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El cuarto león

Columna Christian Martinoli 13/10/16

Los pequeños montes de nieve bordeaban la pista de mil 900 metros de largo; era una tarde más de febrero en Munich, con viento y cielo aplomado. Sobre una de las puntas del carril de concreto estaba el vuelo 609 de la British European Airways, un charter contratado específicamente por el club Manchester United para viajar entre Belgrado y Manchester, con la atenuante de que la ruta no se cubriría de manera completa, ya que era necesaria una escala en Alemania Federal para recargar combustible. Y helos ahí, esperando el permiso de la torre de control para salir rumbo a casa.

La nave, un Airspeed Ambassador, que en la cultura popular aeronáutica se le conocía coloquialmente como ‘Elizabethan’, un armatoste bimotor de lujo pilotado por dos condecorados oficiales de la Real Fuerza Aérea Británica, el primer oficial Kenneth Rayment y el capitán James Thain.

Se les había contratado para que llevaran a los jugadores del club inglés lo más pronto posible de regreso a su país, luego del triunfo a media semana que consiguieron en Yugoslavia contra el Estrella Roja dentro de la Copa de Europa, ya que necesitaban estar 24 horas antes del encuentro de Liga frente al Wolverhampton, o la Football Association, regidora del juego, que dicho sea de paso, les había negado el permiso de retrasar el citado encuentro para el domingo, les quitaría los puntos del partido ante los Wolves. 

En 1958, a los jugadores del United se les conocía como los ‘Busby Babes’, debido a su juventud y al sublime desempeño que tenían bajo el mando del jefe Matt Busby; eran bicampeones de Inglaterra con un promedio de edad en el plantel de 22 años. 

Entre ellos estaba Bobby Charlton, hijo de un minero y sobrino de cuatro exfutbolistas. Un escuálido mediocampista ofensivo de extremada inteligencia, con gran capacidad técnica, de fácil regate y una pasmosa virtud para pegarle de media distancia al balón; también era un chamaco aprendiz de electricista a la fuerza, porque su madre no confiaba en que la pelota le ayudara para vivir.

Charlton jugaba con la nueve y tenía plena libertad para empezar la conducción de pelota atrás de mediocampo, cargarse a un lado, esperar los rebotes afuera del área, cerrar jugadas en los últimos 15 metros de la cancha o aparecer como media punta, su posición favorita. Básicamente era un adelantado a su época, porque construía, ideaba y también terminaba las jugadas. Un ‘todocampista’ con vicios de delantero centro de aquellos. 

Bobby, junto a 37 pasajeros más y seis elementos de la tripulación estaban listos para salir de Munich. El peculiar posicionamiento de los asientos del ‘Elizabethan’ provocaba que la mitad de la gente fuera viendo de frente a la punta del avión y la otra a la cola. 

Cuando arrancó el BA609, a mitad de la pista los pilotos sintieron un sobrecalentamiento del motor y decidieron abortar el despegue derrapando ligeramente sobre el pavimento cubierto por una capa de aguanieve. 

Mientras acomodaban de nueva cuenta el aparato y anunciaban que se realizaría un segundo intento, las risas de los 21 jugadores, los 11 periodistas y el resto de las personas a bordo comenzaban a desaparecer. 

Pasadas las tres de la tarde el avión arrancó de nuevo su intento de salir rumbo a la Gran Bretaña. Sin embargo, la historia se repitió, el motor se calentó de más, disminuyó la velocidad de la aeronave y era imposible que levantara vuelo, por lo que volvieron a derrapar, pero ahora de manera más violenta. El capitán Thain, advirtió problemas técnicos y pidió que regresaran a la terminal. 

La tensión venía en aumento y mientras algunos se miraban entre sí con cara de inseguridad y temor, la junta directiva presente y el entrenador Busby sabían que la situación no era normal, pero necesitaban volver a la isla para poder cumplir con los reglamentos de competencia establecidos por la FA. 

Apenas habían abandonado el Airspeed Ambassador, cuando las bocinas indicaban que todo estaba resuelto y debían regresar. 

Un ingeniero había ido con los pilotos y les explicó que ese modelo de avión solía sufrir sobreaceleración en las ciudades con altitud y Munich era una de ésas, les aconsejó bajar la velocidad sobre la marcha, recorrer más pista e ir acelerando poco a poco. 

La angustia se había apoderado de la cabina principal, Bobby, como tantos otros, quería cambiar de asiento para ir atrás, un lugar ‘más seguro’, le decían sus compañeros. Cuando estaba a punto se hacerlo, la sobrecargo le advirtió que ya no era posible porque ya se estaba moviendo el avión con dirección a la pista por tercera ocasión. 

El BA609 arrancó, los pilotos siguieron las instrucciones del ingeniero en tierra, fueron de a poco soltando el velocímetro, pero después de media pista y sin retorno posible, como en las otras oportunidades, levantar el vuelo, pero no funcionó, siguieron de largo devastando las luces, las rejas de protección y una casa abandonada a 300 metros del final de la pista.  

El fuselaje quedó destrozado y entre el humo, el fuego, la nieve y la desolación, Bobby salió disparado amarrado junto a su asiento, 20 metros alejado del resto del avión. Inconsciente, con algunos raspones, no supo más, hasta una hora después. 

“Fue una pesadilla, al llegar al hospital, empecé a ver a mi alrededor lo que había pasado y enloquecí; era un chico que había ido a jugar un partido de futbol y de pronto estaba enfrente de heridos y muertos, de mis amigos muertos; tuvieron que sedarme”, relató para un documental en su honor realizado por la BBC.

Veintitrés personas murieron, entre ellas ocho jugadores. El United había perdido a la mitad de su plantel porque además dos de los sobrevivientes nunca más pudieron jugar por las lesiones sufridas. Bobby pensó en no volver a pisar una cancha porque la mente se lo empezó a recitar. 

“Todos los que viajamos sentados de frente a la punta del avión nos salvamos, los demás perdieron la vida”, recordó en The Guardian. 

Las autoridades alemanas responsabilizaron del accidente al capitán Thain, al decir que no revisó la acumulación de hielo sobre las alas y eso provocó que la aeronave no emprendiera vuelo; sin embargo, éste se defendió y años más tarde logró limpiar su nombre al demostrar que fueron los oficiales del aeropuerto de Munich los que dejaron que el avión intentara tres veces desencolar en una pista cubierta por una densa capa de aguanieve que evitaba la suficiente adherencia de las llantas para imprimirle velocidad de despegue al avión.  

“No suelo hablar mucho de eso, primero por respeto a los familiares de las víctimas y segundo por el enorme dolor que me provoca recordar aquella tarde de febrero”. 

La noticia llenó de tristeza al pueblo británico, más de la mitad de la gente que abordó el ‘Elizabethan’ no regresó a casa y el futbol había perdido al mejor equipo de Inglaterra y a uno de los cuadros más impactantes de Europa. 

La dirigencia del United, sin dinero, sin futbolistas y con el ánimo colapsado propuso cerrar las puertas del club de manera definitiva; sin embargo, fue el esfuerzo de Jimmy Murphy, auxiliar técnico de Busby, quien estuvo nueve semanas hospitalizado gambeteando a la muerte, el que siguió adelante probando jugadores nuevos, pidiendo prestado a otros clubes, elementos suplentes y convenciendo en especial a Charlton para que volviera a las canchas, a sanar su alma jugando a la pelota. Aquel equipo alcanzó la final de FA Cup que perdió contra el Bolton, no obstante, esa heroica presentación hizo que el proyecto de Los Red Devils se mantuviera con horizonte. 

“Busby siempre nos decía: ‘La gente trabaja duro y mucho en esta ciudad difícil y gris, lo que desean es que los sábados nosotros los entretengamos con un gran espectáculo’, y eso era lo que hacíamos, no sólo era ganar, era divertir y entregar un espectáculo digno”.

Charlton siguió su carrera y formó parte del mito del 66, el único equipo inglés que ha sido capaz de levantar la Copa Mundial, siendo protagonista pleno de aquella conquista y sacrificando por momentos incluso su postura estelar. 

“La orden que me dieron es que marcara a un joven Beckenbauer, si lo eliminábamos, ganaríamos; en verdad yo no estaba muy contento de estar en una final del mundo haciendo marcaje personal, porque no estaba acostumbrado, pero si con eso ganábamos sería feliz. 

Cuando obtuvimos el triunfo me abracé con mi hermano Jack, y le dije: ‘Nuestras vidas jamás serán iguales’”. 

Además, a nivel de clubes revolucionó el juego formando la histórica ‘Santísima Trinidad del United’ junto a George Best y Dennis Law. La estatua de ellos afuera de Old Trafford, simboliza su grandeza plasmada en 665 goles obtenidos por el mejor tridente que una cancha de balompié haya visto jamás.  

A una década de la tragedia de Munich, Bobby volvió a sentir la gloria levantando el título que no lo dejaba dormir y que un avión no le permitió compartir con sus amigos. 

“La obsesión era ganar la Copa de Europa. Y lo hicimos contra el Benfica de Eusebio. Ese día una parte de aquel título fue para los muchachos que perdimos diez años atrás en Munich, sentí una alegría inmensa, fue el mejor momento que pasé en un terreno de futbol”. 

Un Balón de Oro y dos más de plata adornan su alma de crack. Charlton, jugó 934 partidos profesionales marcando 328 goles. 758 encuentros fueron con la camiseta del ManU y 249 goles gritados en color rojo. Un tal Wayne Rooney, hace unos meses pudo quebrar la marca de 49 anotaciones que tenía Bobby como máximo goleador de la selección inglesa. La Reina Isabel II lo nombró Sir en 1994, aumentando los pisos de su leyenda.

Sir Bobby Charlton, un hombre amado por sus fans, respetado por Inglaterra entera y admirado en el mundo del futbol. Un señor que sigue caminando erguido, estoico y humilde por el campo que bautizó como ‘El Teatro de los Sueños’ y que asegura nunca dejó de sentirse futbolista. Un tocado que raspó la muerte para después readaptarse a la vida y romper todos los récords existentes. Un Sir, ganador pleno, símbolo emblemático en el Equipo de la Rosa. El cuarto león del escudo inglés, pero sobre todo, un hombre con suerte.