Este Mundial no es un torneo más para Salah. Es el último baile del «Faraón» en el escenario mundial más grande, la culminación de una de las historias deportivas más bellas del siglo XXI, que comenzó lejos del glamour, en un pueblo remoto donde los sueños solían morir antes de nacer. Una historia que necesita un final feliz.
Sangre, sudor y lágrimas para un final feliz
Para entender a Mohamed Salah, no basta con ver los vídeos de sus goles. Hay que hacer las maletas e ir a Nagrig, un polvoriento pueblo en el delta del Nilo con poco más de diez mil almas. Allí, el fútbol era la única vía de escape de la realidad. A los 14 años, Mo firmó con el equipo juvenil de El Mokawloon en El Cairo, a 80 kilómetros de su pueblo. Cada entrenamiento era una peregrinación. Para llegar de su casa a la capital, tenía que cambiar de varios autobuses. Cuatro horas y media de ida, lo mismo de vuelta.
Solo iba a la escuela dos horas al día, con un permiso especial, y el resto del día lo pasaba traqueteando por las carreteras locales, a menudo durmiendo en asientos duros, aferrado a una bolsa rota con sus viejas botas de fútbol. Nueve horas al día en transporte, solo para tocar el balón durante dos horas. No era solo un sueño, era una obsesión. Ese sudor, ese cansancio y esa disciplina férrea forjaron un carácter que más tarde ninguna defensa del mundo, ni ningún obstáculo de la vida, podría romper.
El inicio en el frío Basilea y el muro de Mourinho
Cuando finalmente se trasladó a Europa, al Basilea suizo, sintió la frialdad del deporte profesional, pero su talento era demasiado crudo para pasar desapercibido. Sin embargo, el ascenso no fue lineal. Su traspaso al Chelsea de José Mourinho fue un choque contra un muro. En Londres era solo «otro chico talentoso». Mourinho no tuvo paciencia con el joven que apenas aprendía a lidiar con la presión de la Premier League. Rechazado, frustrado, con la duda de si realmente pertenecía a la élite, Salah se enfrentó a su mayor miedo: quedarse solo en una promesa incumplida.
Pero, en lugar de volver a casa como un perdedor, buscó refugio en Italia. Florencia lo acogió y Roma lo moldeó. Con las camisetas de la Fiorentina y la Roma, Salah redescubrió la alegría infantil del juego. Aprendió disciplina táctica, se fortaleció físicamente y comprendió que la velocidad no era suficiente sin visión. Los romanos lo adoraban, pero él sabía que tenía un asunto pendiente en la isla. Cuando el Liverpool llamó a su puerta, Salah estaba listo para la venganza. No una venganza furiosa, sino la más hermosa posible: la deportiva.
Lo que siguió en el Liverpool bajo el mando de Jürgen Klopp no fue solo una dominación futbolística. Fue una revolución cultural. Las redes sociales temblaban, los récords caían, y también la Liga de Campeones, pero lo que realmente definió su era en Inglaterra fue la emoción.
Cuando marcaba un gol en Anfield y se postraba en el suelo, agradeciendo a Dios, todo el estadio —cientos de miles de aficionados ingleses— coreaba su nombre. En medio de la agitación social y la islamofobia generalizada en la isla, los aficionados ingleses acuñaron una canción: «Si marca unos cuantos goles más, yo también me haré musulmán». Las estadísticas muestran que desde la llegada de Salah al Liverpool, el número de insultos hacia los miembros de la población musulmana ha disminuido significativamente. Se convirtió en un puente entre Oriente y Occidente.
Y, además, nunca olvidó de dónde venía. Invirtió millones de euros en su Nagrig natal. Construyó una escuela, un hospital, una estación de ambulancias, proporcionó ingresos mensuales a las familias más necesitadas y financió la construcción de una planta de purificación de agua. Para él, el dinero y la fama eran solo herramientas para facilitar la vida a quienes seguían viajando en los mismos autobuses polvorientos de su juventud.
Ramos, un corazón roto y la hora de saldar cuentas
Y ahora, llegamos al Mundial. Su relación con los Mundiales siempre ha estado teñida de tragedia. Antes de Rusia 2018, estaba en la mejor forma de su vida, y luego llegó aquella infame falta de Sergio Ramos en la final de la Liga de Campeones. Salah fue a Rusia lesionado, con el hombro dislocado y el corazón roto. Se perdió Catar 2022 tras una dramática tanda de penaltis en las eliminatorias.
Por eso, el Mundial de 2026 es su última gran misión. Con 34 años a cuestas, quizás no tenga la explosividad de su primera temporada en el Liverpool, pero posee sabiduría, gen de líder y un hambre insaciable. No viene solo para jugar tres partidos de grupo. Viene a saldar todas las deudas. En el Mundial no solo llevará el brazalete de capitán. Llevará los sueños de aquel mismo niño del autobús, las esperanzas de cientos de millones de egipcios y el orgullo de una nación que ve en él mucho más que un héroe. Se ve a sí misma, tal como podría ser. El Mundial está listo para el «Faraón», y el mundo espera su último y majestuoso baile.
