El América se hundió en la prepotencia
A veces la realidad se distorsiona. El fracaso de un equipo se manifiesta en la cancha, pero se genera lejos de ella, entre traiciones, mentiras, envidias, golpes bajos y prepotencia.
Sea como sea, el fracaso del América no tiene nombre. Terminó el torneo sin Peláez, sin La Volpe, sin futbol, sin estilo, sin alma, sin espíritu y sin nada. Falló, además, a uno de los grandes preceptos o mandatos del americanismo: jugar las Liguillas.
Y todo ocurrió a partir del desorden interno, de la lucha de intereses y del deseo de amasar poder. ¿Cuántas historias de empresas exitosas concluyen de la misma forma en que lo hizo el todavía subcampeón del futbol mexicano?
No hay pretexto que valga: para un equipo de las condiciones e historia del América, y más allá de las lesiones, del precipitado inicio del campeonato tras jugar la Final, de las suspensiones por indisciplina, de la baja de juego de algunos elementos, no llamarle fracaso a esto es inevitable.
Si bien los partidos los ganan y los pierden los futbolistas en la cancha, la debacle americanista comenzó en las oficinas, justo cuando José Romano, el presidente operativo, y Ricardo Peláez, el presidente deportivo, empezaron a tomar decisiones que no tenían nada que ver con la unidad y la coherencia que requiere una organización de futbol.
A La Volpe lo dejaron mutilado tras la caída en la Final del 25 de diciembre en San Nicolás. Un equipo mal armado y mal estructurado que navegó por los mediocres niveles de competencia del torneo mexicano.
Cuando parecía que le alcanzaba para, al menos, ‘salvar’ la participación en la Liguilla, el América volvió a las miserias de su futbol y no había nada ni a simple vista ni de fondo o de trasfondo.
El América no tenía el equipo de futbol para poder meterse a la lucha por el campeonato. Vivía de sus ‘rentas’, de un equipo echado hacia atrás, alejado de su estilo tradicional, con jugadores de oficio y un entrenador experimentado que trataba de mantenerlo a flote, aunque él -La Volpe- sabía, mejor que nadie, que el barco se hundía sin remedio.
El América se volvió un equipo del ‘casi’: casi fue campeón, casi compitió ante el Real Madrid, casi clasificó a la Liguilla. Pero el ‘casi’ no basta en un equipo que más allá de sus bajas y subidas de juego, requiere siempre competir por el título.
El América se mete ahora a una delicada reestructuración. Está buscando un director deportivo que llene ‘las botas’ de Peláez, lo cual es un reto difícil -por no llamarle- imposible de conseguir.
Necesita, también, un entrenador. Tiene ya apalabrado a Miguel Herrera. Si nada extraño ocurre, el hoy entrenador de Xolos volverá a Coapa en el incipiente verano.
El América intenta, con ello, recuperar la fórmula ganadora que tuvo en la última época. El problema es que estará incompleta. Peláez, evidentemente, ejercía un control sobre El Piojo. Sin él, nadie sabe quién le pondrá límites a Herrera para sostener la calma en el vestidor, en la cancha y en el siempre enmarañado entorno americanista.
No hay forma de tapar el estrepitoso fracaso del América. Y lo peor de todo es que aunque ocurrió en la cancha, en realidad se gestó desde una oficina, a partir de la lucha por el poder, los golpes bajos, los intereses particulares, las traiciones, las envidias, las dobles caras, las mentiras y, sobre todo, la prepotencia.