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Luis Castillo
Gracias, Moi...
Felipe Morales
Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.
Felipe Morales Dom, 11/05/2017 - 14:06
Gracias, Moi...

El América es la postergación de la felicidad. El sueño de clasificación arrebatado, inconcluso, desesperado. Las Águilas parece que van a una fiesta a la que no tienen muchas ganas de asistir. Llevan los hielos por compromiso y parece que se van a querer ir temprano...

Juega por inercia. Por probabilidad. Como cuando Mateus Uribe mandó un disparo, como quien manda una señal de humo en una isla, sabiendo de su poca posibilidad de acierto, hacia el pecho de Moisés Muñoz.

Todo parecía más rutinario que tomarse un café en la sobremesa, hasta que Moi le metió mal los guantes al balón, que, en su pique, se le coló entre la vergüenza y las piernas. “Muñoz nunca se fue del América”, decían los agradecidos e irónicos azulcremas.

Así vencía un América tan divertido como ver la pared, frente a un Puebla sorprendentemente ensamblado, que parecía aferrarse a la ideología de Enrique Meza, que tiene mucho de la ascendencia de Alfredo Di Stefano: “El balón está hecho de cuero, el cuero viene de la vaca, la vaca come pasto, así que no despeguen el balón al pasto”.

Así transitaban los Camoteros por el Estadio Azteca. Con la simetría del pase al pie, frente a un América que establece sus conexiones a partir de las inspiraciones de Darwin Quintero, que gambetea hasta a su sombra y se consume en ella...

Oribe Peralta ya había puesto un cabezazo en el travesaño y Uribe probaba disparos de media distancia, como quien se prueba corbatas que combinen con errores de porteros. Pero las Águilas son una extraña y confirmada inconsistencia, cuando sale del campo Diego Lainez e ingresa un distorsionado Cecilio Domínguez, que no ecualiza su talento con su esfuerzo en un equipo seco, árido, ausente...

Bruno Valdez salvaba un gol en la raya. Puebla asfixiaba; Miguel Herrera sólo miraba. El Ojitos Meza confiaba. Y Félix Micolta anotaba, con un cabezazo martillado y tenuemente desviado por Valdez. El futbol tenía memoria; el América amnesia y pereza de ir a la fiesta...