En el análisis histórico del alto rendimiento en nuestro país, existe una verdad innegable que merece una ovación de pie: las páginas más gloriosas del deporte nacional tienen nombre de mujer. Durante mucho tiempo, la narrativa de éxito se concentró casi exclusivamente en los circuitos masculinos, pero los metales y los récords cuentan una historia fascinante de superación y talento puro.
Cuando la esgrimista Pilar Roldán y la nadadora María Teresa Ramírez se colgaron las primeras medallas olímpicas femeninas en México 1968, hicieron mucho más que subir a un podio; escribieron con letras de oro el inicio de una era y le demostraron al país que la gloria internacional también les pertenecía por derecho propio.
El nivel de grandeza que han alcanzado a través de los años es simplemente espectacular. Pensemos en el impacto brutal de Soraya Jiménez en Sídney 2000. No solo ganó el primer oro olímpico para una mujer mexicana, sino que lo hizo dominando una disciplina de fuerza total, demostrando una potencia que dejó al mundo entero con la boca abierta.
Luego vino Ana Gabriela Guevara, una mujer que literalmente paralizaba a todo México cada vez que pisaba el tartán, dueña de una velocidad y un talento fuera de serie. Y qué decir de María del Rosario Espinoza, la máxima leyenda del olimpismo nacional; subirse a tres podios en tres Juegos Olímpicos distintos es una proeza reservada únicamente para las mentes más brillantes y competitivas del planeta.
A estas atletas hay que aplaudirles el doble, porque construyeron su imperio superando obstáculos corporativos y sociales inmensos. Maribel Domínguez, con un talento indomable, derribó a patadas la puerta del fútbol femenil, abriendo el camino para que hoy tengamos ligas profesionales y estadios llenos.
En la gimnasia, Alexa Moreno se convirtió en medallista mundial con una gracia y una resiliencia admirables, callando bocas con resultados impecables. Y si hablamos de dominio absoluto, lo de Paola Longoria es una locura: mantener un invicto de 152 partidos y ganar más de medio centenar de títulos la coloca como una de las deportistas más dominantes en la historia del deporte global. Ellas no pidieron permiso para triunfar; simplemente arrollaron a sus rivales con trabajo, técnica y disciplina.
Hoy, el fruto de todas esas décadas de esfuerzo se ve reflejado en números que nos llenan de orgullo. Para los Juegos Olímpicos de París 2024, México envió por primera vez a una delegación con mayoría femenina. Ya sea conquistando las montañas más altas del mundo, cruzando a nado el Canal de la Mancha o reinando en la plataforma de clavados con figuras históricas como Paola Espinosa y Alejandra Orozco, las mexicanas nos han regalado las alegrías deportivas más grandes y constantes de nuestra historia moderna. Son el motor competitivo más brillante que tiene nuestro país.
Es el momento exacto para que la industria deportiva se ponga de pie, celebre este legado monumental y lo trate como el tesoro más grande que tiene el país. La jerarquía y el respeto que se han ganado las atletas mexicanas no tiene comparación. Ellas ya hicieron el trabajo más difícil al regalarle a México décadas de triunfos, récords y medallas históricas, venciendo cualquier barrera que se les puso enfrente.
Ahora le toca a las instituciones, a los patrocinadores y a los medios estar a la altura de esa grandeza, invirtiendo con presupuestos reales y equitativos. El talento femenil es nuestra mayor certeza competitiva, y verlas brillar en lo más alto es un absoluto privilegio.
¡Abramos cancha!
