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Crónica de un adiós anunciado

Columna franco del fut: crónica de un adiós anunciado

El América fue una sombra tenue multiplicada en la opacidad de su recuerdo. Del del fin de semana anterior, cargado de remontadas bíblicas, y del de sus héroes inmortalizados por el centenario, ante un León que, pese a su grisáceo inicio, no ha tenido fuerzas para rendirse y que fue coreado con "oles" por la afición americanista.

El "¡Fuera Ambriz!" es todo menos casualidad. Los seguidores de las Águilas conservan el deber de la memoria y han entendido que las protestas, que en un inicio pudieron ser observadas como un capricho, hoy han adquirido contornos de exigencia, fundamentada en la irregularidad que viste de azul y crema.

El León maximizó esa coyuntura cuando Mauro Boselli confirmó que las escalas a veces no son necesarias y que los goles no saben ni quieren saber de  transiciones. Por eso, desde su condición de delantero con prisa, besó a la pelota con el empeine sin el aviso del conquistador. Fue un gol robado. Un suspiro hecho anotación.  

Boselli nos engañó a todos. Se paseó todo el partido con el porte de un delantero rústicamente pulverizador, para después cambiar balones de cuero por pétalos de rosa.

Cuando picó sutilmente la pelota, ante la salida absorta de Moisés Muñoz, después de una impresentable marca de Paolo Goltz, el artillero argentino nos enseñó que ésta había sido cosida con hilos con seda. Otro gol. Otro modo de entender al futbol. Esta vez desde la inteligencia pacientemente efectiva.

Si se esperaba que la memoria de Carlos Reinoso le diera pases al presente, asociado con la tersa picardía de Antonio Carlos Santos, recargado en los centros teledirigidos de Pável Pardo, apoyado en los escudos contenedores de Germán Villa, auxiliado por la pericia de Daniel Brailovsky, arropado en la combatividad de Eduardo Bacas y en la supersónica velocidad de Kalusha, eso no sucedió. El pasado ya había hecho su trabajo.

Los mediocampistas homenajeados por motivo del Centenario no jugaron. Y en esa improbabilidad, el América no fue legendario en su presente. Mucho menos recordado por tan pálida puesta en escena, ante los Esmeraldas.

El Estadio Azteca tiene voz. La alza con inconformidades, en forma de silbidos, de aficionados que no fueron conquistados, aunque entraron gratis. Cada vez que el América juega en su terruño, Santa Úrsula no se llena. Cada ocasión que rueda la pelota por aquellos lares, el recuerdo de lo que había sido pesa 100 veces más.

El cristal de aumento con el que se mira a las Águilas, potencia y desnuda su inconstancia. No se están ganando partidos de 90 minutos. En su aniversario se están perdiendo los que tardarán 100 en años en olvidar...