Hay momentos en los que una industria cambia sin necesidad de anunciarlo. Miro las carteleras, las conversaciones de los aficionados y la manera en que distintos estilos comienzan a encontrarse, y eso me entusiasma del momento actual del wrestling. Este deporte crece cuando permite convivir distintas formas de entender el ring.
La lucha libre mexicana tiene mucho que aportar a esa conversación. Su riqueza está en su historia, sus personajes, sus máscaras, sus llaves, sus vuelos y en una relación con el público construida durante generaciones. Cuando esa tradición entra en contacto con otras maneras de hacer wrestling, el resultado puede ser mucho más interesante.
Durante mucho tiempo escuché hablar de estilos como si fueran territorios separados. México por un lado, Estados Unidos por otro y Japón desde otra tradición. Hoy percibo esas fronteras menos rígidas. Veo a luchadoras y luchadores viajar, aprender y adaptarse sin dejar atrás la identidad con la que crecieron.
Para mí, esa mezcla representa una de las mayores fortalezas de esta industria. Cada vez que subo a un ring entiendo que puede convertirse en un punto de encuentro entre culturas sin que yo tenga que renunciar a mi identidad. Mientras más claro tengo de dónde vengo, más puedo aportar cuando me enfrento a alguien que aprendió este oficio de otra manera.
Yo también estoy viviendo ese proceso. Durante los últimos meses he podido competir con mayor frecuencia en México, reencontrarme con una forma de lucha que forma parte de mi historia y asumir responsabilidades nuevas. Estar aquí no significa detener una parte de mi carrera para atender otra. Significa ampliar las herramientas con las que quiero seguir creciendo.
En ese contexto, también he leído comentarios de aficionados que me preguntan por qué me han visto menos en la televisión de Estados Unidos. Me parece una pregunta válida y prefiero escucharla antes que ignorarla. Si alguien sigue mi carrera y pregunta dónde estoy, para mí eso habla de interés y merece respeto.
Sigo trabajando y sigo cerca del ring. Algunas semanas mi trabajo será más visible para un público y otras para otro, a veces lo hago arriba del pancracio y otras promoviendo actividades culturales. Mi presencia sigue ahí. Mi carrera está transitando por escenarios diferentes y cada uno de ellos me permite aprender, competir y asumir nuevos retos.
Tampoco creo que regresar a una pantalla deba convertirse en una reivindicación. No quiero que una aparición se entienda como una respuesta a quienes preguntaron por mí. Prefiero que cada vez que me vean exista una razón para estar ahí y algo nuevo que mostrar. La presencia importa, pero el significado de esa presencia importa mucho más.
Estar en México también me está obligando a crecer. Aquí enfrento otra exigencia, otra tradición y otra manera de escuchar a la gente. Cada lucha me permite incorporar herramientas nuevas y entender mejor este deporte. Todo lo que aprendo forma parte de la luchadora que después se presenta frente a otros públicos.
Por eso agradezco las preguntas y trato de mantenerme atenta a lo que ustedes dicen. No necesito coincidir con todas las opiniones para reconocer su valor. A veces una pregunta me ayuda a entender cómo se está leyendo mi carrera desde fuera y me recuerda que escuchar también forma parte de este oficio.
Quizá ahí está la parte más interesante de este momento. La presencia del talento mexicano en diferentes escenarios no significa solamente estar en más lugares. Significa aportar identidad, historia y una manera distinta de vivir este deporte. Yo quiero seguir formando parte de ese intercambio, continuar aprendiendo y aparecer donde tenga algo que aportar. Para mí, crecer en el wrestling significa entender que cuanto más conozco mis raíces, más preparada estoy para llevarlas conmigo a cualquier ring.
