El futbol femenil atraviesa uno de los momentos de mayor expansión de su historia. Los estadios registran asistencias récord, los derechos de transmisión adquieren mayor valor y las marcas incrementan su presencia en las competencias. Sin embargo, hay una pregunta que la industria todavía no ha logrado responder: ¿por qué ese crecimiento no se traduce en ingresos individuales comparables con los de otras disciplinas?

El ranking de Forbes de las deportistas mejor pagadas de 2025 expone esta contradicción. Coco Gauff encabeza la clasificación con ingresos estimados de 33 millones de dólares, mientras que ninguna futbolista figura entre las primeras veinte posiciones. La ausencia resulta significativa para el deporte más popular del mundo y obliga a distinguir entre dos conceptos que no necesariamente avanzan al mismo ritmo: el crecimiento de una industria y la capacidad de sus protagonistas para capturar el valor que generan.

El contraste con el basquetbol femenino es revelador. Caitlin Clark, ubicada en la undécima posición con ingresos estimados de 12 millones de dólares, demuestra que una deportista de equipo puede construir un valor comercial que trascienda su salario y los resultados de su Liga. Su posicionamiento responde a una estrategia que reconoce su influencia cultural, su conexión con nuevas audiencias y su capacidad para representar marcas de distintas industrias.

Ahí está una de las principales oportunidades pendientes del futbol femenil. Durante años, las marcas han asociado a las futbolistas principalmente con indumentaria deportiva, rendimiento físico o campañas de igualdad. Son territorios relevantes, pero insuficientes para desarrollar su verdadero potencial comercial. Una jugadora que moviliza comunidades, genera conversación y conecta con millones de personas también puede representar categorías como tecnología, servicios financieros, moda o consumo masivo.

La industria debe dejar de evaluar a las futbolistas únicamente por su desempeño dentro de la cancha y comenzar a reconocerlas como figuras con capacidad de influir en decisiones de consumo. Ese cambio de perspectiva es fundamental: el patrocinio no debería entenderse solamente como una contribución al desarrollo del deporte femenino, sino como una inversión comercial con potencial de retorno.

Pero la responsabilidad no recae exclusivamente en las marcas. Los clubes, las Ligas y los representantes también deben evolucionar. La gestión de los derechos de imagen, las condiciones contractuales y la construcción de marcas personales son factores determinantes para que las jugadoras puedan desarrollar oportunidades comerciales propias. Si las instituciones concentran el valor de los acuerdos comerciales sin generar mecanismos adecuados para potenciar a sus figuras, el crecimiento económico difícilmente se distribuirá de manera sostenible.

También es necesario revisar cómo medimos el éxito. Celebrar récords de asistencia, audiencias televisivas o nuevos patrocinadores es importante, pero esos indicadores no cuentan toda la historia. Una industria verdaderamente profesional debe ser capaz de generar mejores condiciones salariales, diversificar las fuentes de ingresos y construir trayectorias económicamente sostenibles para sus deportistas.

El futbol masculino entendió hace décadas que sus grandes figuras no solamente venden boletos o camisetas: representan plataformas de conexión entre las marcas y los consumidores. El futbol femenil tiene la oportunidad de desarrollar ese mismo modelo, con una identidad propia y una nueva generación de protagonistas.

La ausencia de futbolistas entre las deportistas mejor pagadas no demuestra una falta de talento, relevancia o potencial comercial. Evidencia que todavía existe una brecha entre el valor que generan y la capacidad de la industria para convertirlo en oportunidades económicas.

El siguiente gran avance del futbol femenil no será únicamente llenar más estadios o conseguir mejores contratos de transmisión. Será construir un ecosistema donde sus protagonistas participen de manera más significativa en el crecimiento que están impulsando.

Porque el verdadero éxito de una industria no se mide solamente por cuánto dinero mueve, sino también por cuánto valor reciben quienes lo hacen posible.

¡Abramos cancha!