Tambores. Hinchas gritando. Concreto vibrando. Los estadios cuentan tantas historias que si los muros hablaran, sus epopeyas serían interminables. Alrededor del orbe, los balompédicos visitan los recintos como si de congregaciones se tratasen. Los gigantes de cemento se alzan. La gente acude a ellos.

La pasión por el futbol -tal y como lo dijo Villoro- es atávica. Nuestros ancestros nos enseñaron a acudir a los estadios cada ocho días; y en ellos tener una catarsis. El ser humano que entra y se sienta en esas butacas, deja de ser el mismo, o por lo menos por 90 minutos. 

Afición de la Selección Mexicana en el Estadio Azteca | MEXSPORT

El hincha y el estadio: ritual

El ritual es sencillo. Tal y como ir a la guerra, los aficionados portan sus camisetas con orgullo. Algunos se pintan el rostro. Otros aprenden los cánticos y las arengas. Sea como sea, el ritual comienza en casa.

Llegar a los anfiteatros depende. Los elitistas y los burgueses -por lo regular- llegan en automóviles. Los demás aficionados que van a los estadios tienen un ritual distinto. Algunos toman una chela previo al salir de su hogar, para llegar “entonados”. Ya con alcohol en las venas, la presión al rival se hace sentir desde las calles.

A diferencia de los miembros de la aristocracia, el aficionado promedio -ese al que los medios y muchos más han querido alejar del balompié- pone el ambiente en el recinto. Desde el primer momento, los cánticos hacen sentir que lo que ya está en juego no es un simple partido. Es una declaración.

Estadio Maracaná | AP

No hay manera de detener el tiempo

La catarsis del aficionado comienza gracias a un estado natural y filosófico: un sentido de pertenencia. Al ver a tantos hinchas, tifossi, o cualquier otra definición, el ser humano se siente en un hábitat, del cual no quiere seguir.

En esos 90 minutos -ahora casi 100-, el tiempo gira al ritmo del balón. A diferencia de otras clases de deportes, no hay nada que sea capaz de detener el reloj. La pasión de la gente comienza en casa, pero se termina de configurar en los gigantes de concreto. 

Estadio de Wembley | AP