opinion.felipe-morales

RÉCORD

Luis Castillo
La pelota y el microbio del Draft
Felipe Morales
Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.
Felipe Morales Jue, 06/08/2017 - 14:26
La pelota y el microbio del Draft

“La pelota no se mancha”, dijo, sollozando en su despedida del futbol, la figura más rebosante y terrenal de Diego Armando Maradona. Enfrente de miles de personas ataviadas con la camiseta de Argentina y de Boca Juniors, en una Bombonera que respiraba papelitos de colores y latía con un vapor nostálgico, Maradona lanzó un recuerdo, que a la vez fue un aviso.

Quiso explicar que, desde la ingenuidad, la pelota sólo sabe botar y no entiende de directivos con tentáculos ni de prostitutas bañadas en cocaína y autos ridículamente millonarios. 

Pero en México pasó  algo curioso: La pelota se enteró del Draft y se descubrió sucia cuando bajó la mirada al pasto enlodado. 

Al paso del tiempo, se reflejó en el espejo y observó que tiene oídos, que  escuchan ruidos, brazos que abrazan desesperanza y boca que no habla. La pelota fue zurcida con los mismos hilos que le bordan el cuero a la censura y, justo en ese instante, supo que su destino sólo era rodar, porque descubrió que si el futbolista no tuvo voz, mucho menos la tendría ella…

Y el jugador calla, porque no puede hablar. Y si habla lo hacen callar, porque los dueños, y sus recién comprados lentes de sol, ven y manipulan el futuro de quienes no fueron valientes, entre los humos de los puros de los agentes en la ahora llamada “Semana del futbol” disfrazada de sonrisitas  insolentes.

El Draft es una de las múltiples formas de la esclavitud postmoderna.

Los futbolistas que juegan en México tienen unas cuantas horas para contratarse, en un ejercicio proporcional al visto en los tiempos romanos. 

La dignidad se pierde conforme avanza el reloj, que adorna la muñeca del directivo abusivo, que es un mal intento de negociador de verano, que viste calcetas blancas casi hasta las rodillas, combinada con bermudas de mezclilla, porque los escritorios, desgraciadamente, también caben en una cancha cercana a una playa paradisiaca. 

Y así se consume el tiempo, multiplicado por la ansiedad de quien no sabe si volverá a jugar. 

El futbolista es rehén de sus miedos y, muchas veces, acelera la firma en el contrato de las injusticias con desplantes anarquistas.

El Pacto de Caballeros sirve como metáfora perfecta de lo que no representa y así, a la memoria de la pelota  se le escapó la voluntad y por más que se empeñó en mantener su honorabilidad, fue desinflada y desmotivada. 

El microbio del cinismo se apoderó de ella. 

Aquella tarde del 10 de noviembre de 2001, Maradona, desde aquella condición de ser perfectamente imperfecto, quiso ser poético, pero al final, la pelota miró hacia abajo y vio que usaba pantalones largos y zapatos manchados…