RÉCORD

Luis Castillo
Me gustó ser Luis Gabriel Rey antes de saberlo
Felipe Morales
Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.
FELIPE MORALES Lun, 03/27/2017 - 19:27
Me gustó ser Luis Gabriel Rey antes de saberlo

Íbamos perdiendo por tres goles en una canchita de pasto sintético, bajo un sol que hostigaba; la velocidad de los futbolistas amateurs con barriga que ahí jugamos los sábados es como la de trailer con dos vagones. Igual de lenta.

Es propio de milagro hilar cinco pases. Y encima de todo, las lesiones siempre acechan atentas e intelectuales, escondidas detrás de alguna rodilla o tobillo torcidos.

Casi acababa el partido, cuando se escuchó un fuerte “plack”, porque ese mismo futbol de fines de semana, no entiende de sacar la pierna o guardarse los esfuerzos…

Pero la pelota rueda igual y bota idéntico en todas partes. Tiene los mismos códigos, las mismas injusticias, impotencias, las mismas risas, pero, sobretodo,  conserva esa virgen pasión que distingue al jugador de barrio del profesional.

En aquella jugada, el árbitro consideró que el violento choque de espinillas no fue falta de ninguno de los dos futbolistas sin pedigree. “Van por la pelota”, concluyó el silbante con una seña operística, que, a decir verdad, a pesar de su tonelaje, le confería autoridad. 

Yo le creí.

Entonces, la pelota se reanudó con un bote, pero el rival no se enteró. Ante los manoteos y las protestas de los contrarios, que parecía que mataban moscas con elocuente descoordinación, se entrometía una injusticia. 

Mi compañero había jugado el balón sin pedirle permiso a sus despistes. Ellos no pelearon la pelota en aquel bote y nosotros teníamos campo abierto para herir en contragolpe.  
La pelota me cayó a mí, en ejercicio de prueba. 

Pero algo me pasó por el pecho que me atravesó la mente. 

Pude hacer todo lo contrario, pero desaceleré, alcé las manos pidiendo una especie de perdón, moví los brazos, como policía de tránsito, esperando y señalizando que el rival regresara a su campo. Me paré en el balón y cuando estábamos en igualdad de circunstancias, seguí. No antes. 

Por supuesto recibí un reclamo, pero también un halago. El primero de uno de mis compañeros: “No mames, vamos perdiendo, ¿por qué haces eso?”. El segundo, del árbitro: “Bien, muy buena”.

El futbol es motivo de psicólogos y desprende lecciones de autoreconocimiento.

Me gustó ser Luis Gabriel Rey antes de saberlo.

Después llegué a casa y por la noche me enteré que el delantero de Monarcas también cometió el pecado del Fair Play. En el futbol sin reflectores o con aficionados, las enmiendas son las mismas. 

Rey le dijo al árbitro que el penalti a favor que le había cobrado a Monarcas no había sido mano. El silbante reculó y Luis Gabriel roció un perfume de sinceridad en el campo al que algunos son alérgicos.

Yo sigo pensando en aquel instante de decisión entre seguir galopando hacia la portería con la conciencia herida o bajar la velocidad con la sensatez vista de reojo con extrañeza.

En un mundo de trampillas, el honor juega una carta desvalorada. 

El ganar como sea no cabe, cuando se puede perder como nadie. Rey y yo lo supimos después…