Es nuestra zona de confort. Sin embargo, hay atletas que a base de puros resultados nos obligan a salir de ahí y a mirar hacia otros lados. Lo de Kenia Lechuga en el remo no es un golpe de suerte ni el típico relato del esfuerzo que se queda a la orilla. Al contrario, es la consolidación de una deportista fuera de serie que aprendió a ganarle a las potencias de Europa y Estados Unidos en su propio juego, marcando un hito en nuestra historia deportiva.

Tener en nuestro país a una campeona del mundo en esta especialidad es un privilegio que, muchas veces, ni los medios ni la afición alcanzamos a dimensionar de manera correcta. El talento de la regiomontana ya nos dejó claro que los escenarios imponentes le sientan bien y que sabe responder cuando la presión está al límite.

Pero en el alto rendimiento la memoria es corta y el tiempo avanza sin perdonar a nadie. Estando ya en la recta final de este dos mil veintiséis, los entrenamientos y toda la planeación tienen que estar apuntando de forma directa hacia un solo objetivo en el horizonte: Los Ángeles dentro de un par de años.

El camino hacia la próxima justa olímpica exige mucho más que aplausos de ocasión y fotos sonrientes con directivos cada vez que gana una competencia. El remo es un deporte de precisión absoluta y de un desgaste físico altísimo. Requiere campamentos internacionales constantes, botes de primer nivel, tecnología para cuidar cada uno de sus movimientos y un equipo médico que la acompañe en todo momento.

La transición de este ciclo no permite que el ritmo baje. Si de verdad queremos que Kenia llegue a territorio californiano en su mejor versión y con opciones reales de subirse al podio, el nivel de exigencia y el roce internacional tienen que multiplicarse desde hoy. No podemos dejar su preparación al azar ni a la deriva administrativa.

Para entender la dimensión de lo que ha logrado, es necesario recordar que Kenia se convirtió en la primera mexicana en toda la historia en ganar una medalla de oro en un Campeonato Mundial de Remo Senior. En un deporte donde la estatura y la fuerza física suelen dar una ventaja natural a las competidoras de otros países, la técnica depurada, la explosividad y la mentalidad de la mexicana lograron emparejar la balanza contra las rivales más fuertes del planeta.

Es momento de que dejemos de depender siempre de los mismos deportes y empecemos a construir una cultura olímpica mucho más amplia. Kenia ya hizo el trabajo más difícil: romper la barrera en una disciplina donde México prácticamente no existía en el radar internacional.

Ahora, el verdadero reto rumbo a Los Ángeles 28 no es solo ponerle toda la carga de traer una medalla, sino aprovechar su momento para sentar las bases de una escuela de remo en nuestro país. Tenemos menos de dos años para arroparla, exigir que las autoridades le entreguen los recursos que merece a tiempo y asegurar que su legado marque un antes y un después. En el agua ya demostró que no hay rival invencible, ahora le toca a la industria deportiva estar a la altura de su talento.

¡Abramos cancha!