La salida de Xabi del Real Madrid deja al descubierto problemas que se han repetido durante más de dos décadas: el liderazgo silencioso del vestidor pesa más que el del director técnico, la directiva no respalda del todo a sus estrategas y los números terminan imponiéndose por encima de cualquier proyecto.
Antes de juzgar estas afirmaciones, explico cada una, empezando por la última. El Real Madrid es el club más importante del mundo, el más ganador y el que mejor paga. Para que eso siga siendo así, necesita resultados; es decir, números. Ganar más que cualquiera y, sobre todo, ganarle al Barça. El Real Madrid también es un negocio.
Pero los números no son el origen del éxito, son la consecuencia. Son el resultado de un trabajo previo, de un proyecto estructurado, respaldado y con una estrategia clara. Cuando la tarea está bien hecha, la calificación llega sola.
Si analizamos las salidas prematuras de los directores técnicos desde la perspectiva institucional, la explicación es recurrente: malos resultados en partidos clave y títulos que históricamente estaban "obligados" a ganar. No es casualidad que más de uno haya sido destituido tras perder contra el Barcelona, como ocurrió con Lopetegui y Alonso.
Esto revela algo más profundo: una vergüenza colectiva mal gestionada. Pesa más el ruido mediático tras la derrota que la estrategia o el proyecto a largo plazo. Las caídas del Real golpean el ego en todos los frentes —directiva, jugadores y afición— y no siempre saben cómo procesarlas. Se han construido la narrativa de ser el mejor club del mundo, sin darse cuenta de que aún podrían ser mejores si trabajaran más en lo interno que en lo que se dice de ellos. Porque ser el mejor no es solo ganar; también es cultura, relaciones y legado.
De ahí surge mi segunda hipótesis: la directiva no respalda por completo a sus técnicos. No lo digo yo. Lo dijo Camacho cuando afirmó que "sobraba" en un club donde parecía importar más el marketing y los medios que el futbol. También lo expresó Zidane, pese a ser uno de los entrenadores más exitosos y conectados con el vestuario: "Me voy porque siento que el club ya no me da la confianza que necesito para construir algo a medio o largo plazo".
El presidente del club, Florentino Pérez, ha impuesto un modelo de alta exigencia, enfocado en el resultado inmediato y con poco margen de error. En ese contexto, no existe un proyecto compartido ni un respaldo visible a las decisiones del técnico frente a la plantilla. Benítez lo resumió con claridad tras su salida: es muy difícil dirigir cuando la directiva apoya más a los jugadores que al entrenador.
Y eso nos lleva al último punto: el liderazgo silencioso del vestidor muchas veces pesa más que el del propio entrenador. Liderar a un grupo de alto rendimiento, lleno de figuras y egos consolidados, requiere algo más que conocimiento táctico: exige un respaldo firme, constante y público desde la directiva, además de un trabajo profundo en inteligencia emocional, individual y colectiva. El episodio de Vinicius tras ser sustituido por Xabi Alonso en el clásico de octubre es solo un síntoma. Lo dije entonces y lo sostengo ahora: la verdadera ventaja competitiva en entornos exigentes es la inteligencia emocional.
No sabemos si la relación entre Alonso y el vestuario ya estaba fracturada o si ese momento marcó el quiebre definitivo. Lo que sí sabemos es que la pérdida de autoridad fue el punto de no retorno. Y resulta paradójico que, en tan poco tiempo, Alonso sea uno de los técnicos con mayor porcentaje de efectividad en el club, cercano al 70%.
El Real Madrid seguirá ganando, porque su historia y su talento se lo permiten, pero fracasa cuando el ego pesa más que el proyecto.
Ser el mejor no es ganar siempre, es saber sostener procesos, liderar personas y construir cultura. Mientras el Real Madrid no entienda eso, sus técnicos seguirán siendo reemplazables... y sus problemas, repetidos.




