La historia de la Selección Mexicana en los Mundiales está marcada por una frontera difícil de cruzar: el famoso “quinto partido”. Sin embargo, existe un capítulo único donde ese límite sí se superó. Fue en la Copa del Mundo de 1986, cuando el Tri logró meterse entre los ocho mejores del mundo jugando en casa.
¿Cómo comenzó el camino?
Bajo la dirección técnica de Bora Milutinović, México disputó el torneo en casa con una mezcla de experiencia y talento que rápidamente conectó con la afición. El equipo debutó con una sólida victoria 2-1 sobre Bélgica, con un futbol ordenado y efectivo que comenzaba a ilusionar.
En su segundo compromiso de fase de grupos, el Tri venció 2-0 a Paraguay, mostrando autoridad y confirmando su buen momento. El funcionamiento colectivo destacaba, mientras nombres como Hugo Sánchez, Manuel Negrete y Tomás Boy comenzaban a tomar protagonismo.
Para cerrar la fase de grupos, México empató 1-1 ante Irak, resultado suficiente para asegurar el liderato del sector y avanzar con paso firme a la siguiente ronda. La ilusión crecía en cada rincón del país, con estadios llenos y una afición completamente entregada.
En los octavos de final, el Tri se enfrentó a Bulgaria en el Estadio Azteca. Aquella tarde quedó inmortalizada gracias a una de las mejores jugadas en la historia de los Mundiales: el gol de tijera de Manuel Negrete, que encaminó la victoria 2-0 y selló el pase al histórico quinto partido.
El quinto partido
Así llegó el duelo de cuartos de final ante la poderosa Alemania Federal. En un ambiente electrizante en el Azteca, México jugó uno de los partidos más intensos de su historia. El encuentro fue cerrado, con pocas oportunidades claras, donde la disciplina táctica y el orden defensivo fueron claves para mantener el empate 0-0 durante los 90 minutos y los tiempos extra.
La eliminatoria se definió desde el punto penal, donde la presión fue determinante. A pesar del esfuerzo del arquero Pablo Larios, México cayó 4-1 en la tanda, quedándose a las puertas de una semifinal histórica. La eliminación fue dolorosa, pero también dejó una huella imborrable en el futbol mexicano.
Aquel México 86 sigue siendo, hasta hoy, la única ocasión en que la Selección Mexicana disputó el quinto partido en un Mundial. Más que una eliminación, fue el nacimiento de una ilusión que ha perseguido al país durante décadas, convirtiéndose en un objetivo recurrente y en una deuda pendiente que cada generación busca saldar.

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