El futbol le regresó algo de lo que le arrebató a Cruz Azul
El futbol le regresó algo de lo que le había arrebatado a Cruz Azul. Como a la pelota le gustan las simetrías, ayer La Máquina vivió donde había muerto. El último minuto de un partido, que permanentemente había sido lapidario, fue la demostración de que las agonías no siempre visten medias en azul.
Un empate en el suspiro final no podía ser distinto. Debía tener sus remarcadas cuotas de dramatismo. Como la trama debía tensarse, un travesaño y un autogol de Nicolas Sánchez colaboraban con aquella improbabilidad de que quien fuera alcanzado en el tramo final no fuera de cemento. Solo así se recuperaba un poco de lo que se había perdido a través de los años...
Hay cosas que pasan de moda, menos aquel viejo adagio que instruye que un penal bien tirado es aquel fuerte, raso y colocado. A la efectividad le gustan las tradiciones. Y se demostró que a Dorlan Pabón también, desde su condición de cobrador inmiscericorde.
Carlos Sánchez realizó una anotación dolorosa. Para él y para Cruz Azul. Sánchez supo que la prisa se lleva bien con la sorpresa y que la definición se abraza a la templanza. Lo descubrió con un envío tan sutilmente cruzado como furiosamente desgarrador. La parte posterior del muslo derecho conoció los alcances del esfuerzo de gol.
Un penalti más claro que las aguas del Caribe, situaron a Ángel Mena a once metros de su presentación en sociedad. Y entonces, todo Ecuador pateó aquella pelota desde el recuerdo y el botín desde el presente, para hacer un gol lleno de futuro. Cruz Azul tenía pulso.
Walter Ayoví cometió el pecado de la imprudencia. Una plancha a la altura del tórax del oponente no podía ser otra cosa que expulsión, aunque los ojos estuvieran en el balón. Y Cruz Azul olió la sangre.
El rojo del cartón le encendió los instintos de Martín Cauteruccio. Este delantero de raza ayer fue avisado de que en México, a veces, los goles dejan de serlo desde la miopía de los árbitros. Si el amor es ciego, el arbitraje mexicano es puro amor...
Y así, con aquella explosión final de lo imprevisto, Cruz Azul igualó a dos, porque fue más. Todo el Estadio Azul conservará el deber de la memoria, al recordar la tarde en la que 'cruzazulear' fue un término ajeno...