Fuera del ring: El 8 de marzo no se celebra, la verdadera pelea es contra la violencia y los estereotipos
Cada 8 de marzo, cuando conmemoramos el Día Internacional de la Mujer, siento que el ring se me queda corto para explicar lo que traigo dentro. Porque mi vida ha estado rodeada de lucha, sí, pero la lucha más importante no siempre ocurre bajo reflectores. Ocurre en las calles, en las casas, en las escuelas, en los trabajos. Ocurre cuando una mujer intenta vivir sin miedo. O cuando una niña aprende, desde muy temprano, que a veces el mundo le pone límites solo por ser niña.
Vengo de un mundo —el del deporte de contacto— donde a las mujeres se nos mide distinto. Donde todavía existe quien cree que una niña "no debe" pelear, levantar pesas, estudiar ingeniería o tomar decisiones grandes. Yo he escuchado esas frases, y sé lo que provocan: dudas, miedo, silencio. Pero también sé algo más: Cuando una mujer se atreve a romper un estereotipo, abre una puerta para otras. Y cuando una niña ve esa puerta abierta, entiende que su futuro no está escrito por nadie más.
Yo he aprendido que la fuerza no es solo aguantar. La fuerza también es pedir ayuda, alzar la voz, poner límites, acompañarnos entre mujeres y no soltar la mano de quienes vienen atrás. En mi carrera he enfrentado golpes, caídas y dudas. Y aun así, lo que más me mueve no es ganar un combate: es saber que mi historia puede abrir camino para que otras no tengan que pelear solas.
A lo largo de mi carrera he promovido el empoderamiento de niñas, niños y jóvenes a través de la educación, porque es la herramienta más poderosa para alcanzar metas. La educación te da palabras para nombrar lo que vives, te da herramientas para defenderte, te da oportunidades para decidir. Y me gusta repetirlo porque es verdad en cualquier barrio y en cualquier comunidad: cuando hay educación, hay opciones; y cuando hay opciones, hay libertad. Libertad para elegir un futuro distinto. Libertad para decir “no” a la violencia. Libertad para soñar sin pedir permiso.
Pero la educación no puede caminar sola. Necesita seguridad, necesita respeto, necesita un entorno que no castigue a las niñas por ser curiosas, inteligentes o valientes. Por eso insisto en la importancia de apalancar iniciativas que impulsen a niñas y jóvenes a vivir en entornos seguros, sin violencia, con educación de calidad, con desarrollo de habilidades incluyentes (Ciencias, Tecnología, Ingeniería, y Matemáticas), libres de estereotipos negativos o discriminación, para que puedan convertirse en las mujeres que decidan ser. Una niña con oportunidades no solo cambia su vida: transforma su familia y su comunidad.
No puedo hablar del 8M sin hablar de seguridad. Sin hablar de las que ya no están. Sin hablar de las que viven con miedo al volver a casa, de las que callan por vergüenza, de las que han normalizado la violencia porque “así pasa”. Me duele, me enoja y me compromete. Porque ningún logro individual tiene sentido si como sociedad seguimos permitiendo que ser mujer implique riesgo.
El deporte puede ser una escuela de autoestima. A mí me enseñó disciplina, constancia y a levantarme cuando parecía imposible. Pero también sé que el deporte no es una varita mágica: funciona cuando hay red, cuando hay entrenadoras, maestras, familias y comunidad cuidando el entorno. Si queremos una sociedad más justa, necesitamos más niñas estudiando, más mujeres seguras, más oportunidades reales y cero tolerancia a la violencia. El deporte puede ser un motor de cambio si lo acompañamos con educación y comunidad.
Este 8 de marzo, mi invitación es no soltar la mano de las niñas. Escuchémoslas. Protejámoslas. Abrámosles caminos. Y también escuchemos a las mujeres que están al lado: En la casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle. A veces el cambio empieza con algo básico: Creerles, apoyarlas, no minimizar su dolor, no justificar lo injustificable. Yo seguiré usando mi voz y mi fuerza para empujar estas causas. Porque la verdadera victoria no es levantar un cinturón, sino ayudar a que muchas más puedan levantar la cabeza y decir, sin miedo: “Yo decido quién quiero ser”.