durante los 42 kilómetros y el orgullo de conocer una nueva faceta de nuestra persona.

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Si usted ha vivido esta experiencia, sabe a qué me refiero. Los primeros kilómetros hay mucha emoción, nervios y un poco de incertidumbre. Luego las endorfinas nos hacen creer que es el mejor día de nuestras vidas, que nuestro cuerpo es perfecto y que toda la gente debería de experimentar la gloria de correr un maratón. Nos sentimos superhéroes, chocamos manos con el público, bailamos al escuchar la música de los puestos de animación, apretamos el paso y pensamos que será muy sencillo.

Pero más tarde las reservas de glucógeno agotadas empiezan a hacer de las suyas y nuestro cerebro empieza a formular todo tipo de mensajes negativos, de miedo, incluso de deserción. Ir esquivando todos estos pensamientos es un esfuerzo adicional y qué mejor manera de descansar de esto que liberando nuestras emociones.

Por supuesto que hay quienes viven la experiencia de forma distinta y no llorando, y eso no quiere decir que tengan seco el corazón, simplemente su repuesta emocional ante una situación como esta es distinta.

Sin embargo, si usted ha corrido un maratón y al llegar a la meta se ha contenido por vergüenza o incluso por confusión pensando ¿por qué estoy llorando? Vengo a darle un consejo, en lugar de preguntarse por qué llora, pregúntese qué siente, y dese permiso de sentir y vivir las emociones al máximo.

Es normal, es bonito y es sano. Dese permiso de reconocer que fue difícil, pero sepa que la felicidad y el sentimiento de logro saben más rico dejando salir las lágrimas del maratón.