Desde niño se le veía talento, pero al mismo tiempo un futuro escabroso debido a su carácter. A los 13 años jugó para las inferiores del Chelsea, pero un año después abandonó a los Blues por su forma de ser.

Robin Friday fue un futbolista inglés, que de haber querido, pudo haberse convertido en el mejor jugador de la historia del balompié mundial. Pero el delantero prefirió las drogas y el alcohol, motivo por el cual dejó las canchas a los 25 años.

Desde los 15 años Friday inició su camino oscuro. Probó las drogas y los envolvieron. Su adicción lo llevó a delinquir y fue atrapado. Dentro de la cárcel, fue parte del equipo de futbol, a quienes llevó al título.

Tras cumplir su sentencia de 14 meses, militó en el Walthamstow y el Haye, clubes semiprofesionales, y fue ahí donde explotó todo su potencial, pero al mismo tiempo, salió el monstruo que llevaba dentro.  

Pocos fueron los partidos que no veía la roja, eso cuando decidía jugar, porque a veces estaba en el bar mientras su equipo jugaba con uno menos. En una eliminatoria de la FA Cup el Reading lo vio y, pese a todo, decidió ficharlo a pesar de su carácter.  

Debutó con gol y poco tardó en convertirse en el ídolo del equipo. Pocos se imaginaban que sólo jugaba para poder mantener su vicio activo.  

Fue vendido al Cardiff  City, con el que decidió retirarse. Robin se dedicó a ser asfaltador hasta los 38 años, un trabajo que le permitía drogarse. Clive Thomas, árbitro de primer nivel, lo consideró mejor que Pelé y Cruyff  tras verle un golazo, pero su talento nunca fue visto por el mundo, esto debido a que Friday nunca se apasionó realmente por el futbol.