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Opinión

Felipe Morales

Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.

Por cada Boateng, hay un Messi

2020-08-13 | Felipe Morales
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I

Corre el año 2005, en un Barcelona vs. Bayern Münich...

Boateng cae como un roble.

Nunca vi a nadie talar uno en décimas de segundo.

Nunca vi una gambeta con tanto filo.

Fue una sierra de cuero que se encendió en el botín izquierdo...

II

A Messi ya no hay que elogiarlo. Ya no cabe.

Hay que entenderlo. Comprenderlo desde su condición de superdotado.

Hay que estudiarlo.

Pero no analizarlo como quien desmenuza sus vulnerabilidades para contenerlo.

Estudiarlo en el sentido máximo del concepto. Con lápiz y libreta. Con gafas, con apuntes; con tendencias; con gráficas y estadísticas. Con promedios de cambio de ritmo por partido...

Con los tiempos exactos de su digestión; con la forma en la que duerme; con lo que sueña; con el pie con el que se levanta, con la forma en la que se prepara un café.

Saber hasta con qué mano abre el agua caliente. Si le gusta el mate. Si prefiere una galleta.

Hay que comprenderlo a través del todo.

A través de sus cambios de ánimo; desde del cúmulo de detalles que lo hacen ser lo que es a partir de sus supersticiones. De sus miedos.

No para establecer un juicio: Para que nos enseñe el camino.

Para enmarcarlo y ponerlo entre dos vidrios.

Debemos saber todo de Lio. Para contarlo. Para explicarlo, para presumirlo. Para guardarlo en el disco duro de todos los tiempos del futbol.

En esta vida y en la otra.

Messi se acabó los adjetivos. Se los devoró todos de un brochazo.Es Garrincha, Maradona, Pelé, Romario y Ronaldo.  Todo a la vez.

Es la parálisis del tiempo en un relámpago. La fuerza en la debilidad. La astucia en el marasmo. Es, incluso, lo que no es...

Messi lo es todo. Hasta cuando no quiere serlo. Hasta cuando no puede.

Pero sigue siendo Messi hasta en la manera de tomar el tenedor y llevarse el spaguetti a la boca en una tarde de jueves nublado en la que se reserva todo para algún viernes bíblico de Champions.

‘Se lo hemos visto todo’, pensamos.

Ese catálogo de balones llenos de confeti, de regates con moño. ‘Ya nos aprendimos todos sus trucos’, repetimos.

Ya memorizamos esa  forma de reducir el espacio y salir de él montando a caballo; la manera de  acelerar de cero a 100 en una Pamplonada interna con una manada de toros persiguéndole los zapatos de almohada que lo duermen todo.

Incluso al clima.

A la noche y al día.

‘A Messi ya lo conocemos’, repetimos queriéndonos convencer del destino inevitable vestido de red.

Es el jugador acelerado. El personaje anestesiado bajo esa mirada de duende inofensivo, que guarda aquella sierra entre los zapatos de pincel que lo colorean todo.

Ya se lo habíamos visto todo, desde nuestra capacidad para perder la sensibilidad.

Por eso ya no le creo cuando insinúa con la izquierda y finiquita con la diestra.

O cuando te cuenta, desde la mentira de su cuerpo, que detonará la portería  y luego pica la pelotita con la delicadeza con la que se afeita.  

A Messi ya no le creo nada.

Hasta que hace, una y otra vez, lo improbable. 

III

Mientras tanto, Boateng sigue cayendo desvanecido en la abstracción del tiempo y del espacio; suspendido en lo eterno de aquel 2017...

Su cintura de laberinto descifrado se rompe en dos.

Cae como un roble arrancado de su profunda raíz. 

Por eso, por cada pronóstico a favor del Bayern Münich, sobre el Barcelona, siempre hay un Messi y un Boateng.

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