Cuando una mujer ocupa un espacio históricamente masculino, no entra sola: entra con la lupa puesta sobre ella, con el juicio afilado de quienes aún creen que hay roles reservados para ciertos géneros. Entra con la carga silenciosa —pero constante— de tener que hacerlo todo perfecto, sin margen de error, sin pestañear, sin equivocarse; porque si lo hace, el error se agranda y la crítica se vuelve mordaz.
El caso reciente de la árbitra Katia Itzel García, es el ejemplo perfecto. Lo que debió ser simplemente una decisión controvertida, terminó en algo tan inaceptable que para alguien mereció ser amenazada de muerte.
El futbol siempre ha sido una pasión que enciende emociones fuertes, y no es nuevo que quienes arbitran estén en el ojo del huracán. La presión, la crítica, incluso los insultos, forman parte —lamentablemente— de la cultura deportiva en muchas latitudes. Pero hay una línea que no se puede cruzar, y se cruzó.
Lo que vivió Katia no es simplemente una "reacción exagerada": es violencia. Una violencia que, en un mundo tan polarizado como el de hoy, donde el "si no estás conmigo estás contra mí" se ha convertido en norma, se disfraza de opinión, de enojo, de frustración, pero que en realidad refleja algo mucho más profundo: la incapacidad de muchas personas para sostener el desacuerdo sin destruir al otro.
Lo más doloroso es la contradicción. Vivimos en una era donde la inteligencia artificial puede desarrollar medicinas, pilotar naves, componer sinfonías o escribir novelas sin intervención humana; y, sin embargo, las mujeres todavía tenemos que justificar nuestro lugar, explicar nuestra autoridad, "portarnos bien" para no ser agredidas, y demostrar tres veces más capacidad que un hombre para recibir la mitad del respeto, de sueldo, y a veces, ni así.
Me pregunto: ¿quienes enviaron esas amenazas a Katia reaccionarían igual si no estuvieran detrás del anonimato de una red social? ¿Así le hablan a sus jefes o colegas cuando piensan distinto que ellos? Lo dudo mucho. Y eso nos dice más sobre su madurez emocional que sobre la decisión que ella haya tomado en la cancha. Porque lo que realmente se activa cuando alguien pierde el control ante una figura de autoridad femenina, no es el desacuerdo futbolero, es la herida de sentirse desafiado por una mujer que no se disculpa por ocupar su lugar.
Celebro el respaldo institucional que ha recibido García, es necesario y urgente, pero no es suficiente. No basta con condenar la violencia: necesitamos formar seres humanos con la capacidad de disentir sin deshumanizar, de ver a una mujer en autoridad sin sentir que eso es una amenaza o que no lo va a hacer igual de bien o mejor que su contraparte masculina. Necesitamos evolucionar no solo tecnológicamente, sino emocional y socialmente.
Porque el verdadero avance de la humanidad no está en lo tecnológico, está en desde cómo tratamos a quien decide en una cancha, a quien decide hacerlo con valentía... y con nombre de mujer.