Perder nunca es fácil. Mucho menos cuando una lucha se vive en un escenario como la Arena México, frente a una afición que entiende, exige y siente cada llave, cada golpe y cada caída. El 12 de junio no tuve el resultado que quería. Hice equipo con Lluvia y La Jarochita, dos mujeres a las que respeto profundamente, y esa noche Persephone, Keyra y Olympia fueron mejores.

Lo digo sin excusas. En la lucha libre, como en la vida, hay días en los que una sale con el brazo en alto y otros en los que sale con preguntas. Yo prefiero hacerme esas preguntas de frente. Qué pude hacer mejor. Qué debo ajustar. Qué historia empieza después de una derrota.

Para mí, perder una lucha no cancela una misión. Al contrario, muchas veces la vuelve más clara. Estoy en CMLL porque respeto la historia de la lucha libre mexicana. Estoy en AEW porque creo que nuestra lucha puede hablarle al mundo. Y estoy en los dos lugares porque sé que las mujeres mexicanas tenemos mucho más que demostrar.

También reconozco el momento de Persephone. Ganar en Arena México no es cualquier cosa. Ella está creciendo, está llamando la atención y está entrando en una conversación internacional importante. Eso no me molesta. Me motiva. La lucha femenil mexicana necesita más nombres fuertes, más rivalidades serias y más historias que la gente quiera seguir. Por eso no veo lo que pasó como un cierre. Lo veo como el inicio de algo que puede crecer.

Una rivalidad no nace solo de una derrota o de una victoria. Nace cuando hay respeto, orgullo y ganas de demostrar quién puede sostener el peso de una historia. Si Persephone ganó esa noche, ahora quiero saber qué podemos construir cuando volvamos a estar frente a frente.

No busco hablar desde el enojo. Tampoco desde la queja. He aprendido que el camino de una luchadora se construye con disciplina, paciencia y carácter. A veces toca abrir puertas. A veces toca defender el lugar. A veces toca reconocer que otra compañera tuvo una gran noche. Pero reconocerlo no significa conformarme.

Mi compromiso sigue siendo el mismo. Quiero que la lucha femenil mexicana tenga más espacio, más atención y más respeto. Quiero que las niñas que ven una función entiendan que también pueden soñar con la Arena México, con AEW, con Japón o con cualquier escenario del mundo. Quiero que sepan que no tienen que escoger entre sus raíces y sus metas. Pueden cargar con ambas.

Soy mexicana, soy fronteriza y soy luchadora. Esa mezcla me ha enseñado a moverme entre mundos sin perder mi identidad. No vengo de visita a la lucha libre mexicana. Pertenezco a ella. Y cuando salgo a otro país, también la llevo conmigo.

Una derrota duele, sí. Pero también puede ser una chispa. La mía me recuerda por qué sigo aquí. Persephone ganó una noche. Ahora quiero escribir el siguiente capítulo. Porque la lucha femenil mexicana no necesita pedir permiso para estar en la conversación global. Necesita mujeres dispuestas a sostenerla con hechos.