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Opinión

Felipe Morales

Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.

El cumpleaños de Xavi Hernández

2020-01-25 | Felipe Morales
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I

Era una mañana nublada en Barcelona, ciclónica en emociones, pacífica

en sus cielos y brillante desde la concepción de quien nada tiene y

todo lo obtiene.

A Xavi Hernández lo conocí un 17 de noviembre de 2006 y para mí eso

fue, es y será por siempre suficiente.

Seguramente ese día llegué a la sala de prensa del Camp Nou con un

hueco en el estómago, porque durante mi estancia en Barcelona se me

olvidó hasta comer.

Tal cual.

Estaba tan emocionado y ocupado que no perdía el tiempo en una

actividad tan rudimentaria como la comida.

Después mi cuerpo me lo reclamaría...

Sólo recuerdo haber comprado unas galletas y un refresco de cola en

alguna tienda gobernada por un malencarado indú.

Y seguí mi camino por aquella tierra prometida.

Con una mochila en la espalda y una computadora hambrienta de letras.

Con eso bastaba.

Con eso sobraba...

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II

Tengo fotos con la primera Champions League conquistada a través de la

inmisericorde forma de pegarle a un balón de Ronald Koeman.

Conservo aún algunas postales de un paseo por el esquelético y despoblado Camp Nou en el que, en una mañana de martes al medio día, resonaban los ecos de la memoria de algún domingo aturdido, lleno de papelitos imaginarios que aún duermen debajo de alguna butaca extasiada.

También conocí en ese viaje a Ronaldinho y entrevisté a la versión más gourmet de Rafael Márquez...

Pero no recuerdo haberme sentado a comer ninguno de esos acelerados e increibles tres o cuatro días.

Luego lo descubrí: En Barcelona te alimentas de sueños.

III

Aquel 17 de noviembre entrevisté a Xavi. Le pregunté del América, del

Mundial de Clubes, de Giovani, de Márquez.

Todavía recuerdo sus ojos avispados respondiéndolo todo desde la

atención de la mirada y la facilidad de la palabra.

Porque a Xavi también hay que escucharlo. Es casi igual de importante que verlo jugar con la cara levantada que lo patrulla todo con la vista periférica de quien aprendió a correr y pensar. Y pensar y correr. Y luego hacerlo todo al mismo tiempo...

En esa improbabilidad de un futbolista pensante, Xavi nunca agachó la

cabeza: Si no vio hacia abajo porque nunca perdía, ¿por qué habría de hacerlo cuando la pelota tenía?

Xavi platicaba con los rivales en la abstracción del tiempo mutilado.

Viéndolos a la cara desde el frenetismo de algún laberinto del medio campo, les hablaba viéndolos a los ojos, como cortesía de algún túnel impensado.

Jugaba a 60 km por hora un ajedrez frontal con el rival para contarle en la cara un jaque mate filtrado entre dos defensas.

Todo lo hacía en círculos. Sobre su propio eje.

Recibía la pelota de espaldas y la tallaba cuidadosamente para darle redondez a un punto de giro vertiginoso, mecánico, estético, útil.

Xavi era el jugador despierto. Siempre vivo. Siempre atento.

Una y otra vez. Una y mil veces.

Un tractorcito con piernas.

Un cortometraje de seis segundos repetido hasta la eternidad entendido en tres tiempos.

Recibo, alzo la cara y paso el balón. 

Ese era Xavi.

El jugador que hacía de una pelota de ladrillo un imperio catalán que

corría detrás de sus pases.

IV

Xavi Hernández se fue del Barcelona, con el gafete de capitán en el brazo y con su cuarta 'Orejona' en los aires, como estampa inequívoca de una trascendencia casi inhumana.

 "Lo he pasado bien. Y encima he ganado", sintetiza como quien tiene un día de campo y recoge manzanas en forma de 25 títulos.

Xavi no jugó más en su jardín.

Pero no es culpa de él.

La culpa la tiene el tiempo, que cometió la estupidez de transcurrir...

Aunque hoy cumpla años.