Querida sexóloga:
Nunca fui una mujer celosa. De hecho, siempre pensé que la confianza era la base de cualquier matrimonio. Llevamos doce años juntos y tenemos dos hijos. Siempre presumía que mi esposo era un hombre trabajador, responsable y dedicado a su familia. Por eso jamás imaginé que un día estaría escribiéndote para contarte esto.
Todo comenzó hace unos ocho meses. Mi esposo empezó a llegar cada vez más tarde a casa. Al principio no le di importancia porque acababa de recibir un ascenso y me decía que había mucho trabajo. Llegaba agotado, apenas cenaba y se iba directo a dormir. Dejamos de salir los fines de semana, nuestras conversaciones se hicieron más cortas y nuestra vida íntima prácticamente desapareció.
Cuando intentaba acercarme, siempre tenía una explicación. "Estoy muy cansado", "Ha sido una semana terrible", "Prometo que el próximo fin de semana compensamos el tiempo."
Y yo le creía. Incluso llegué a sentirme culpable por reclamarle. Pensaba que era una mala esposa por no entender la presión que estaba viviendo.
Con el tiempo empecé a notar pequeños detalles que no encajaban. Había noches en las que llegaba oliendo a un perfume que yo no usaba. Su ropa estaba limpia, como si se hubiera cambiado antes de regresar a casa. Protegía su celular como nunca antes lo había hecho y, cuando sonaba un mensaje, salía al patio para contestar.
Una parte de mí quería pensar que todo tenía una explicación lógica. La otra empezaba a sospechar que algo no estaba bien.
Todo cambió hace tres semanas.
Esa noche me dijo que tendría una reunión con unos clientes y que probablemente llegaría después de la medianoche. No sé qué me pasó. Tal vez fue intuición. Esperé unos minutos y decidí revisar la ubicación de su automóvil a través de la aplicación que usamos por seguridad. No estaba en su oficina. Tampoco en un restaurante.
Estaba estacionado desde hacía más de dos horas frente a un edificio de departamentos. Sentí que el corazón se me salía del pecho. No le llamé. Tomé las llaves de mi coche y fui hasta ese lugar. Esperé casi una hora. Cuando finalmente salió, venía riéndose con una mujer.
No se estaban besando ni tomados de la mano, pero la forma en que se miraban me hizo entender que entre ellos había algo más que una simple amistad. No fui capaz de enfrentarlo. Regresé a mi casa antes que él y fingí estar dormida. Al día siguiente volvió a decirme que la reunión había sido muy pesada y que estaba agotado.
Ahí entendí que no solo me estaba ocultando dónde pasaba sus noches. También era capaz de mentirme viéndome directamente a los ojos. Dos días después lo confronté. Lloró.
Me dijo que nunca tuvo una relación física con esa mujer, que ella era una compañera de trabajo con la que hablaba porque se sentía comprendido. Según él, se quedaban horas platicando en su departamento después del trabajo porque ahí encontraba la paz que había perdido en casa. Dice que nunca me fue infiel, pero reconoce que desarrolló sentimientos por ella. No sé qué duele más.
Si imaginar que pudo haber otra mujer... O saber que buscó en alguien más la compañía que antes encontraba conmigo.
Desde entonces vivimos bajo el mismo techo, pero siento que somos dos desconocidos. Él quiere salvar nuestro matrimonio. Dice que dejó de verla y que está dispuesto a hacer terapia. Yo quiero creerle, pero cada vez que dice que tiene que salir por trabajo siento un nudo en el estómago. Ya no confío. Y vivir desconfiando también duele.
Por eso te escribo. ¿Una infidelidad emocional puede perdonarse? ¿O el simple hecho de que haya buscado refugio en otra mujer significa que nuestro matrimonio ya terminó, aunque nunca hayan tenido relaciones sexuales?
Marilú te aconseja
¿Una infidelidad emocional puede perdonarse? ¿O el simple hecho de que haya buscado refugio en otra mujer significa que nuestro matrimonio ya terminó?
Sí, una infidelidad emocional puede llegar a ser tan dolorosa como una sexual, porque lo que suele vivirse como traición no es únicamente el contacto físico, sino descubrir que la intimidad emocional, la complicidad y la vulnerabilidad comenzaron a construirse con alguien fuera de la relación. Cuando una tercera persona se convierte en el principal espacio de refugio emocional, es natural que la pareja sienta que algo importante se rompió.
Eso no significa que el matrimonio esté condenado a terminar. Lo que realmente predice si una relación puede recuperarse no es el tipo de infidelidad, sino lo que ocurre después: si quien rompió la confianza asume plenamente su responsabilidad, si existe transparencia, si ambos están dispuestos a entender qué permitió que la distancia creciera y si la reparación es consistente con el tiempo. Perdonar no implica olvidar ni apresurarse a confiar otra vez; implica decidir, poco a poco, si todavía existe una relación que vale la pena reconstruir.
Marilú Álvarez
Marilú Álvarez es sexóloga especializada en terapia individual y de pareja. Cuenta con formación en Análisis Existencial y Logoterapia, EFT (Emotionally Focused Therapy), EMDR para reprocesamiento del trauma y Terapia Narrativa. Su enfoque terapéutico es humanista y existencial, centrado en acompañar a las personas en procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y fortalecimiento de sus relaciones.
marilu@terapiaconsentido.com
Instagram: @marilu_psicoterapeuta
Tiktok: @marilupsicoterapeuta

&format=webp)
&format=webp)
&format=webp)