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El despertar del león

El despertar del león

Pasar por enfrente de un anaquel con golosinas y sólo saborearlos a la distancia, sin la posibilidad no de tomar uno, siquiera de pedirlo, es una de las crueldades que en su momento un niño puede ver como una injusticia o una situación devastadora y, por ende, digna del mayor de los berrinches. 

Pero no en la familia Almeyda, porque Oscar, el patriarca, mecánico de oficio, siempre fue claro con sus dos hijas Silvina y Carolina, y el varón Matías: “No me pidan ni un chicle que no traigo plata para comprar nada. El día que tenga les diré y se los compraré”. 

Reglas claras que bajaron siempre desde la cabeza de esta humilde familia de Azul, una ciudad incrustada rumbo a la pampa profunda, donde el folclore, la música regional y la “argentinidad” se viven a tope; por eso, quizá desde muy chico Matías, además de perseguir una pelota o boxear con tus tíos, bailaba malambo. Danza gauchesca temeraria, que se realiza enarbolando boleadoras mientras los saltos, giros y contorsiones de las extremidades atentan contra los ligamentos de cualquier mortal.  

“Todavía hoy me animo y le sigo dando, son cosas que no se olvidan, que me gustan y me hacen recordar de dónde vengo”, soltó para el programa Línea de tiempo.

El futbol a Matías le entró en automático como a la mayoría de los pibes argentinos, que primero sueñan, después anhelan con ser jugadores profesionales, si lo logran, entonces muchos serán considerados genios del balón, otros tantos que no lo hayan sido, dirán que lo son y aquella inmensidad que quedará fuera de la canasta del profesionalismo, no se ruborizará jamás para colocar algún pretexto que incluso roce lo increíble diciendo que dejaron el futbol a pesar de ser mejor que Maradona o Messi. Digamos, eso viene dentro del paquete del que nace entre La Quiaca y Tierra del Fuego. Y lo saben. 

Sin embargo, con Almeyda, todo pasaba por el esfuerzo, la humildad, la seriedad, el rigor físico y la mentalidad. “Mi papá y mi mamá siempre nos inculcaron la cultura del trabajo, nos decían que no había que robar, que en vez de robar hay que pedir. Que hay que ser limpio por dentro y por fuera, así debíamos transitar por la vida y así lo hice. Jugué al futbol como vivía, con humildad, sacrificio y fortaleza”, contó para C5N.

Unos zapatos para todo el año es lo que tenía, sin importar si eran para la gala de la escuela, la fiesta de cumpleaños, un evento familiar, ir al colegio o jugar con el balón, al final, éstos, aunque magullados, debían estar impolutos siempre.

Alumni Azuleño y Concreto Armado fueron los clubes locales donde desplazó su juego. Tardó dos pruebas en River Plate para ser aceptado; el asunto es que el club no se haría cargo de un chico de 15 años y si éste quería seguir en Buenos Aires, entonces debería buscar un techo.  

Matías lo encontró del otro lado de la ciudad, justo en La Boca. “Vivía en una pensión con 30 personas, sólo había un baño. Me tomaba el 60 (camión) que hacía de Barracas a Belgrano hora y media. Lloraba casi todas las noches. Imagínate, cuando vivía en Azul no me iba a dormir con mi abuelo porque extrañaba a mis papás, ahora con 30 extraños en la capital, lo que fue eso”, relató en charla con el periodista Matías Martin. 

Tres mudanzas más pasaron, por la “Ciudad de la Furia”, rezaba Cerati, hasta el día que debutó en Primera del Millonario a los 18 años. Una de ellas fue culminante cuando su hermana Carolina ya vivía con él, porque estaba estudiando la carrera y desde Azul llegó el mensaje que uno de los dos debía volver al pueblo, ya que no había dinero para solventar la vida de ambos en la urbe porteña. “Carolina me dijo que continuara yo. Sacrificó todo por mí y de eso no me olvido más; como tampoco de mi abuelo, mis tíos y hasta los vecinos de Azul que me enviaban cosas para que yo siguiera adelante con el sueño de ser futbolista”.

Matías se hizo respetar de inmediato dentro de un club que históricamente no acostumbraba a tener jugadores con sus características. La pierna fuerte y el alma desgarrada en Argentina visten de azul y amarillo, porque de rojiblanco el futbol pasaba por elementos de pipa y guante. 

Pero para la grada era la reencarnación de ‘Mostaza’ Merlo, de Américo Gallego, y al lado de Leonardo Astrada, crecería como futbolista. 

De River se fue como figura, tricampeón de Liga y campeón de la Libertadores, de la mano de una generación irrepetible, el volante central supo transmitir su jerarquía desde la recuperación de pelota y la gallardía de su entrega. 

Sevilla pagó más de nueve millones de dólares por su pase. “Fue una locura, por Crespo que fue el goleador del equipo, el Parma soltó cuatro. El asunto es que se abrió el mercado y el Real Madrid entró en pugna. Yo le di mi palabra al Sevilla y en River me decían: ‘Estás loco, ¿no te vas al Real Madrid?’. Al final fui a Sevilla, por ese dinero, esperaban un crack y llegué yo, no traje mis zapatos de futbol y en la presentación con 12 mil personas me prestaron unos de la utilería que eran dos números más grandes. No podía ni dominar la pelota. Al final reventé la bola a la tribuna y justo la puse en el segundo piso donde no había nadie. Un desastre”, se ríe. 

Al año se fue a Italia y ahí recuperó el romance de títulos a los que se acostumbró en Argentina. Con la Lazio, arrasó, dos Copas, una Liga, una Supercopa local, otra Europea y una Recopa del Viejo Continente. Parma y el Inter fueron sus siguientes pasos por la Península. “Fue una época linda, jugué con monstruos en todos los clubes, además pude estar en dos Mundiales con la selección”. 

No obstante, paradójica la imagen de caudillo dentro del terreno de juego siempre tuvo choques con la realidad de la vida fuera del rectángulo verde. “Me cansé de lo que rodea al futbol, los intereses, la hipocresía, las falsas amistades y con 30 años decidí dejar el juego”. 

Almeyda en plenitud, rechazó dos años más firmados con el Inter para volver a Argentina, asegurando estar cansado del desarraigo y de paso, prometiéndole a Moratti, hombre fuerte del Inter, que si un día pensaba volver a jugar nunca lo haría en un grande Italia. 

“Me fui al campo, invertí mi dinero en ese sector, busqué aprender todo de ese mundo, pero me di cuenta que no era lo mío, que los números no me daban y alquilé todo”. 

Para colmo hubo un intento de secuestro dirigido hacia sus padres y Matías optó por regresar a Italia. “Les llamé a los Brescia, les pregunté si seguían interesados, arreglamos de inmediato y me llevé a mi familia”. 

Su nueva aventura en el Calcio duró, siete partidos porque decidió renunciar tras dos veces tolerar que los integrantes del grupo más radical de la barra del club entraran al vestidor a recriminarle esfuerzo.

Cuando volvió a Argentina, pasó por Quilmes y por Fénix, cuadro de la cuarta categoría. Todo estaba terminado. Además la mente, esa que lo hacía parecer contra balas, lo comenzó a atormentar metiéndolo en una depresión profunda durante cinco años. “No quería nada. Sólo estar acostado. Mi esposa siempre estuvo allí, apoyándome y tratando de que activara”. 

La historia tocó fondo cuando su hija mayor Sofía, hizo un dibujo. “Ella venía distraída en el colegio y nos llamaron par que atendiéramos el asunto. Decidieron hacerle unas pruebas y en una le pidieron que dibujara a su familia. A sus hermanas las puso como unas princesas. A la mamá como a una reina y a mí como un león dormido, viejo, sin dientes ni pelo. Ahí me di cuenta que debía corregir esto porque mis hijas estaban siendo perjudicadas”, recordó para El Gráfico.

Terapias, reactivación paulatina de mente, gustos y motivaciones hicieron que Matías volviera de a poco. Cerró nexos, depuró amistades y encontró la felicidad al lado de su familia y del balón. 

El día que operaron del corazón a su sobrina Clarita, fue el paso final para levantar el vuelo. “El doctor se me acercó y me pidió un autógrafo, me habló de River. Una persona de edad. Yo no podía creer que yo fuera su ídolo cuando en realidad el importante era él, acaba de salvar a mi sobrina y me pedía un autógrafo a mí, cuando debía ser todo lo contrario, además llevaba miles de esas operaciones y apenas le pagaban 800 pesos. Y uno que patea la pelota es el importante, vaya hipocresía que hay en la vida”. 

Almeyda volvió cuando River ardía, su espíritu no fue suficiente para salvar lo impensado y aunque se fue besando el escudo frente a la gente de Boca, generando un ícono en la cultura riverplatense, descendió. Tragedia que vio atrás de la publicidad estática del Monumental por estar suspendido. “Fue un golpe duro, ese día dejaba el futbol para siempre, pero en la noche le hablé a Passarella para pedirle el equipo, yo haría todo lo posible para regresar a River al lugar que pertenece”. 

Matías sin experiencia en el banco, asumió la dirección del club de su vida en el año deportivo más dramático de la historia. Con el carácter de siempre y gracias al tridente Dominguez-Cavenaghi-Trezeguet, en 363 días regresaron a la escuadra de Núñez al primer mundo futbolístico argentino. Ese día su nombre se transformó en un mito millonario, siendo ahora junto a Marcelo Gallardo y Ariel Ortega, los últimos tres ídolos de la Banda roja. 

La dirección técnica lo hizo viajar a Banfield y encontrar un ascenso más en su trayectoria como jefe de grupo. Un gigante en problemas desde el norte del continente vio en él y sus antecedentes al hombre ideal para alivianar la soga que apretaba a Chivas. 

El día que lo presentaron no habló sólo de descenso, habló de protagonismo. “Vengo a ser campeón con Chivas”, lanzó. Una frase dura, pero demagógica para la mayoría, sabedores de la volatilidad de la dirigencia tapatía, que en cualquier momento utilizaría dicha frase en su contra. 

El argentino habló mucho con los jugadores, los convenció de volver a disfrutar del juego. Trabajó en busca de intensidad, velocidad y precisión en velocidad. Le dio estilo al Rebaño y acondicionó la mente de sus dirigidos para triunfar. 18 meses después, dos Copas y una Liga esquiva desde hace 11 años están en las vitrinas más pobladas del balompié azteca. 

“Yo como extranjero creo más en los mexicanos que muchos mexicanos”, frase que retumbó en todos los sectores del futbol nacional. Hombre que no grita, dialoga y aunque no es amigo de sus futbolistas, suele ser cercano a ellos para saber de sus vidas y problemas. 

“Me di cuenta que siendo entrenador de futbol soy feliz y desde ahí le transmito felicidad a toda mi familia. Al tratar de disfrutar lo que uno hace puede hablar con el corazón y ser sincero. Fui jugador y siempre me gustó que los técnicos me fueran de frente con la verdad, más allá de que me gustara o no lo que me dijeran. Así voy yo”, dijo en ESPN.

Idealiza su trayectoria de entrenador como la que tuvo dentro del campo. Primero River, después el extranjero y más tarde la Selección. El hecho es que hoy vive y disfruta de México la Liga MX.

“No estoy por el dinero, estoy por buscar éxito, por progresar, por crecer, por ser feliz, porque yo estoy en esto por felicidad. Cuando no fui feliz, lo dejé a los 30 años y me fui del Inter de Milán teniendo tres años de contrato, regalé dos años. No me importó vivo así”, recapituló para Vidas Apasionantes de TV Azteca. 

Tipo romántico, melancólico, añejado, directo. Alguien que como Bielsa, quiere más que dejar títulos, busca dejar enseñanzas de vida. Hombre de fe este Almeyda, que asegura todas las noches ora por su familia y también...”, rezo por la gente mala, para que deje de serlo un poco cada día”. Matías Almeyda, un entrenador que no se cansa en ver hacia atrás para poder ir hacia adelante con más fuerza. Un león que una tarde despertó y parece que lo hizo para nunca más dejar de ser el rey.