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Camerunés pasa de príncipe a ciudadano común en México

Jean Louis Bingna en una de las calles de la Ciudad de México
Jean Louis Bingna en una de las calles de la Ciudad de México | MARIO MANTEROLA
Jean Louis Bingna huyó de su país y se instaló en nuestro territorio por problemas con su padre
2015-10-15 | MARIO MANTEROLA
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Jean Louis Bingna, príncipe del reino Bamoun, en Camerún, vive en la Ciudad de México desde hace tres años porque su gobierno lo quería matar por promover la democracia en un país que se encuentra dividido por la guerra y los conflictos tribales.

Tuvo que abandonar el derecho de tener 12 esposas; ahora renta un departamento en San Cosme.

“Tengo en Camerún un presidente que lleva 32 años en el poder, que cambia la constitución a su capricho, no respeta los derechos de los periodistas, los niños no tienen derecho a la escuela, sólo un grupo de gente se aprovecha de los demás. Es muy triste, a veces me dan ganas de llorar porque nadie hace nada y eso pasa en todo África”, explica Bingna, quien siguió los pasos de su abuelo, Ruben Um Nyobé, líder independentista de Camerún.

Bingna, desde los 14 años se volvió activista político, por lo que llegó a cuestionar a su padre, el rey Mbombo Njoya, sobre las diferencia de clases en su país, por esta razón fue enviado a Europa para que ya no hubiera más roces, pero decidió volver para luchar por su pueblo.

Hora de huir

Fue en 2008, como líder de su partido, que encabezó manifestaciones que intentaron deponer a Biya, las cuales acabaron con disturbios que dejaron como saldo 300 muertos y más de tres mil detenidos.

A partir de ese entonces el gobierno lo vio como una amenaza, hasta que no tuvo de otra más que salir huyendo porque lo iban a matar.

“En sueños me llegó mi mamá Frida, que tenía dos años de muerta, a decirme que no me fuera a un país con relaciones diplomáticas con Camerún porque me iban a matar”, recuerda.

Una amiga empresaria duranguense de su hermana lo invitó a venir a esconderse a nuestro país y él aceptó.

Una noche, se vistió de mujer, se puso una peluca y maquillaje y navegó 300 kilómetros de noche hasta Nigeria, donde obtuvo la visa mexicana en la embajada que le abrió las puertas a la libertad y una nueva vida.