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Cero y van siete...

Ricos y pobres sufren por igual en el futbol mexicano. Lo más sencillo: echar al entrenador y buscar otro que aporte soluciones casi mágicas. El juego no funciona así. Sigue siendo un asunto que tiene que ver con planeación, trabajo, seriedad, idiosincrasia, metas y luego resultados.

El Monterrey, un equipo que invierte casi 90 millones de dólares en su nómina de futbolistas, decidió sacrificar el proyecto de Diego Alonso, quien se convirtió en el séptimo entrenador cesado del Apertura 2019. Los números tampoco funciona o son ley en el futbol: Alonso fue despedido de Rayados con un porcentaje de victorias de 56 por ciento. Claro, cargaba una nómina cercana a los 90 millones de dólares.

Pero la generalidad en el futbol mexicano indica que los clubes siguen pensando como se hacía 20 o 30 años. No se trabaja en un proyecto, cuidando las formas, el estilo, la historia y las tradiciones del club. No, hoy, la celeridad es fundamental. Hay que encontrar soluciones rápidas, aunque éstas sean transitorias o incluso vayan en detrimento de la filosofía del equipo.

Rayados tiene una cita en diciembre en el Mundial de Clubes, derecho que se ganó bajo la dirección de Alonso. Este rompimiento de proyecto le generará buscar ahora un entrenador que se aboque no sólo a salvar la temporada con la clasificación a la Liguilla, sino que también afronte con dignidad competitiva la cita de la FIFA.

Apenas unos días antes, otro quebrantamiento de un proceso ocurrió en Chivas y ese resultó peor aún, porque se dio a sólo horas del importante Clásico ante el América. El resultado fue, obviamente, el esperado tras la salida de Tomás Boy y la llegada de Luis Fernando Tena. ¿O qué suponía acaso la directiva de Chivas? ¿Un milagro futbolístico?

Lo que un aficionado de Chivas quisiera es que sus dirigentes se sentaran en una mesa y planearan a partir de un proyecto sustentable, a corto, mediano y largo plazo, y que fuese coherente con las necesidades de hoy la propia historia del club y no una decisión de patadas de ahogado que al final el día no termina por resolver nada.

Lo mismo ocurrió en Cruz Azul, un equipo que parece tenerlo todo —afición, historia, poder económico— y que también cuenta con un desorden absoluto a nivel directivo que no le permite encontrar el camino al título. Lo de Cruz Azul no es mala fortuna, no es una especie de maldición o falta de sangre caliente, como muchos aseguran. Lo de Cruz Azul y su sequía de títulos es el resultado directo del caos administrativo que ha tenido por años. Traen a Ricardo Peláez, en apariencia le dan las llaves de club para que él tome las decisiones importantes. Luego se las arrebatan y lo obligan a renunciar. Cruz Azul tiene 21 años sin un campeonato y si siguen así, puede llegar a 40 y no pasará nada.

Siete entrenadores en 12 fechas, de todos sabores, olores, precios y tamaños. La improvisación no respeta ningún nivel. Ocurre en el más desprotegido, el Veracruz, en el más poderoso —pasionalmente— Chivas, en el más pudiente —económicamente— Rayados y en el más necesitado, Cruz Azul.

Aquí lo que urgen son resultados, como en cualquier futbol y hasta actividad de la vida, pero el problema es que ellos esperan conseguirlo a través de la inspiración de un personaje. Esos tiempos no existen más o están desapareciendo del horizonte futbolístico mundial. Hoy, lo que un club, una empresa, requiere es una intención, un propósito y a partir de ahí, trabajo, tiempo, seriedad, disciplina, creencia.

Rayados cortó de tajo un proceso y Chivas supuso que con Tena serían capaces de competir más ante el América. Y Cruz Azul es una verdadero desmadre. La realidad es que el futbol no puede manejarse de esa forma. Los tiempos donde un entrenador tenía una varita mágica ya no existen o siempre fueron parte de nuestra imaginación. Irónicamente, los equipos más ganadores de la ultima época —Tigres y el América— son también los que presumen los proyectos más estables y serios. Por algo será, ¿no?