CÉSAR HERRERA
La muerte de Ricardo Rodríguez, tres días antes, no empañó el ambiente de auténtica fiesta en el Autódromo de la Magdalena Mixiuhca. Por primera vez, la Fórmula Uno corría en México. Y el espectáculo de la categoría reina no defraudó a los miles de asistentes. Jim Clark ganó ese día un auténtico carrerón.
La carrera inaugural en el Distrito Federal se había gestado desde un par de años atrás. Tras la inauguración de la pista, en la naciente Ciudad Deportiva, el extinto Club Automovilístico Rodas empujó y cabildeó ante la Federación Internacional de Automovilismo (FIA) para conseguir una prueba del serial.
México recibió el sí, con fecha de noviembre de 1962, tras la carrera en Estados Unidos –Watkins Glen–, aunque se decidió que el del DF no fuera un evento puntuable. Ferrari declinó su participación, pero escuderías como Lotus y Brabham confirmaron el viaje.
El británico Graham Hill (Owen Racing BRM), líder del Mundial de Pilotos –y eventual campeón– no se inscribió en el GP, por lo que Jim Clark (Lotus) llegó al país como favorito al triunfo. En la parrilla, no obstante, había nombres de alto calibre, como Jack Brabham, Bruce McLaren o John Surtees.
El percance y fallecimiento de Rodríguez, piloto de Ferrari pero que participaría con un Lotus, en la primera sesión de ensayos, borró de la lista al otro sólido candidato.
Si la calificación obedeció la lógica, con Clark en la Pole, el británico Innes Ireland (Laystall Racing), segundo, seguido de Trevor Taylor (Lotus), Surtees (Bowmaker) y McLaren (Cooper), la carrera fue sorpresiva y dramática desde el comienzo.
El auto de Clark no arrancó por una falla eléctrica y debió ser empujado por sus mecánicos para avanzar. Los comisarios, tras unos minutos de discusión, decidieron que estaba descalificado y le mostraron una bandera negra al inglés.
Sin embargo, dado que la reglamentación lo permitía, Clark abandonó su auto y subió al de Taylor, su coequipero, quien marchaba tercero, pero lejos de los líderes, Brabham y McLaren, primero y segundo, respectivamente.
Clark voló sobre la pista y rápido descontó una diferencia de casi 50 segundos. McLaren quedó fuera de la carrera por falla en el motor antes de ser superado, y el rebase de Jim sobre Brabham fue inevitable.
Tras una carrera épica, Clark se confirmó como el primer ganador de la F1 en México.
La afición capitalina respondió
Desde su primera vez en México, la Fórmula Uno dejó clara su condición de evento de deportivo élite, que, desde luego, también atrae al público en masa.
Rodolfo Sánchez Noya, decano periodista del deporte motor nacional, recuerda que el 4 de noviembre de 1962, el Autódromo de la Magdalena Mixiuhca fue visitado por varias personalidades, comenzando por el presidente del país, Adolfo López Mateos, confeso aficionado a las carreras.
El glamour rodeó el paddock desde el primer día. La F1 era sinónimo de elegancia, de pilotos usando traje y sombrero antes de ponerse la ropa de competencia –el material nomex era aún un sueño.
Las medidas de seguridad eran escasas, tanto para los competidores, como para la afición. Aquel fin de semana, cientos de personas acamparon a las orillas de la pista para tener el domingo el mejor lugar posible. La única restricción que había entre la afición y el asfalto era un cordón, que nadie debía traspasar.
La F1 y el GP de México, por supuesto, cambiaron con el paso de los siguientes años. El tamaño del evento creció considerablemente, como el número de personas que buscaban estar tan cerca de los autos como les fuera posible.
Recuerda Sánchez Noya que en una ocasión, antes de un arranque de la carrera, acompañó a Jackie Stewart a ciertos sectores de la pista a pedir con un megáfono a la afición buena conducta, ya que de un lado a otro del circuito la gente lanzaba botellas y objetos.
La falta de civismo del público y la rebasada organización fueron parte de los motivos que alejaron a la F1 durante 16 años.
Entre 1986 y 1992, segunda etapa de la categoría en el ahora Hermanos Rodríguez, el evento fue un éxito continuo, con grandes carreras y llenos en las tribunas, reto mínimo a cumplir en el futuro, cuando la F1 esté de regreso.
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