Ligero, sonriente y a una velocidad media más propia de un sprint; con un promedio de 17 segundos por cada 100 metros, y de 2 minutos 50 segundos por kilómetro, Kipchoge atravesó esta mañana la línea de meta en Viena distanciándose de las 'liebres' -un grupo intermitente de 7 corredores- que le habían ido marcando el ritmo.

"Todo suma un poquito, pero al final es él, Kipchoge, quien tiene que responder. Las 'liebres' ayudan a quitar el viento y a marcar el ritmo, pero al final solo él completa la distancia total", especificó Roig sobre la logística detrás de esta carrera diseñada a medida.

Kipchoge corrió de forma constante detrás de un vehículo que con luz láser señalaba dónde debían situarse las 'liebres'- una selección de atletas de primer rango, como los tres hermanos noruegos Ingebrigtsen o el etíope Selemon Barega-; además de contar con avituallamiento y un circuito completamente llano.

"Su objetivo principal era demostrar que se trataba de una barrera más mental que física y que él estaba capacitado para batirla", resumió el fisioterapeuta, que convive día a día con el fondista en el campamento de Kaptagat.

Por su parte, el presidente keniano, Uhuru Kenyatta -quien ya había llamado a Kipchoge antes de la carrera para darle ánimos- se sumó más tarde al furor general, reconoció que se había hecho historia y añadió que su país se siente "orgulloso" de su hazaña.

"Tu victoria de hoy inspirará a decenas de futuras generaciones a soñar en grande y aspirar a la grandeza", sentenció Kenyatta vía Twitter.

Un hito impensable para muchos, sin embargo, alcanzado por quien pese a sus 34 años, y muy consciente de la fragilidad del cuerpo humano, nunca dudó de la fortaleza de su mente ni de la verdad de su mantra.

"He puesto mi cabeza y mi corazón en correr el maratón en menos de dos horas con el fin de hacer historia y de enviar a todo el mundo el mensaje de que ningún ser humano tiene límites", recordó incansable este sábado un extasiado Kipchoge.