Tengo 36 años, llevo 11 de casada y nunca pensé que estaría escribiendo algo así. Mi esposo y yo tenemos una relación que, en casi todos los aspectos, funciona bien. Tenemos una familia, compartimos responsabilidades, nos apoyamos y, hasta hace unos años, también teníamos una vida íntima que ambos disfrutábamos.
El problema es que con el tiempo nuestros ritmos cambiaron y el mío no disminuyó como el suyo. Cuando éramos novios teníamos mucha intimidad. No necesitaba preguntarme si le atraía porque constantemente buscaba estar conmigo. Yo también lo deseaba y nunca sentí que alguno de los dos tuviera que hacer un esfuerzo para que ocurriera.
Después llegaron el matrimonio, el trabajo, las responsabilidades y la rutina. Al principio entendí que era normal que la frecuencia cambiara, pero poco a poco comenzaron a pasar más días entre un encuentro y otro. Después fueron semanas. Yo intentaba acercarme. Algunas veces lo abrazaba, buscaba un momento a solas o simplemente le hacía saber que tenía ganas de estar con él. Muchas veces recibía un “estoy cansado” o “mañana, ¿sí?”.
No voy a mentir: al principio lo tomaba con tranquilidad. Pero después de tantos rechazos empecé a preguntarme qué estaba pasando. Una noche reuní valor y le pregunté directamente si ya no le atraía. Me dijo que sí, que todavía me encontraba atractiva y que el problema no era yo. Según él, simplemente había cambiado su nivel de deseo y no sentía la misma necesidad de tener relaciones que antes.
Quise entenderlo, pero no fue fácil. Porque mientras él parece estar perfectamente tranquilo con nuestra vida íntima, yo siento que me falta algo. Y no se trata solamente de tener sexo. Extraño sentirme buscada, deseada, sentir que mi esposo tiene ganas de estar conmigo y no que tengo que convencerlo.
He empezado a sentirme insegura con mi cuerpo. Me miro al espejo y pienso que quizá ya no soy la mujer que él veía cuando nos conocimos. Aunque me diga que eso no tiene nada que ver, es difícil no pensarlo después de tantos rechazos. Hace unos meses ocurrió algo que complicó todavía más las cosas.
En mi trabajo comencé a convivir con un compañero con quien tengo muy buena relación. No hemos hecho nada y jamás le he prometido algo, pero él empezó a prestarme una atención que ya no recibía en casa. Me pregunta cómo estoy, nota cuando cambio algo de mi apariencia, me hace sentir atractiva y, sobre todo, parece disfrutar estar cerca de mí. Al principio me incomodaba reconocer que me gustaba esa atención. Después comencé a esperarla.
Un día me hizo un comentario sobre lo bien que me veía y me quedé pensando en él durante horas. Esa noche llegué a casa y mi esposo estaba viendo televisión como cualquier otro día. Lo miré y pensé en la diferencia entre cómo me sentía con uno y con otro. Ahí me asusté.
Porque por primera vez imaginé cómo sería estar con alguien que sí tuviera el mismo deseo que yo. No ha pasado nada entre nosotros, pero ya he tenido fantasías. Y sé que eso significa que estoy entrando en un terreno peligroso.
Lo peor es que sigo amando a mi esposo. No quiero separarme de él ni destruir mi familia. Tampoco quiero convertirme en una persona infiel. Siempre pensé que si alguien engañaba era porque ya no amaba a su pareja, pero ahora entiendo que una relación puede tener muchas capas y que también puede existir una enorme frustración detrás de una decisión equivocada.
He intentado hablar con mi esposo varias veces. Le he explicado que no quiero obligarlo a tener intimidad cuando no tiene ganas, pero que tampoco quiero seguir sintiendo que mis necesidades no importan. Él me dice que no quiere que el sexo se convierta en una obligación y que cuando siente que espero algo de él, todavía tiene menos ganas.
Eso me dolió, aunque sé que probablemente no lo dijo para lastimarme. Ahora estoy atrapada en medio de dos cosas: no quiero presionarlo, pero tampoco sé cuánto tiempo puedo seguir sintiéndome así.
A veces pienso que debería aceptar que nuestra vida íntima simplemente cambió y aprender a vivir con eso. Otras veces pienso que todavía somos jóvenes y que no debería resignarme a sentirme rechazada dentro de mi propio matrimonio. Y está el otro problema: mi compañero de trabajo.
Cada vez hablamos más. Sé que le gusto. Él también me atrae y tengo miedo de que algún día ocurra algo si seguimos acercándonos. No quiero esperar a cometer una infidelidad para reaccionar. Pero tampoco quiero dejar a un hombre al que amo solamente porque tenemos necesidades sexuales diferentes.
¿Qué hago? ¿Es posible recuperar la intimidad cuando uno de los dos tiene mucho más deseo que el otro? ¿O debería aceptar que quizá nuestras necesidades ya no son compatibles? No quiero engañar a mi esposo. Pero tampoco quiero pasar el resto de mi vida sintiéndome rechazada.
Marilú te aconseja
Aquí hay algo que me parece importante separar: tener más deseo que tu pareja no significa que haya algo mal en ti, y que él tenga menos deseo tampoco significa necesariamente que ya no te desee. Las discrepancias de deseo son muy frecuentes en las parejas y el problema suele aparecer cuando empezamos a traducirlas como “no me quiere”, “no le gusto” o “mis necesidades no importan”. En tu caso, además, ya se armó un círculo complicado: tú buscas sentirte deseada, él percibe presión y se aleja, y cuanto más se aleja, más rechazada te sientes.
Y respecto a tu compañero de trabajo: creo que más que verlo como el problema, habría que preguntarte qué está representando para ti. Parece estar devolviéndote algo que extrañas muchísimo: sentirte mirada, atractiva y deseada. historias Eso no significa que inevitablemente vayas a ser infiel, pero sí es información importante sobre lo que hoy estás necesitando.
Antes de decidir que son sexualmente incompatibles, yo intentaría trabajar la sexualidad como pareja. No para conseguir que él “tenga más sexo”, sino para entender qué pasó con su deseo, qué lo inhibe, qué lo favorece y cómo pueden construir una intimidad que no implique que uno se sienta presionado y el otro permanentemente rechazado. Y si no pueden hacerlo solos, ahí sí buscaría terapia sexual o de pareja basada en evidencia.
Marilú Álvarez
Marilú Álvarez es sexóloga especializada en terapia individual y de pareja. Cuenta con formación en Análisis Existencial y Logoterapia, EFT (Emotionally Focused Therapy), EMDR para reprocesamiento del trauma y Terapia Narrativa. Su enfoque terapéutico es humanista y existencial, centrado en acompañar a las personas en procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y fortalecimiento de sus relaciones.
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