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Americanismo, el sentimiento más grande

Columna Carlos Ponce de Léon 12/010/16

Es tan sencillo reconocer al americanista: “¿Cómo que a cuál le voy?”, responde echando la cabeza hacia atrás, ligeramente inclinada, entrecerrando los ojos sin dejar de verte, hombros para arriba, brazos apenas levantados con las palmas al cielo, como esperando una iluminación divina. La soberbia lo delata. Continuar la respuesta es inútil. Ya la sabes. Pero remata: “¿Qué hay otro? Al más grande”, dispara a quemarropa. Ineludible.

Tienes de dos: se te revuelve el estómago y lo transformas en burla o insulto, o se te hincha el pecho en complicidad, junto a una sonrisa y un abrazo. Lo que es un hecho es que te provocará algo. A menos que nunca hayas pateado un balón. O que no seas mexicano. Si lo eres, sólo serías inmune si has estado incomunicado toda tu vida, habitando en una cueva.

Eso provoca el americanismo. Todo. Es único. No hay sensación parecida reservada para un equipo, el sentimiento más grande en nuestro futbol. Para nadie más. Y para todos. Es un inmortal efecto creado por las Águilas.

No lo sueñes Cruz Azul, perdiste la mejor oportunidad para  desarrollar una pasión similar, te estás diluyendo.

Pumas, tú tienes otras virtudes, tan distintas, nunca como la soberbia de tu gran rival.

Chivas, puedes combatirlo desde el polo opuesto. Por décadas fuiste el mandón en títulos, pero hoy estás debajo, y con mucho dolor, como es siempre que extiende las alas el Ave de las Tempestades. 

Las Águilas son origen y final de la pasión futbolera más intensa en México. Eso es América.

También es mi papá, al que le llamo ‘villamelón de esencia’, pero que se engrandece cuando ganan los de Coapa, subido en el tren del triunfalismo como tantos que aspiran a tocar el cielo. Y que lo logran. 

Son mis primos de 10 y 12 llorando de emoción en el Estadio Azteca tras el gol del Misionero. Son mis lágrimas de emoción al sentir cómo retumbaba ese día el Coloso de Santa Úrsula con sus tonos amarillos. Y yo atlantista.

Es mi mujer que cree irle a Pumas como su padre, pero que se emociona cuando anota Oribe, hasta le canta, y se proyecta al decirme: “Ya no te hagas, eres un americanista de clóset”. Son Fito, Moi, Erik, Ayuso, Pitus y el insistente Ro, que no se cansan de debatir en WhatsApp quién debe ser el técnico de las Águilas y aniquilan en el grupo a todo aquel que no comulga con el Ave.

Es mi socio, Cris, rompiendo la televisión de un golpe por el gol que cayó contra los amarillos en el minuto final. Tenía 14 años. Y es el abrazo de Poncho en la redacción tras los penaltis ante La Máquina.

Es mi fecha de cumpleaños, hoy, opacada no sólo por el descubrimiento del nuevo mundo en 1492, sino porque también coincide con el nacimiento del que sería el club más grande de este país.

Eres tú, águila o no, con esas sensaciones inevitables, de contraste, que te provoca este club, lo odies o lo ames. Es América, un sentimiento que hoy cumple un siglo. Felicidades a todos.