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Opinión

Felipe Morales

Con un estilo fresco y una pluma original, Felipe Morales nos cuenta las mejores historias del futbol desde su perspectiva periodística.

Yo sólo quería pasear a mi perro

2020-03-30 | Felipe Morales
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Vengo de pasear al perro. Es la segunda vez que lo hago en el día. Planeaba la ejecución de esta arriesgada maniobra, pasadita la media noche, cuando la gente duerme o cuando no sale. En realidad, es por eso: porque la noche ata al inoportuno o al malicioso que baja por agua y comida…

Descubrí una técnica: Ya no uso el elevador y no salgo por la puerta principal; así evito el contacto con la recepción del edificio en el que vivo. Luego, bajo cuatro pisos. Lo considero mi ejercicio del día. Después, bajo otros escalones y llego al sótano. Los coches no te contagian, pienso. Y pocas personas están usando sus coches. Es perfecto. Paseo al perro por ahí, entre las grises paredes que te cuentan un secreto sin voz, pero al Flaco no le place mear en las columnas de concreto. Extraña el pasto. 

Entonces, mitad obligado y mitad resignado, subo otras escalinatas, escondidas en la oscuridad, que llevan al peligro. A la luz de la noche.  

No toco los barandales. Me guardo las manos en la chamarra; me pica la nariz, me sudan las manos, me jala el perro, se me caen las llaves…

Ya arriba, lanzo una mirada panorámica con la desconfianza de quien pisa campos minados; observo el territorio, detecto una zona neutral. Ataco el espacio. Acelero hacia una esquina; regateo a un par de corredores; salgo largo por ahí y me establezco en zona de seguridad. 

Al Flaco le emociona esto. Y le lanzo la pelota. Y ya espero una pared. Él juega, no se entera de nada, como algunos han decidido no enterarse. Juega y me hace jugar...

Me siento culpable, porque aquel patio ya califica como el Maracaná

Se asoma un vecino; se nos queda viendo con una mirada de plomo. No le distingo la cara, volteo a otro lado. Tenemos público. Se asoma otro par en el quinto piso, se encienden las luces en el séptimo; el Flaco galopa con la pelota en la boca, descifrando el tiempo y el espacio; corre a lo lejos y cuando está a punto de llegar a la meta, la suelta y babea…

Y ahí voy por él; para hacerlo correr otra vez. El aficionado misterioso sigue ahí, con la silueta de la nostalgia o del juicio; se agarra de los barrotes, no sé si es un reclamo, los aprieta, no sé si su afilada soledad, me corta con la reprobación por estar afuera. Lo miro de reojo. Y lanzo la pelotita para otro lado...

Han pasado unos cuatro minutos. Tengo la correa en las manos. Por la mañana, la desinfecté con lo poco que me queda del gel eliminador de bacterias. Las llaves. Tendré que hacer lo mismo con las putas llaves, que se me habían caído antes, pienso cuando vuelvo al mundo de la cabeza.

Pero mi perro interrumpe esos pensamientos de ansiedad y de aprehensión. Con aquella mirada, en la que se refleja una media luna de hielo, espera que le lance otra vez la pelotita. Y lo hago con gusto, pero con el pie, claro. No estamos en tiempos ni de lanzarle correctamente un juguete a un perro. 

Le pido perdón, porque, de unos días para acá, lo acaricio menos. Él se resigna a su espacio robado. Se echa en mi sillón en forma de balón; casi no lo dejo entrar a mi cuarto. Suelta mucho pelo. Y nadie quiere intrusos que demanden ventilación permanente, cuando estás confinado a las cuatro paredes del distanciamiento social. Pero el perro tiene que ir al baño, carajo. Por eso lo bajo, es lo que trato de explicarle al señor de la ventana, desde un pensamiento anónimo.

Pero el tipo sigue ahí parado, como una estatua de obsidiana petrificada en el pasado. Me distraigo, recuerdo la frase de César Luis Menotti, el otro Flaco. “El único sitio en el que me gusta que me engañen, es en el futbol”. Y entonces, finto a la izquierda y salgo cabalgando a la derecha; esquivo los dientes filosos de este defensa central de cuatro patas, que si fuera futbolista, sería italiano.

Bota la pelota, bota. Rueda la pelota, rueda. Fueron unos seis minutos: Sonreí, jugué. Y me sentí culpable. Yo solo quería pasear a mi perro, señor... 

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