"Acepté una fantasía para salvar mi relación y terminó destruyéndola"
Tengo 31 años y llevo casi seis años con mi pareja. Durante la mayor parte de nuestra relación fuimos muy felices. Teníamos buena comunicación, compartíamos proyectos y, aunque como cualquier pareja teníamos diferencias, siempre encontrábamos la forma de resolverlas.
Hace aproximadamente un año empecé a notar un cambio en él. Se mostraba distante, menos cariñoso y cada vez parecía menos interesado en pasar tiempo conmigo. Al principio pensé que era por el trabajo. Había recibido un ascenso y estaba bajo mucha presión, así que traté de ser comprensiva. Sin embargo, la distancia siguió creciendo.
Una noche decidí preguntarle directamente si algo estaba pasando. Pensé que tal vez había conocido a alguien más o que ya no estaba enamorado de mí. Su respuesta me sorprendió. Me dijo que seguía queriéndome, pero que sentía que nuestra relación se había vuelto "predecible". Según él, necesitábamos hacer algo diferente para recuperar la emoción que teníamos al principio.
Durante semanas insistió en que el problema no era yo, sino que la rutina estaba afectando la relación. Al principio intenté mejorar otros aspectos. Planeé viajes, citas sorpresa y actividades nuevas para hacer juntos. Pero nada parecía suficiente.
Finalmente, me confesó que tenía una fantasía que llevaba tiempo queriendo explorar. No entraré en detalles porque no es lo importante de esta historia, pero era algo que me hacía sentir incómoda desde el primer momento en que lo mencionó.
Le dije que no me sentía preparada. Él respondió que lo entendía. Pero el tema seguía apareciendo una y otra vez. Cada vez que discutíamos, terminaba mencionando que tal vez la falta de novedad estaba afectando nuestra relación. Cada vez que hablábamos de nuestro futuro, encontraba la manera de volver al mismo tema.
Nunca me obligó. Nunca me dio un ultimátum. Pero empecé a sentir que la estabilidad de nuestra relación dependía de que yo aceptara.
Con el tiempo me convencí de que quizá estaba siendo demasiado cerrada. Me repetía que las parejas hacen sacrificios por amor y que, si aquello podía ayudarnos a recuperar la conexión que estábamos perdiendo, tal vez valía la pena intentarlo.
Así que acepté.
Desde el momento en que ocurrió supe que había cometido un error. No porque hubiera pasado algo terrible. No porque me hubiera lastimado físicamente. Simplemente porque estaba haciendo algo que en realidad no quería hacer.
Durante todo el tiempo tuve una sensación horrible en el estómago que intenté ignorar. Cuando terminó, él parecía feliz. Yo no.
Intenté convencerme de que era cuestión de acostumbrarme, pero los días siguientes me sentí extraña. Empecé a evitar hablar del tema y también a evitar cualquier situación íntima.
Lo peor vino después.
Unas semanas más tarde descubrí que el problema nunca había sido la rutina. Mi pareja seguía mostrándose distante. Seguía desconectado emocionalmente. Seguía actuando como si algo faltara.
Entonces comprendí algo que me rompió el corazón.
Yo había cruzado un límite personal pensando que eso salvaría nuestra relación, pero en realidad nuestra relación ya tenía problemas mucho más profundos.
Nada cambió.
No nos volvimos más cercanos. No recuperamos la complicidad que habíamos perdido. No solucionamos nuestras discusiones.
Lo único que cambió fue cómo me sentía conmigo misma.
Ahora me cuesta mirarlo sin recordar que hice algo que no quería hacer por miedo a perderlo. Y lo más doloroso es que ni siquiera estoy segura de que él entienda por qué me siento así.
A veces pienso que la verdadera razón por la que acepté no fue amor.
Fue miedo.
Miedo a que me dejara.
Miedo a no ser suficiente.
Miedo a descubrir que nuestra relación ya estaba rota.
Hoy seguimos juntos, pero cada vez que intento dejar atrás lo ocurrido vuelvo a preguntarme lo mismo:
¿Fue un error aceptar algo que me incomodaba para intentar salvar la relación o simplemente estaba destinada a fracasar desde antes y yo me negaba a verlo?
Marilú te aconseja...
¿Fue un error aceptar algo que te incomodaba para intentar salvar la relación?
Honestamente, probablemente sí. No porque la fantasía sexual estuviera “mal”, sino porque aceptaste desde el miedo y no desde el deseo genuino.
Y cuando una persona cruza límites personales para conservar el vínculo, el costo emocional suele aparecer después en forma de culpa, resentimiento o desconexión consigo misma.
Ninguna experiencia sexual puede reparar por sí sola problemas profundos de distancia emocional, inseguridad o desgaste relacional.
A veces, el verdadero dolor no viene de lo que hicimos, sino de habernos abandonado a nosotros mismos por miedo a perder a alguien.
Marilú Álvarez es sexóloga especializada en terapia individual y de pareja. Cuenta con formación en Análisis Existencial y Logoterapia, EFT (Emotionally Focused Therapy), EMDR para reprocesamiento del trauma y Terapia Narrativa. Su enfoque terapéutico es humanista y existencial, centrado en acompañar a las personas en procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y fortalecimiento de sus relaciones.
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