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Diosa

Los gases lacrimógenos lanzados por la policía abordaron el puente Edmund Pettus, de Selma, Alabama, llenando de penuria y violencia la escena mientras medio millar de personas afroamericanas buscaban caminar de manera pacífica rumbo a Montgomery, la capital estatal, bajo la premisa de protestar y exigir el derecho al voto para la gente de raza negra en Estados Unidos, derecho que tenían legalmente adquirido desde cien años atrás, pero que la mayoría de raza blanca jamás permitió ejercieran. 

La represión de la autoridad fue brutal; aquel domingo 7 de marzo del 65 quedó marcado para la posteridad como ‘Bloody Sunday’, y las imágenes traspasaron fronteras, dejando contra las cuerdas al presidente Lyndon Johnson y provocando que el Dr. Martín Luther King encabezara dos marchas más; la última de éstas custodiados por agentes federales, logrando el objetivo de conseguir la igualdad de sufragio para los habitantes de ese país.

El simbolismo de Selma en la historia de los derechos civiles estadounidenses es rotundo, ahí se celebró también hace más de 150 años una batalla determinante dentro de la Guerra de Secesión, misma que generó entre otras reformas, la Decimotercera Enmienda de la Constitución, la cual prohibía la esclavitud.  

Fue justo en esa pequeña ciudad del sur que a Bill, piloto de combate, la profesión militar lo llevó junto con Stephanie, bailarina de ballet, y sus hijas a vivir. 

Siete años después del ‘Bloody Sunday’ nacería en ese lugar de revolución y arrojo la pequeña Mariel, apodada por sus padres como Mia. Ella tenía una malformación en los pies que con tratamiento desde temprana edad se pudo corregir. Apenas a los 12 meses abandonó Selma y viajó con toda la familia rumbo a Italia, ya que su padre debía laborar en la Base Militar Darby Camp, incrustada en La Toscana. 

Sus primeros cumpleaños los vivió en Florencia, mezclando el inglés con el italiano. Allá se le cruzó un balón de futbol y, como sus hermanas mayores ya pateaban la pelota, fue seducida de inmediato. 

“Recuerdo que cuando tenía cuatro años la llevé al salón de danza y al finalizar la clase salió llorando diciéndome que ella quería jugar futbol”, recordó su madre en un reportaje de Gatorade.

Pero fue a los cinco años cuando aquel romance con el esférico se transformó definitivamente en una obsesión. A la familia Hamm la milicia los regresaba a su nación y la diminuta población de Wichita Falls, en la profundidad de Texas, sería su nuevo hogar. Además, el clan crecería con la adopción de Garrett, un niño huérfano de ocho años de origen tailandés, quien de inmediato se transformó en el héroe y la referencia absoluta de Mia. “Mi padre era árbitro de futbol, mientras que mis dos hermanas mayores y Garrett practicaban el deporte, por eso me decidí seguir su ejemplo y todos los sábados pasaba gran parte del día jugando con la pelota”, relató para ESPN. 

Los consejos de su hermano eran todo para ella, la conexión sentimental la fortalecía y trataba de copiarle todos los movimientos dentro de la cancha. 

A finales de los setenta, jugar al balompié siendo mujer y en un rincón de Texas, era algo verdaderamente complejo de entender en la tierra del ovoide, los bates y las canastas, pero no para Mia, quien ante las escasez de competencia femenina, decidió practicar con los niños. 

Era escurridiza y aunque resintió el rigor físico durante un tiempo, pudo generar una fortaleza inusual para una chica y así expandió su agilidad mental escapando con velocidad y técnica a los roces violentos que sus sonrojados rivales le lanzaban con impotencia. 

Fue entrados los 14 años, cuando se mudaron a Virginia, que dejó de practicar con varones y se enroló en equipos femeniles. Su fama de crack y su inverosímil antecedente de jugar contra niños hicieron que a los 15 años fuera convocada a la selección nacional de Estados Unidos, siendo la más joven de la historia en lograr semejante hecho. 

“Vivía en Texas, jugué con niños, eso me hizo luchar por pertenecer, por ser incluida y por parecer alguien normal, por eso cuando me llamaron a la selección y estuve con esas chicas de todo el país que eran igual de competitivas y apasionadas de este juego, fue muy lindo para mí”.

La emblemática Michelle Akers encontró en ella una heredera, una coautora y sobre todo una conexión futbolística para construir gloria.

Con el correr del tiempo sus dotes de distinta, más esa mentalidad ultracompetitiva y ganadora, hicieron que el programa más importante de futbol colegial de Estados Unidos le otorgara una beca. Jugaría para North Carolina, la universidad que mitificó deportivamente Michael Jordan. 

Ahí, Mia adquirió otro nivel y demostró que su calidad no tenía límite alguno. Rompió todos los récords establecidos y comenzó a ser la diferencia en el seleccionado nacional. 

“Desde chica le dije a mi madre que yo quería jugar por mi país y ganar una medalla olímpica, ése era mi sueño”. 

Para Atlanta 96, la gente volteó a ver a un cuadro arrasador dentro del deporte más antiestadounidense de todos. Ganaron con autoridad la medalla de oro y Mia se convirtió en una estrella. Su hermano Garrett, muy enfermo, pudo compartir junto con toda la familia aquel logro. Sin embargo, poco tiempo después, perdería la vida por un problema en la médula ósea. Aquel doloroso momento cambió para siempre el día a día de Mia y despertó en ella el espíritu altruista que sus padres le inculcaron desde muy pequeña.

Por ellos creó una fundación para obtener recursos hacia gente que necesite trasplantes de médula ósea. 

“Mi hermano fue mi inspiración, yo quise ser lo que él era y ahora sé que él sabrá estar conmigo disfrutando de todo lo que pueda lograr”. 

Para el Mundial 99, Hamm no era la más fuerte, ni la más hábil ni la más rápida; sin embargo, aglomeraba todas las bondades en un alto porcentaje y por ello la hacían de lejos la mejor futbolista del mundo. Su selección era capaz de llenar estadios de 90 mil personas y las niñas gritaban enloquecidas pidiendo por ella. 

Transformó el mercado, iluminó la mente de millones de chicas, masificó este deporte entre la juventud de su país y se convirtió en una rockstar, en icono aspiracional, incluso para los futbolistas varones en varias partes del orbe.

Es un referente de la cultura de triunfo, se sentó en la mesa de los grandes símbolos del deporte, combatió la misógina visión del futbol; es una de las personas con más portadas en Sports Illustrated. Nike creó el modelo Mia Hamm y el edificio más grande de su corporativo en Oregon lleva el nombre de la número nueve. Hizo comerciales con Michael Jordan. Mattel se inspiró en ella para hacer una Barbie futbolista.

Ganó dos medallas doradas y una de plata. Bicampeona del mundo y dos veces subcampeona. Máxima anotadora y asistidora en la historia de su selección. 

“Siempre que me paré en un campo de futbol quería y me preparaba para ser un factor de triunfo. Este juego me enseñó amistad, trabajo duro, sacrificio, compasión, dignidad, amor, respeto y perseverancia”. 

Siendo la mejor nunca dejó de pensar en el equipo, incluso en los momentos de incertidumbre jamás tuvo empacho en recargarse anímicamente en los hombros de sus compañeras.

“Nunca dije que sería la mejor futbolista del mundo, pero en realidad con el tiempo varias veces lo pensé, aunque también había días en los que no podía ni siquiera amarrarme los zapatos”, se sincera.

Forma parte del Salón de la Fama y en cada reconocimiento jamás se olvida de agradecer a su familia, sus compañeras, entrenadores y de enviarle un mensaje específicamente a sus hijas.

“Para motivarlas e inspirarlas les digo: si ustedes no participan, jamás tendrán la oportunidad de ganar, pero si participan, tendrán esa chance y al final eso es lo que todos quieren”.

Mia Hamm, musa del balón que ganó todo desde la humildad de sus valores adquiridos. Una chica que nació en un sitio revolucionario y que por sus venas corrió la misma sangre innovadora y agitada, capaz de sublevarse a lo establecido y los tabúes. 

Un cúmulo de bondades técnicas y espirituales dentro del campo con una excitante dualidad de exigencia y consistencia. Mia no sólo fue la mejor de su generación, ha sido la mejor de la historia no sólo por juego, sino por alma; con todo lo que eso representa, significa, alcanza y rebasa.