Es una contradicción enorme que tenemos que aceptar. Todos los fines de semana aplaudimos, y con justa razón, que el papel de la mujer en el futbol mexicano sigue creciendo: celebramos que las árbitras por fin pitan partidos de Primera División varonil, nos da orgullo ver a nuestras jugadoras rompiéndola en la cancha y reconocemos el trabajo de quienes ya toman decisiones pesadas en las directivas. Sin embargo, cuando volteamos a ver los banquillos, hay un espacio donde la puerta sigue cerrada con doble candado. Las recientes declaraciones de Ileana Dávila, actual directora técnica del Atlante, fueron un golpe de realidad necesario para preguntarnos: ¿por qué la dirección técnica sigue siendo el puesto con menor representación de mujeres mexicanas en nuestra propia liga?
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Ex DT de Pumas toma las riendas del Atlante
Para dejarlo muy claro, la falta de oportunidades no pasa por un tema de capacidad. Ileana, quien fue la primera mujer en dirigir a Pumas y construyó un proyecto desde cero, sabe perfectamente lo frustrante que resulta este tope de cristal. Mientras el juego se abre en los micrófonos y en las oficinas, las directivas siguen prefiriendo entregarle las llaves del vestidor a técnicos varones que van saltando de equipo en equipo, o apuestan por estrategas extranjeras que vienen con buenos currículums. Esto no está mal por sí solo; la competencia foránea siempre sube el nivel, pero el problema es que la mujer mexicana formada en casa simplemente no recibe la misma confianza.
El obstáculo principal es que el futbol no les ofrece un margen de error parejo. Pensemos en lo que pasa cada torneo. Si a un entrenador varón le va mal y lo despiden, el famoso carrusel del futbol mexicano lo protege y a los seis meses ya lo acomodaron en otro club. En cambio, si una estratega nacional tropieza en su primera oportunidad, el medio la juzga con una lupa implacable. En lugar de darle tiempo para adaptar su proyecto o una segunda oportunidad rápida, el sistema la castiga haciéndola desaparecer de la primera división, obligándola a buscar refugio en categorías formativas para intentar volver a ser vista.
Para entender el tamaño del rezago, basta con echar un vistazo a la baraja de directores técnicos en un torneo regular de la Liga MX Femenil. De los dieciocho clubes participantes, el promedio histórico nos muestra que menos de una cuarta parte de los equipos se atreven a darle el proyecto a una mujer nacida en México. Es una ironía tremenda: la Liga se creó para desarrollar el talento nacional femenil, pero la silla principal para dirigirlas sigue siendo dominada casi en su totalidad por hombres o por talento internacional.
La charla que revivió Ileana Dávila tiene que sacudir a los dueños y a quienes arman los proyectos deportivos. Fichar talento de fuera es válido, pero el desarrollo de nuestro balompié estará incompleto hasta que confíen plenamente en las mentes de nuestras mujeres. Necesitamos directivas valientes que rompan el ciclo de siempre, que le den la pizarra a las estrategias locales y, lo más importante, que las respalden de verdad cuando los resultados tarden en llegar. Tener a más mujeres mexicanas dirigiendo equipos no es una petición al aire; es el paso que le falta a nuestra liga para ser verdaderamente grande.
¡Abramos cancha!

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