La posibilidad de que México forme parte de la organización de la Copa Mundial Femenina de 2031 abre una conversación que va mucho más allá del futbol. No se trata únicamente de recibir a las mejores selecciones del mundo, llenar estadios o convertirnos en protagonistas de una fiesta deportiva internacional. Se trata de preguntarnos qué tan preparados estamos para aprovechar una oportunidad de esta dimensión y, sobre todo, qué queremos que permanezca cuando termine el último partido.

México forma parte de una candidatura conjunta con Estados Unidos, Costa Rica y Jamaica para organizar el torneo. La propuesta ya fue presentada ante la FIFA y la decisión sobre las sedes está prevista para el 23 de noviembre de 2026. Por eso, mientras esperamos conocer el resultado, considero que vale la pena comenzar a discutir lo verdaderamente importante: ¿qué necesitamos construir para que un Mundial Femenil deje una huella duradera en nuestro país?

Primero, una liga cada vez más profesional. La Liga MX Femenil ha demostrado que existe una audiencia interesada, que los estadios pueden llenarse y que las grandes historias deportivas también generan conversación, patrocinios y valor comercial. La final del Apertura 2025, por ejemplo, se convirtió en la más vista en la historia de la competencia. Es una señal del potencial que tiene este mercado, pero también una invitación a ir por más.

El siguiente paso es invertir en las estructuras que sostienen ese crecimiento. Necesitamos mejores condiciones de entrenamiento, instalaciones adecuadas, cuerpos técnicos especializados, atención médica, preparación física y contratos que permitan a las futbolistas desarrollar carreras profesionales. No podemos pensar en competir al más alto nivel internacional si no garantizamos condiciones de desarrollo desde los clubes.

También debemos mirar hacia la cantera. El talento mexicano existe y lo vemos en las selecciones juveniles, en las nuevas generaciones que comienzan a destacar y en las futbolistas que encuentran oportunidades para competir internacionalmente. Sin embargo, necesitamos que ese talento tenga un camino claro: academias, torneos formativos, visores, entrenadoras capacitadas y oportunidades reales para llegar al máximo circuito. Un Mundial puede inspirar a miles de niñas a jugar fútbol, pero nuestra responsabilidad será ofrecerles las condiciones para que puedan llegar a ser profesionales.

Y aquí hay un punto que me parece fundamental: el deporte femenino es negocio. Durante mucho tiempo se ha hablado de invertir en él como un acto de apoyo o responsabilidad social. Hoy tenemos que entenderlo desde otra perspectiva. Las audiencias existen, las marcas están encontrando nuevas formas de conectar con las aficionadas y los aficionados, y las deportistas se han convertido en figuras capaces de generar comunidades, conversación y oportunidades comerciales.

El verdadero desafío está en convertir ese potencial en una industria rentable y sostenible. Para conseguirlo necesitamos inversión privada, alianzas estratégicas, derechos comerciales bien desarrollados y modelos de negocio que beneficien a clubes, jugadoras, patrocinadores y a toda la cadena de valor. No basta con atraer marcas durante un torneo; necesitamos que encuentren razones para permanecer y crecer junto con el futbol femenil.

La infraestructura también debe formar parte de esta visión. Recibir una competencia de esta magnitud implica contar con estadios, servicios, movilidad y espacios adecuados, pero también aprovechar las instalaciones y los recursos para fortalecer el fútbol local después del evento. El éxito no debería medirse solamente por la asistencia durante el Mundial, sino por las oportunidades que se generen para las comunidades y las nuevas generaciones.

Si México consigue formar parte de esta organización, tendremos frente a nosotros una plataforma extraordinaria para acelerar el desarrollo del fútbol femenil. Pero el trabajo no puede comenzar cuando se anuncie la sede ni terminar cuando se entregue el trofeo.

Me gustaría que, cuando hablemos de México 2031, no pensemos únicamente en los partidos que podremos recibir, sino en las jugadoras que estaremos formando, los empleos que generaremos, las empresas que encontrarán oportunidades y las niñas que tendrán mejores condiciones para perseguir sus sueños.

Porque organizar un Mundial es una oportunidad; construir una industria que siga creciendo después de él es el verdadero campeonato que debemos buscar.

¡Abramos cancha!