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Opinión

Felipe Morales

Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.

Mi libro: El Primer Baile del Necaxa

2020-06-04 | Felipe Morales
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No se pierdan el libro que escribí: Primer Baile del Necaxa. Un día como hoy, hace 25 años, los Rayos ganaron su primer título, en contra de Cruz Azul. 

Al final, de esta publicación, le dediqué estas líneas a los héroes rojiblancos que nos dieron patria.

Somos amigos. Ustedes no lo saben o acaban de enterarse. O lo sabían y lo reafirmaron. O no pretendían saberlo. Pero es que no hay aficionado más necaxista que yo, desde el momento en el que a finales de los 80 y principios de los 90, les pasaba las pelotas que se volaban de la cancha. No había gente en las gradas, ni prejuicios, porque éramos felices. Ustedes jugando, yo observando. He dejado de ver a muchos amigos de la infancia, durante muchos años y cuando, por circunstancias de la vida, nos encontramos, lo primero que preguntan no es ¿cómo están tus papás? o ¿todo bien en casa? No. Preguntan una sola cosa: ¿Le sigues yendo al Necaxa?

Desde aquel 1988 en el que papá me llevó a una cabecera y los Rayos le ganaron al Santos 3-1, existió un hilo invisible que colgó desde el campo del Estadio Azteca hasta mi corazón con una descarga eléctrica propia del equipo que estaba allá abajo, tan lejano, en el pasto. Cuando entré, con mis seis años y la música alegre en el alma, acompañada del ‘Fuerza Rayos’, que sonaba y colgaba de aquella bocina, en el medio campo, lo supe sin saberlo: sería necaxista a partir de ese instante, sin pretenderlo. A papá le confesé: Todo se ve más grande que en la tele, el pasto es más verde, la cancha es más larga. No me juzguen. Iba en primero de primaria. Pero ya tenía mi playera rojiblanca. 

Supe que era mi sitio. 

Desde ese instante, decreté mi lugar favorito.

Una vez, al ‘Beto’ García Aspe me lo encontré afuera de los túneles, terminado un partido. No sé si estaba expulsado o lesionado, pero salió con su esposa, que me apretó los cachetes. Me sonrojé. No tanto como la polo rosa que llevaba el ‘Capi’ ese día. No teníamos una cámara o una pluma para que me firmara algo, pero me bastó con verlo.  

Porque los recuerdos son las mejores fotografías.

A Ivo, ¿qué puedo yo decir de Basay? No califico como objetivo. Lo esperábamos al final de los juegos, porque éramos tan poquitos arrimados en la reja, que antes de bajar a los vestidores, se detenía y se acercaba; ahí le aventabas tu playera o tu gorra. Yo tengo colgada en mi pared aquella firma. Le tuve que pasar un plumón por encima, porque se estaba borrando. O sea que fui Ivo, al menos en la manera de repasar esa visera de las entonces llamadas ‘cachuchas’.

¡Qué tiempos aquellos! En los que cuando éramos chiquitos o más jóvenes, todo era más sencillo, más natural, menos pretensioso. En los que el futbol habitaba un mundo menos glamoroso y tus figuras te preguntaban cómo te llamabas, aún sudados y vestidos, antes de bañarse y perfumarse. 

Hoy, los jugadores huyen directo a Instagram al el pozo del vestidor y al mundo de los juicios instantáneos. 

Ivo: lo sabes. Te lo he dicho. Eras, eres y serás mi debilidad, como futbolista. Me bajaba las medias, me ponía una muñequera, usaba una licra; a mis 12 años no estaba casado, pero jugaba una Final en primero de secundaria, en el Instituto México, y la ganaba, como ustedes, siendo el héroe particular de mis padres, aunque ese año me hubieran corrido por exceso de futbol y tanta despreocupación por lo demás, que para mí, era lo de menos. 

Los jardines, en los que también resguardaba las porterías con postes en forma de árboles, yo era Nicolás Navarro. Siempre fui tú, ‘Nico’. Portero antiguo de sobriedad como exquisita manera de ser excéntrico y excepcional.

Fui tú, ‘Cuchillo’, el día que me diste mi primer autógrafo. Firmabas así: con un cuchillo con tu instinto de plata. Te pintabas el copete de amarillo. Mis tíos y mis primos me jodían, como buenos americanistas, que no entendían tu partida o que mi ídolo fuera un cubierto.

No había manera de no querer ser Alex Aguinaga y su incombustible manera de pelear todas las pelotas. Porque no dejaba una viva; Alex corría como corren los toros persiguiendo algo rojo. Aguinaga es nuestro símbolo. Nuestra referencia global ante el mundo. Si dices Aguinaga, hasta en Brasil te contestan “Necaxa”.

Una vez, nos encontramos en Galerías Insurgentes. Yo había comprado una gorra del Barcelona, que le ganó la elección a la playera de aquella temporada de campeonato, del 98. Bajé, pedí un helado de Mc Donald’s, me senté y mi mamá vino a mí, pálida. ‘¿Ya viste quién está ahí?’, me preguntó. Alcé la cara y aventé la gorra. Quería desmayarme. Recuerdo hasta cómo iba vestido. Mi madre me llevó hacia ti y tu familia a empujones. Como no me había comprado la playera, me autografiaste una servilleta. La tengo enmarcada. Fue en noviembre. Un mes después, estarían dando la Vuelta Olímpica, en el Estadio Jalisco. 

Pero es que había tantos héroes en aquel equipo, que Ricardo Peláez sería tendría el súper poder de volar. Una vez, mi papá se lo encontró en un restaurante. Y era el evento del día. Me confirmó que no, que Peláez solo flota en los partidos y que la cuenta la pidió sentado, como lo hacemos todos. 

Luego, el ‘Ratón’ Zárate vino desde Alemania a romper la calma. Era rápido hasta para ver una película. Te contaba el final sin saber de qué trataba. El ‘Ratón’, que estaba haciendo ejercicio en una bicicleta estática, mientras daba la entrevista para este libro, relató que todos ustedes eran “unos hijos de puta”, en el buen sentido. Tómenlo como un cumplido.

Como Luis Hernández, que aún no parecía espantapájaros en aquella época, en la que llevaba el pelo corto, como si asistiera a una Primera Comunión; a estas alturas, apreciados lectores, ya habrán descubierto que el ‘Matador’ era un entusiasta de las bromas, junto con Manuel Sol, que no jugó mucho en la cancha, pero que se divirtió mucho fuera de ella, graduándose como un animador joven e inesperado con su exceso de confeti.

Octavio Becerril nunca pudo ser captado por una cámara pinchando a algún jugador del equipo contrario con los alfileres que le pertenecen a las leyendas urbanas y a los tiros de equina. Solo quedó grabado que era uno de los delanteros más peligrosos del rival, con aquellos dos ‘rebanones’ en la Final de Ida, contra Cruz Azul. Pero aún así se le quiere, porque todavía no se sabe si jugaba o contaba mejor lo que pasó en la cancha desde su condición de charlista y anecdotario andante. 

Eduardo Vilches: ‘El Caballero Rayo’. Lo confirmé. Nunca había hablado con él. Y fue tan amable. Parecía que estaba charlando en el porche como cuando la vida era lenta, desde su calidez y preocupación por nuestro país, en estos tiempos de pandemia. Lo recuerdo con aquel ‘3’ en la espalda que lo confiaban con un maduro precoz. Siempre despejaba los saques de meta. Nunca se me va a olvidar eso, aunque no me haya servido para nada retener esa información. Porque así somos los necaxistas. Nos enamoramos de lo absurdo hasta que se convierte en trascendente y eterno, como ustedes.

Recuerdo que esa misma campaña,  el día de la Final de Copa, contra el Veracruz, me asaltaron. Me robaron mi relojito de calculadora con el que contaba cuántas horas faltarían para dar la Vuelta Olímpica, en Puebla. La táctica del asaltante fue pedirme un peso y sacarme una navaja. Yo se lo di rápidamente, como queriéndome zafar de un tedioso trámite, porque el camión, que pasaba cada seis minutos, se me iba. Y yo tenía que ver al Necaxa. Tenía que observar y recordar por siempre ese gol de taquito de Peláez, contra los Tiburones. 

Así evolucionó mi vida. Mi infancia. Mis días. Pegadito a ustedes, aunque ustedes no lo supieran. Esa es la importancia del futbolista, que transcurre los torneos en los entrenamientos y en los partidos, pero que nunca dimensionarán lo importantes que pueden ser, incluso, a medio asalto. 

Hablar con cada uno de ustedes, en medio de esta cuarentena, fue la recuperación de la infancia. Algunas entrevistas, confieso, las hice ataviado con la playera de la 94-95 o con la del Bicampeonato de la 95-96, porque vi otra vez todos aquellos videos o me encontré el álbum con todos los boletos a los que fui, acompañado al estadio con mi papá, que siempre presumirá que vio, en vivo, cómo el Necaxa venció 4-3 al Santos, de Pelé, el 2 de febrero de 1961, en Ciudad Universitaria, en el cuarto Pentagonal de la Ciudad de México. 

Eso es un equipo: un vínculo. Una huella indeleble. Un código de barras que te autoriza como creyente. Porque yo creía en Nacho Ambriz y en su peinado de cepillo de dientes, que me recordaba que había que lavárselos, tres veces al día. Creía fervientemente que Gerardo Esquivel era el plato sobre la comida gourmet: no podías disfrutarla sin su apoyo. 

Gerardo me sorprendió. Fue de los más difíciles de contactar. Me recordó, desde su manera de hablar a Roberto López, mi camarógrafo consentido en el Mundial que compartimos en Brasil. Hablan desde la humildad, mezclada con el conocimiento. Gerardo: Me dio la sensación de que no trabajaste por un aplauso sino por una causa. Me sorprendiste, porque eras el más callado de todos, en el campo y afuera de él, pero, de mis entrevistas más importantes, precisamente, por haber sido un héroe anónimo. 

Para el jugador, una camiseta o unos colores puede ser un trabajo. Para el aficionado, es un motivo. Un impulso. Una razón. Yo no entiendo mis días sin aquel Necaxa. Quiero que sepan que fueron educativos. Me formaron como aficionando, como niño. Quizás, al hacer esto, como persona, como periodista. Como niño otra vez. Porque eso que hicieron los Rayos tiene que saberlo uno o tienen que saberlo diez.

Los presumía todos los lunes. En el parque, ensayé una y mil veces, el giro de Basay, sobre la marca de Reynoso y el disparo fulminante a Scoponi. Extendí y apreté los puños de arriba a abajo una y otra vez, las veces que fueran necesarias. 

Alcé en mis noches de almohada aquel trofeo con la misma furia de Aspe. Hice bolita los calcetines para jugar en mi cuarto y rematar contra el marco de la ventana como lo hacía Peláez, como bien lo describió para estas páginas, el ‘Ratón' Zárate: ‘La cabeza de Ricardo, era un pie de Benjamín Galindo’. Uno no puede evitar sonreír ante tan exacta y desbordante analogía. 

Hablo de mí, porque es de nosotros. Platicando con cada uno de ustedes, desde mi condición de futbolista frustrado y periodista hace 16 años, supe lo que era habitar aquel vestidor, reservado para los superdotados. Recibí las instrucciones de Manuel Lapuente, fui fichado por Enrique Borja, conversé con la sapiencia de Mario Carrillo y disfruté de los asados de Roberto Bassagaisteguy.

Ahora, como a la vida le encantan las sorpresas, soy el administrador de un chat en el que están todos ustedes tirándose otra vez paredes. El grupo se llama “Necaxa, Campeón, 94-95”. Y, para explicarme, es como si un argentino chateara con Maradona.

Han pasado 25 años.

Un cuarto de siglo de aquel ‘Primer Baile’.

Felicidades. Y gracias otra vez.

¡Fuerza, Rayos!

(Pendientes: podrán descsegar el libro en Amazon.com.mx y visitar la tienda de la página del Necaxa, clubnecaxa.mx).