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Dinero, el nombre del juego...

Columna David Faitelson 23-12-2016

Con el paso del tiempo, con la repercusión de las decisiones, con lo que ocurría aquí y en el resto del mundo, hemos terminado por desaparecer un viejo ‘principio’ del que tanto se vanagloriaba el futbol mexicano: cualquiera puede ser campeón en nuestra Liga.

Mentira. Ese ‘cualquiera’ ha desaparecido para dar paso a nóminas millonarias, clubes cimentados y apoyados en grandes empresas y cada día menos la competitividad romántica que permitía algunos ‘cuentos  de cenicientas’  o ‘milagros inesperados’ de la naturaleza futbolística.

Hoy, eso se está transformando en un vago recuerdo.

Cuando el balón comenzó a rodar anoche, en la gran Final del Apertura 2016 de la Liga MX, había más de 100 millones de dólares desparramados sobre la cancha del Estadio Azteca.

El valor de Tigres y de América rompió todos los registros anteriores en cuanto a cotizaciones de planteles y también, de paso, podrían haber señalado la dirección hacia los nuevos tiempos a donde se dirige el futbol de clubes en nuestro país.

El futbol mexicano que se vanagloriaba de su equilibrio, de su repartición equitativa de ‘la riqueza’, hecho que sin duda lo marcaba y lo hacía distinto a otras Ligas en el mundo, está por desaparecer y parecerse más a los esquemas ‘modernos’ de nuestros días: el que más tiene, es también el que tiene más posibilidades de ganar.

Los equipos de Monterrey (Tigres y Rayados), con grandes inversiones, el América, las Chivas, el Cruz Azul (fenómeno inexplicable) y otros como Pachuca, León, Santos, Querétaro, Morelia, Atlas o Tijuana, que no son de ninguna manera ‘clubes pobres’ y son impulsados por grandes intereses comerciales y económicos.

La nuestra, la Liga MX, se ha convertido en una Liga donde predominan los grandes capitales.

Es obvio que a ninguno de ellos les gusta perder dinero.

Algunos invierten más, otros menos, siempre  de acuerdo con lo que quieren arriesgar.

Ganar trofeos en el futbol mexicano dependerá, de ahora en adelante, de qué tan intrépidos e inteligentes sean esos clubes ‘ricos tradicionales’ o ‘nuevos ricos’.

Esa riqueza puede crear desproporciones y un abismo poderoso entre el grupo de los ricos y más desprotegidos.

Está claro que no cualquiera aspira a ser campeón en la Liga MX y que el dinero no es suficiente para tomar las mejores decisiones que luego se manifiestan en la cancha.

Hay que tener capital y la suficiente inteligencia futbolística para alcanzar el éxito.

La final de la que somos testigos hoy refleja la gran dupla que han conformado el ingeniero Rodríguez y Ricardo Ferretti.

Las contrataciones, la elección de los futbolistas y el trabajo de ambos han propiciado la escalada de Tigres a los máximos niveles competitivos del futbol mexicano.

Tigres gasta, y gasta mucho, pero cada centavo de su inversión se ve reflejado en un equipo que siempre tiene la intención y la capacidad de ser campeón.

En el América pasa algo similar, amparado, claro, en la gran historia que tiene el club. Ricardo Peláez tiene y merece todo el crédito.

Nos guste o no su estilo, ha puesto al América en el nivel de los días de Cañedo, de Panchito Hernández y de Diez Barroso.

Con sus altas con sus bajas, con su polémica, con la gran presión que conlleva el nombre del equipo, y aun con la dificultad de una empresa tan grande y tan caprichosa como la que está detrás del club, Peláez se las ha arreglado para que el América esté en el sitio que legendariamente le corresponde.

No cualquiera puede ser campeón en México.

Se acabaron esos tiempos, y sin embargo, habrá que aceptar que se han sumado más competidores, algunos de ellos ricos, poderosos representantes de grandes capitales e intereses.