Dioses del Olimpo
La regla parece muy sencilla: en un año olímpico, el mejor deportista del mundo debe ser un atleta olímpico y esta vez no hay confusiones porque hemos tenido frente a nosotros a dos personajes que rebasaron las condiciones normales de un deportista para transformarse en leyendas que serán recordadas de generación en generación.
Nombres y grandes momentos le sobraron al año que se extingue. Figuras indiscutibles como Cristiano Ronaldo, LeBron James, Stephen Curry, Kris Bryant o Peyton Manning, pero indiscutiblemente, el deporte se paralizó en la obra que entregaron Michael Phelps y Usain Bolt durante dos semanas espectaculares en Río de Janeiro.
Desde la piscina del complejo de Barra de Tijuca…
Y hasta la pista azul del estadio Nilton Santos en el barrio del Engenhao…
Brazada a brazada…
Zancada a zancada…
La historia olímpica del 2016 se ha escrito sobre la actuación de dos de los atletas más impresionantes que la historia del deporte y de la humanidad haya conocido jamás.
Un nadador en cuyo cuello colgaban demasiadas medallas para ser un simple gran nadador. Un atleta que superó los estilos y los moldes de la supremacía, que corrió hacia la inmortalidad mientras se reía de todos nosotros.
Expectación, alegría, intensidad, emoción, lágrimas, las fibras más sensibles de la historia olímpica se han sacudido con fuerza en el verano brasileño.
Bolt llegó a nueve medallas de oro en su historial olímpico, una hazaña impresionante sobre la pista olímpica, superando a otros legendarios atletas como Carl Lewis, Paavo Nurmi, Jesse Owens y Emil Zatopek. Phelps, por su parte, regresó del retiro para ganar cinco medallas más, cuatro de ellas de oro, para alcanzar la mágica y a la vez insultante cifra de 28 medallas olímpicas, de las cuales 23 son áureas.
¿Cuántas naciones en el mundo quisieran esa cifra de preseas?
La decisión ahora es muy fácil y también muy compleja: ¿Cuál de los dos, Bolt o Phelps, es el atleta del año 2016?
Busquemos, hurguemos por algunas razones, motivos...
Usain Bolt corrió nuevamente derrochando alegría y satisfacción en lo que hacía. Él parecía divertirse sobre la pista azul del estadio del barrio de Engenhao. Volvió a tener una comunicación perfecta con los miles que lo vitoreaban en la tribuna y los millones que lo atesoraban por la televisión y las redes sociales. Un sonriente atleta de una pequeña isla del Caribe, con algunos ritmos de Bob Marley y la humildad a flor de piel batiendo marcas y tiempos. Dentro de cuarenta, cincuenta o cien años, los niños seguirán hablando de él como un hombre que se divertía haciendo su trabajo mientras otros sufrían detrás de él. Un fenómeno de la velocidad, de la distancia y del tiempo.
Lo de Michael Phelps luce, realmente, apoteósico, más aún cuando su carrera y su motivación parecían finiquitadas. A los 31 años de edad fue capaz de encontrar otra vez una versión impresionantemente competitiva en la piscina del Centro Acuático de Barra de Tijuca. Brazada a brazada, suspiro a suspiro, Phelps demostró que él era capaz de controlar cualquier tipo de tiempo, incluso el de sus propias células y neuronas que para la mayor parte de los expertos habían entrado en un paraje normal de decadencia. Lo suyo volvió a ser espectacular, inmaculado, casi mágico. A Phelps le sobran legados: será recordado como un atleta que rompió las barreras de lo posible y lo imposible y que cristalizó sueños a través de la piscina. Será difícil, por no decir imposible, atestiguar a otro nadador de sus alcances.
El mágico verano de Río…
De sus playas...
De sus cariocas alegres…
De su geografía caprichosa...
De sus grandes contrastes…
De su Cristo Redentor del Corcovado…
El mágico verano de Río encontró a dos semidioses vestidos de atletas…