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El duelo de una lesión

Columna Vero Velázquez 19-08-16

No hay peor cosa para un runner que no poder correr. Y si usted se ha preparado y ha participado en alguna carrera de distancia larga, como medio maratón o maratón, es muy probable que ya haya vivido el duelo de tener que dejar de participar por estar lesionado. 

No pisar una pista por lesión, para quien está acostumbrado a entrenar de manera cotidiana, puede ser un proceso doloroso tanto en lo físico como en lo emocional. Incluso, puede haber un proceso de duelo, dado que el corredor siente que pierde algo que tenía y en algunos casos, no está seguro de poder recuperar.

Como en todo duelo, la primera reacción es la negación, la etapa donde se ignora la lesión. Quizá porque el dolor disminuye se cree que el problema no era tan grave, sino se provocó por cansancio o exceso de entrenamiento. 

Después sigue el enojo, el cuestionamiento, el ‘¿por qué me pasó esto justo a días de la competencia?’. La molestia nos confunde, nos hace pensar que la afección está arruinando todos los planes y pensar en entrenar de alguna otra forma nos irrita, aún más, pensando que no servirá de nada todo el trabajo hecho.

La siguiente etapa es la de negociación, donde intentamos llegar a un acuerdo con el doctor, con el fisioterapeuta o con el entrenador que nos sugirió dejar de correr. La ilusión es seguir practicando: ‘aunque sea un poco, aunque duela’. 

Al no lograr negociar a nuestro favor, viene la tristeza, la depresión. Las opciones para entrenar nadando o en bicicleta no son suficientemente motivantes. Llega la nostalgia al ver las fotos de medallas de todos los que sí están corriendo.

Y finalmente, la última etapa del duelo: la aceptación. Tras negar la lesión, sentir enojo, negociar y deprimirnos ante la derrota, toca aceptar lo que sí se puede hacer a pesar de estar lastimado. 

Las lesiones comunes entre runners generalmente no requieren que nos dejemos de mover por completo. Hacer entrenamientos distintos a correr no está contraindicado en lesiones como la ‘rodilla de corredor’, la fascitis plantar o la periostitis. 

Y si la afección no es grave y nos permite seguir entrenando (aún cuando no sea corriendo), esa es ya una gran ventaja que se debe aprovechar, siempre y cuando tengamos guía de un médico o fisioterapeuta.

¿Qué hacer en caso de lesión?

Ante un dolor persistente (que no disminuye al paso de los días o que incluso incrementa) es indispensable acudir al médico y tener un diagnóstico para entender la gravedad de la lesión y el tratamiento para superarla. 

Además, es el especialista quien mejor puede orientar sobre cómo mantener la condición física con ejercicios alternativos. Hay muchas formas de seguir activos, evitando el impacto en articulaciones que se tiene al correr, como es en sesiones de bicicleta fija o elíptica. 

El yoga, los pilates, o la natación son muy buenas formas de mantener la fuerza, la condición (y la paz mental). Además que son un ‘seguro contra lesiones’ para cuando regresamos a correr. 

Sin embargo, el factor clave para superar una lesión con prontitud es hacer caso de las recomendaciones de los expertos, si eso incluye seguir activo de alguna forma, adelante. Si no, lo mejor es reposar. 

Lo más importante es cuidar nuestro cuerpo, escucharlo y no forzarlo. Si vemos atletas olímpicos teniendo la sensatez de abandonar una competencia ante el dolor, ¿por qué habríamos nosotros de forzarnos a correr lesionados? Seamos sensatos.