En el deporte mexicano existe una regla no escrita, pero que se comprueba sistemáticamente en cada arranque de ciclo olímpico: cuando la presión está al máximo, son las mujeres quienes dan la cara por el país. Los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 no son la excepción. Llegar a esta justa y dominar el medallero desde las primeras horas de competencia tiene un mérito absoluto que, una vez más, lleva nombre, apellido y rostro de mujer.

El triunfo que abrió la puerta a la cascada de medallas tricolores vino desde el agua, específicamente en una de las disciplinas más brutales en su exigencia física y, paradójicamente, más castigadas por la falta de reflectores y presupuestos: el remo. Melissa Márquez y Aylin Ibarra hicieron historia pura al conquistar el oro en el doble remo corto peso ligero femenino. Verlas dominar su prueba, remando con una potencia y sincronía envidiables para colocarnos en la cima de la justa, no solo documenta un triunfo internacional; es el reflejo de la resistencia de dos atletas que reman contra sus rivales, contra el reloj y, muchas veces, contra la propia indiferencia institucional.

Gracias a esta exhibición de carácter de Márquez e Ibarra, la delegación mexicana ya lidera el medallero general con 18 preseas: 7 de oro, 5 de plata y 6 de bronce. Pero seamos críticos y no nos engañemos, esta posición de privilegio en la tabla no es el resultado de un sistema que cobije y proteja estructuralmente al talento femenil. Es el fruto de la terquedad, la disciplina inquebrantable y el coraje de atletas que salen a competir sabiendo que tienen que hacer el doble de esfuerzo para recibir la mitad del reconocimiento. Ellas abrieron el camino en Santo Domingo, reafirmando que las mujeres son el activo más valioso, competitivo y consistente que tiene nuestro deporte.

Es momento de acabar con la costumbre de aplaudir el éxito femenil solo cuando hay medallas de por medio. No es justo que los directivos se cuelguen el oro de Melissa y Aylin para la foto oficial en redes sociales, si en la preparación diaria las atletas tienen que batallar por becas dignas, viajes y equipo de primera. El deporte femenil mexicano ya demostró por enésima vez que es el verdadero motor de nuestras delegaciones internacionales. A las federaciones, autoridades y marcas les toca dejar las promesas de lado e invertir de verdad en ellas. Nuestras mujeres ya pusieron a México en lo más alto; ahora le toca al sistema estar a su altura.

¡Abramos cancha!