El certero remate del '10' con la derecha, cuando Giménez ya se abalanzaba sobre él, fue la resolución perfecta a un contraataque perfecto. Una acción incontestable, sino fuera porque había surgido del propio Atlético, empeñado en esa agonía persistente en la que se mueve en las últimas jornadas, en el sufrimiento del campeón.Quizá por la tensión, quizá por el propio plan que ideó, quizá por temor, quizá por el oponente, quizá por vértigo, no fue tampoco el Atlético que apabullo con su presión en el primer tiempo a la Real Sociedad y al Osasuna. Ni tan determinado ni tan expresivo. Ni siquiera reconocible mínimamente en tales parámetros. Nervioso, apurado, embarullado, atascado, más aún con el 1-0.

Un problema visible, atenuado por el gol inmediato del Villarreal frente al Real Madrid (luego gano 2-1 el conjunto blanco) y resuelto en el segundo tiempo, en el impulso que fue el descanso. Por la charla del entretiempo, por la propia reacción del equipo, por la conciencia de que, en el mismo nivel que la primera parte, la Liga sería un asunto más que complejo, por lo que fuera, surgió del vestuario otro equipo, el líder inalterable en las últimas 25 jornadas, el campeón merecido de LaLiga.

Para el Valladolid no hubo carambola. Ni se acercó a todo lo que necesitaba en la última jornada, ni siquiera a una mínima parte de lo que requería la permanencia. No ganó él, que era la primera premisa de todas, pero tampoco perdieron ni el Elche ni el Huesca.

Una victoria en las últimas 21 citas es un peso insoportable, inasumible, para cualquier equipo. Lo ha sentido el Valladolid, que baja a Segunda División tres cursos después. Instante a instante se complicó él mismo su supervivencia, de pronto al borde del precipicio, al que cayó este sábado, doblegado por un campeón.

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