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América tiene prisa de triunfo siempre

América tiene prisa de triunfo siempre Felipe Morales

Cecilio Domínguez corre con la combustión de un tanquecito con piernas. Alza los brazos, sonríe, grita al cielo “¡Gracias, Dios!’, brinca y cuando aterriza en el campo hace la ‘Thiagoseñal’ en forma de festejo y saludo a su hijo. Los brazos unidos en forma de ’T’ son el aviso del gol que fue. El primero en un debut “soñado”. Después de todo “se hablaba de crisis, pero esto es futbol. ¿Quién no pierde dos partidos seguidos?”, concluye el paraguayo recién presentado en sociedad. 

Renato Ibarra, en tanto, es el cómplice que se comunica. Que se asocia y edifica. Construye paredes con Oribe Peralta y después muta. Toda aquella autoritaria fuerza en sus ciclónicos arranques se volvieron seda, cuando levantó la cara y construyó un puente aéreo con Cecilio. El refuerzo azulcrema se lanzó de palomita en la frontera del segundo poste y movió la red. Fue un estreno de ’10’.

Pero el Veracruz no fue más en la pizarra, pero nunca fue menos en la cancha, con el ‘Chuletita’ y una chilena inesperada que agitó los electrocardiogramas o con el  ‘Pollo’ Briseño y un  cabezazo que murió en la madera derecha o con un Ángel Reyna y su renovado estado de gracia, que sabe cuándo acelerar con vértigo y cómo frenar en seco. Los Tiburones juegan al futbol como equipo para no morir como individuales.

El América juega por inercia, pero no con fluencia. Si su funcionamiento fuera la energía, los chacras en que cree ciegamente Ricardo La Volpe, estarían, en consecuencia, desalineado. Las Águilas son consistentemente intermitentes. Ganan su primer partido del torneo más por necesidad que por gusto. 

Las Águilas tienen prisa de triunfo. Siempre. Ayer. Mañana. Hoy. Y consiguen uno muy ansiado en fondo y muy esperado, aún, en forma.

Melitón fue un muro en tiempos de desfronterizaciones. Oribe, una brújula de anotación descalibrada; Darwin Quintero, un futbolista suficientemente útil para  generación de peligro y permanentemente estéril en el tino. 

El América vs. Veracruz no fue otra cosa que el juego del renacer de la esperanza. Los Tiburones pierden ganando, comandados por Reyna y sueñan con la permanencia; las Águilas con la certeza. Lo sabe Cecilio. Algún día lo sabrá su hijo Thiago.