Copa amarga
Al despertar primero tapaba su rostro de la tenue luz que dramáticamente despedía la ventana, después su primer pensamiento era el siguiente trago; la boca seca, los labios partidos, la voz ronca, los ojos hundidos, el olor del cuarto y la transpiración constante lo hacían buscar lo que hubiera: media cerveza caliente estaba bien, el pico de la botella de whisky, también, o por qué no, la loción francesa para las grandes ocasiones o el alcohol de farmacia, ese que sirve para sanar varias heridas, menos las del corazón, el desencuentro, el estrés, la costumbre o la necesidad, porque el mínimo porcentaje de cloruro de benzalconio, que posee la botella de alcohol del 96, ahuyenta lo suficiente a las masas de su consumo, pero no a ellos, a los atrapados por las garras del alcoholismo. Como Tony, un tipo al que no le importaba nada y al que sólo le funcionaba seguir y seguir, sin detenerse, porque además todos lo hacían y a él siempre le gustó; sin embargo, su cuerpo lo hizo prisionero y durante mucho tiempo ni cuenta se dio.
“En pleno juego sólo pensaba en el final del partido, no me importaba el resultado, sólo quería que terminara, porque si perdíamos me ahogaría en alcohol, y si ganábamos hacía lo mismo celebrando”, cuenta en ‘Addicted’, libro donde relata su historia.
Él es Tony Adams, un chico del bravo noreste londinense que se transformó en futbolista profesional a los 17 y apenas meses después, tras sufrir una fractura por estrés en el pie derecho, se emborrachó por primera vez en la vida para querer disfrazar su amargura.
Central fuerte, bien ubicado, hablador, ordenador de ideas y fichas, tiempista engreído, un líder nato que con la lengua acumulaba enemigos y con las piernas los finiquitaba. Con apenas 21 años se transformó en el capitán más joven en la historia del Arsenal, sí del popular y poderoso Arsenal.
Su temperamento y arte para defender también lo ubicaron al poco tiempo con la cinta en el brazo protegiendo a Inglaterra. La vida le pintaba ideal hacia afuera, pero vivía un suplicio por dentro, maquillado como falso placer. Tony no veía la hora de reunirse y beber dentro de un futbol británico plenamente ligado al licor.
Por eso, literalmente, por su don de mando y potestad en el vestidor, institucionalizó: ‘El club de los martes’, que no era otra cosa que organizar fiestas y bacanales mientras las horas del futbol lo permitieran.
‘Tuesday Club’ se llamaba así porque los jugadores tenían libre el miércoles. Ray Parlour, futbolista del Arsenal en esa época, escribió en su autobiografía ‘The Romford Pelé’: “Los sábados después del juego, todos íbamos al pub hasta el amanecer, después los domingos en la tarde era el mejor momento de la semana para seguir tomando, éramos siete los que asistíamos y quien llegara tarde pagaba 50 libras de multa, lo hacíamos en un bar cercano al estadio. Además votábamos para saber la hora de salida, mínimo nos quedábamos hasta las siete de la noche; quien se fuera antes pagaba 200 libras, eran las reglas de Tony. Los lunes seguíamos con un par de copas en la noche y los martes después del entrenamiento, en caso de no tener juego a media semana, tirábamos la casa por la ventana hasta el miércoles en la tarde, ya que el jueves preparábamos en la práctica el partido del sábado. Si Tony decía: ‘Voy a salir, yo era el primero que saltaba detrás suyo como si fuera un cachorro tras su amo’”.
La regla del bar era inquebrantable, le contó Parlour a The Sun; sin embargo, un día Adams cambió el estatus: “Tony nos dijo: ‘Perdón, pero hoy me voy a las tres’, le respondimos: ‘No puedes hacer eso, es contra las reglas, tus reglas, no te puedes ir’; él siguió con voz ‘aguardientosa’, ‘me tengo que ir a las tres, punto, tengo cosas importantes qué hacer’”. El asunto es que a las tres pasó un auto por él y lo llevó al estudio de televisión donde era uno de los invitados por la FA, para sacar, junto a Terry Venables, los números del sorteo para el torneo de Copa que se transmite en todo el Reino Unido.
“Era increíble ver a Terry, impecable, y a Tony, maltrecho tratando de sacar una pelota, no podía ni atinar a meter la mano en el bombo, cuando lo logró, dijo; ‘Es el número 31’; todos se quedaron impávidos y es que no había 31, debieron corregirlo, comentando que era el 13. Nosotros nos reíamos en el pub, pero no podíamos creer que estuviera ahí alcoholizado. Lo peor es que después del sorteo, volvió al bar y nos dijo: ‘Ya regresé, no podía dejar solos a mis amigos’”, concluyó Parlour.
En 1990 fue condenado a cuatro meses de prisión por destrozar su auto contra una pared al manejar en estado de ebriedad (tenía cuatro veces más alcohol en la sangre que el permitido) y cuando la policía llegó revisaron que su historial acumulaba 27 multas por exceso de velocidad. Luego de 57 días en Chelmsford Prison, fue absuelto por buena conducta. Una noche por los efectos del trago, se cayó en las escaleras de su casa y tuvo que recibir 29 puntadas en la ceja izquierda. Duró cinco años casado, pero el infierno en casa entre la bebida de Tony y las drogas de su entonces esposa Jane, quebraron el matrimonio.
“Mi vida era un infierno, mis hijos tuvieron que irse a vivir con mi suegra. Yo no podía dejar de tomar. Incluso, jugué borracho, recuerdo que fue contra el Sheffield United, había bebido la noche anterior, desperté borracho y lo único que pensé fue que debía seguir tomando, en caso de no haberlo hecho quizá no jugaba”, relató para un reportaje de Canal Plus.
Fuera del vestuario nadie sabía que Tony era un adicto, sus actuaciones no bajaban de nivel y solía mantener el ánimo a tope y la personalidad intacta cuando la pelota rodaba, el asunto era cuando llegaba el silbatazo final, ahí la pistola volvía a cargarse para jugar ‘ruleta rusa’. Un mal día todo podía terminar.
“Mis miedos se escondían tras la botella; a principios de 1996 me lesioné la rodilla y no paré de tomar, empecé a darme cuenta que estaba perdido. Durante la Eurocopa pude aislarme de mi enfermedad, pero cuando acabó el torneo entré en depresión y tomé seis semanas consecutivas. Una tarde, con un vaso de Guinness en la mano, llegó el cantinero y me preguntó que cómo estaba y ahí me llegó un momento espiritual de desahogo y lucidez, me solté a llorar y le conté que no podía más”, siguió relatando su historia en Canal Plus.
Adams, hace rato había dejado el purgatorio y sus entrañas se rostizaban. Aceptó su mal y se acercó con discreción a Paul Merson, compañero de andanzas dentro y fuera del campo, quien ya estaba en tratamiento para combatir el alcoholismo.
Charlas grupales, clases de piano y las letras de Shakespeare le abrieron otra dimensión del mundo a un hombre que llevaba una docena de años tentando al destino en cada sorbo.
Arsene Wenger, recién llegado al club de Londres, le estiró la mano, cerró el bar del camerino gunner y reescribió la historia del equipo y en especial de su respetado capitán. Adams, bajo las órdenes del técnico francés, levantó dos ligas, dos copas y dos Community Shield, recuperando el brillo en su escudo, en su vida y alcanzando los 502 encuentros como jugador de su único cuadro y quizá gran amor.
“Firmaría un contrato con el Arsenal sin leerlo. Si quieren podría servir el té, si así me lo pidieran”.
Mariscal. Organizador. Cacique recio sin temor a los golpes ni a la consecuencia de los mismos. Un soldado que jamás sacudió su uniforme y siguió mirando al frente aunque la batalla fuera inalcanzable. Ídolo que se ganó a todo un pueblo y que mitificó una frase: “Juega por el nombre que está enfrente de tu camiseta y ellos después recordarán el nombre que está detrás”.
Tras el retiro fundó la Sporting Chance Clinic, para ayudar a deportistas adictos y da charlas por toda la isla: “Hoy trato de ayudar a muchas personas, incluso exdeportistas que han desperdiciado su vida por las adicciones, yo pude salvarme, aunque me hubiera gustado haberlo hecho 10 años antes de lo que lo hice”, así lo cuenta un tipo duro, de aquellos que jugaban al futbol incluso antes de que la flemática y millonaria Premier League llegara a Inglaterra.
Una persona que escondió tras sus copas deportivas de gloria, sus trágicos fantasmas camuflados en copas amargas de cebada, centeno, malta o trigo fermentados.
Alguien que rozó el cielo tan aspiracional de aquellos ‘mortales’ que pretenden ser futbolistas y que hoy cuando se planta en público, sin titubeos, habla fuerte, claro, de manera precisa y se presenta así: “Hola, soy Tony y soy alcohólico”.