Leyendas mundialistas: Zinedine Zidane, una obra de arte sacra sobre el césped
Conectar con la divinidad siempre ha conllevado sacrificios. Uno de ellos fue la tonsura, práctica durante la Edad Media que consistía en el afeitado de la coronilla, con un halo sobreviviente de cabello. El rito, aceptado por muchos y ridiculizado por otros cuantos, era símbolo de la entrega a Dios y fungía como representación de la corona de espinas de Cristo, recuerdo constante de la humildad y -de nuevo- del sacrificio.
Y eso hizo Zinedine Zidane: se entregó a la divinidad, pero sin rozar en el sacrilegio, no a la religiosa, sino a la balompédica. El francés fue un ángel entre mortales cada que pisaba una cancha. Su coronilla despoblada solo reflejaba su genialidad, esa que nunca aguardó en su cabeza y salió expulsada hacia los cielos.
Marsellés de nacimiento, pero argelino en las entrañas, Zizou portó el manto de la elegancia con su zancada de largo alcance, pero de magia inmediata. Surgido en el AS Cannes, criado en el Burdeos, canonizado en la Juventus y ungido en apoteosis en el Real Madrid, ZZ redefinió el futbol desde 1988 hasta 2006.
Una obra de arte con Francia
Zinedine levantó Champions League, trofeos locales, Balón de Oro e infinidad de blasones que engrosan un palmarés que corresponde a su talento futbolístico.
Pero lo que define a Zidane es la revolución hecha bajo el manto azul de Francia. Con el balón cosido al pie como si de un accesorio más de su presentación de magia se tratara, Zizou rompió el medio campo de un sinfín de selecciones.
Y siempre danzó en el campo hasta horadar a férreas defensas que optaban por tirar una desesperada patada ante el suave andar del francés. Incluso así, ZZ seguía. Una ruleta por aquí, un control inexplicable por allá y el canto fugaz de la red cuando se encontraba con un sutil, pero efectivo disparo del #10, el #5 o el número que se le ocurriera portar.
Su legado con Les Bleus
Zidane era el Louvre en movimiento, era una noche parisina para enamorarse convertida en futbol. Y, como si la pasión obligara a la acción, Zizou siempre cumplió a la hora de amar la pelota.
En 12 años, el mago -Dios para los más osados- abrió el camino para que Francia se olvidará de falsos profetas con brillo platinado que nunca ascendieron a la tierra prometida.
El verano de 1998, Zinedine revolucionó a su selección y con la Marsellesa retumbando en su pecho llevó a todo un país a empujar por la primera Copa del Mundo de su historia.
Sudáfrica, Arabia Saudita y Dinamarca, en Fase de Grupos. Paraguay, Italia y Croacia, en Eliminación, y Brasil, en la Final, fueron simples comparsas para acompañar el camino del elegido hacia el precioso trofeo dorado.
Decisivo en la Final y el fracaso de 2002
No podía ser de otra forma, ese primer Mundial de Francia fue sellado desde la cabeza de su #10: al 27' y al 45+1', ambos en tiro de esquina en la primera parte ante un destruido Taffarel, quien como el resto de la Verdeamarela supo de inmediato que la gloria se quedaba en casa.
Un par de años más tarde, Zidane también fue decisivo para la Eurocopa del 2000, pero esto se trata de Mundiales y el del 2002 fue un desastre, un Campeón sin identidad, sin hambre y sin puntos.
Los aires asiáticos no le sentaron bien a Zizou, quien llegó tocado tras darle La Novena al Madrid en la UCL y no pudo recuperarse a tiempo para ayudar a su selección en Corea-Japón.
La revancha de 2006
Zinedine era consciente de que Alemania 2006 sería su última presentación como jugador profesional. Un roce irreconciliable con el Real Madrid y el desgaste mental que conlleva la genialidad lo obligaron a anunciar su prematuro adiós.
No obstante, no llegó cansado a la Copa del Mundo. El pincel de la creación estaba suave y listo para trazar la última gran obra de arte de la humanidad.
Desde Hannover hasta Múnich, Zizou reescribió todo lo que sabíamos de futbol: seis partidos jugados, tres goles y una asistencia, números fríos que se revaloran con los viejos videos de su danza ante España, frente a Brasil y ante Portugal.
Dios murió de pie
Y contra Italia no fue la excepción. ZZ rompió a Gianluigi Buffon desde el paredón de penalti. Una suave panenka que se dramatizó con la caricia al travesaño y rebasó la línea de gol en el Olímpico de Berlín.
Todo se dispuso para la mejor de las despedidas. Pero la genialidad, como desde los inicios de Zidane, no soportó estar contenida en su cabeza y explotó en el pecho del vulgar Marco Materazzi, quien fue víctima y verdugo del genio.
Con la vista clavada en la tarjeta roja portada por Humberto Elizondo, Zidane se retiró con el rostro encendido a pocos minutos de los penaltis. El daño anímico fue devastador para Francia, que vio a los gladiadores italianos proclamarse monarcas del mundo.
El legado de Zidane en Mundiales
La última escena de Zidane en un Mundial no podía ser otra. Y no por la violencia su cierre, sino por el mito que se escribió aquel 9 de julio de 2006 en Berlín.
Zinedine ascendió al cielo y su legado se selló. El francés más grande en la historia del futbol murió profesionalmente como vivió: encantando a propios y extraños con su milagroso pie derecho. Y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Copa del Mundo | Partidos | Goles | Asistencias | Resultado |
Francia 1998 | 5 | 2 | 1 | Campeón |
Corea-Japón 2002 | 1 | 0 | 0 | Primera Fase |
Alemania 2006 | 6 | 3 | 2 | Subcampeón |
Total | 12 | 5 | 3 |