En la lucha libre hay noches que no se sienten como una parada más, sino como una prueba de quién eres y de lo que estás dispuesta a defender. Forbidden Door es una de esas noches. Es una oportunidad para demostrar quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero llevar mi carrera. Pero esta vez también es una oportunidad para decir algo que para mí es muy importante. Olympia no viene conmigo como acompañante. Olympia viene a mi lado.

Lo digo porque conozco muy bien cómo funciona este negocio. A veces, cuando una luchadora tiene más años en televisión o más historia internacional, la atención se va hacia ese nombre. Me ha tocado estar de los dos lados. Me ha tocado abrirme paso cuando nadie sabía quién era y también me ha tocado cargar con la responsabilidad de representar a muchas personas. Por eso entiendo que mi nombre puede llamar reflectores. Pero también sé que esos reflectores sirven de poco si no ayudan a iluminar a alguien más.

Olympia está en esta lucha porque se lo ganó. No llega por invitación simbólica ni para completar una esquina. Llega porque tiene hambre, talento y presencia. Llega porque la lucha libre mexicana femenil está viviendo un momento que merece ser visto con respeto. Yo no quiero que la gente la mire como “la compañera de Thunder Rosa”. Quiero que la miren como Olympia, una luchadora que trae su propia historia, su propio carácter y su propia manera de pararse en el ring.

Para mí, eso también es parte de ser La Mera Mera. No se trata solamente de entrar fuerte, hablar fuerte o pelear fuerte. Se trata de reconocer cuando otra mujer está lista para caminar al mismo nivel. Se trata de abrir espacio sin miedo. Se trata de entender que una no se hace más grande haciendo pequeñas a las demás. Al contrario, cuando una mujer mexicana se para firme en un escenario internacional, todas crecemos un poco.

Forbidden Door tiene un significado especial porque une mundos. AEW, CMLL, Japón, Estados Unidos y México se encuentran en una misma conversación. Yo he vivido entre culturas, entre idiomas y entre públicos distintos. Sé lo que significa tocar una puerta y sentir que tal vez no estaba hecha para ti. También sé lo que se siente cuando esa puerta se abre y descubres que no entraste sola.

Por eso este combate no termina cuando suene la campana final. Si ganamos, vamos a celebrar con orgullo. Si perdemos, vamos a salir con la frente en alto. El resultado importa, claro que importa. Yo siempre entro a ganar. Pero también sé que hay noches que valen por lo que siembran. Lo que pase ahí tiene que encender el camino hacia Arena México, hacia nuestra gente y hacia una noche donde la lucha libre femenil tenga el lugar que merece.

No voy a llegar a Forbidden Door junto con una luchadora más. Voy a llegar con una Amazona del CMLL, con la que puedo caminar a su lado, con una hermana con quien me siento honrada por el simple hecho de pelear junto a ella como igual. Porque esa es la imagen que quiero dejarles a las niñas que nos miran. No tienen que esperar permiso para ocupar su lugar. No tienen que vivir bajo la sombra de nadie.

Olympia no viene a cargar mi bandera. Viene a levantar la suya. Y cuando dos mujeres mexicanas caminan juntas, con respeto y con hambre de historia, el mensaje es más grande que cualquier resultado: aquí estamos, aquí pertenecemos y todavía tenemos mucho que demostrar.