El 'lavolpismo' es un museo
“Nuestro valor como seres humanos reside en los riesgos que tomamos...”, Ernest Hemingway.
Entiendo que cuando Ricardo Antonio La Volpe, contrario a su costumbre, comparte créditos con Ignacio Ambriz sobre este América semifinalista, también, en cierto sentido, deposita parte de la culpa en su antecesor sobre las formas y las maneras que tiene el equipo en la cancha.
El América no termina por adquirir los aromas ‘lavolpistas’ del futbol y, lo que es peor aún, el América no juega como debería jugar el América, pero, por ahora, le ha alcanzado para meterse en la semana de las Semifinales, y no sólo eso, con un golpe de cierta fortuna, tras la eliminación del 1 y 2 de la tabla en la ronda de los Cuartos de Final, jugará ahora ante un equipo como el Necaxa, que si bien es peligroso, no deja de ser un rival inferior en plantel, historia, antecedentes y hasta en condiciones mentales.
No hay que hacer ningún tipo de drama. El América fue mejor que Chivas, pero resolvió la eliminatoria con un tiro de esquina, un buen cabezazo de Oribe y eso es todo. Al América le bastó con esa jugada y cierta insinuación de un futbol por algunos momentos rápido y casi siempre ordenado, que en los 180 minutos le valió para ser mejor que su rival. Hasta ahí nada más. Jamás vimos al América que La Volpe prometió en la Liguilla, que arrasaría con los rivales y que mostraría el poder del futbol que tan famoso ha hecho al entrenador argentino en los casi últimos 30 años.
Lo que sí hemos visto es a un La Volpe diferente ante los medios. Primero, presionando por temas de arbitraje, y luego, hasta en una que otra locura que profetizaba sobre una maquinación para echar al América de las finales por parte de la propia Federación Mexicana de Futbol.
La Volpe hizo su trabajo, un trabajo que antes no hacía desde la sala de conferencias, sino que ejercía en la cancha: presionar a los rivales, condicionar el arbitraje. Tras el triunfo ante Chivas, ha depositado gran parte del éxito en el hombre que salió por la puerta de atrás del América, Ignacio Ambriz. Mire que para que La Volpe diga que parte de este éxito ha sido de Ambriz, entonces sí que la cosa tiene que estar medio jodida o definitivamente poco reluciente y atractiva en el América.
Y fue justamente lo que vimos el domingo en la cancha del Guadalajara. Un equipo ordenado, con sus dos centrales ofreciendo un partido excelso, Goltz y Aguilar, y Carlos Darwin Quintero brindando vértigo, peligro y desborde al frente. Justamente, una de las jugadas del colombiano provocó un tiro de esquina y en esa jugada a balón parado, a táctica fija, el América, vía Oribe Peralta, encontró el pasaje a las Semifinales. Luego, cuando faltaban casi 30 minutos, metió a Guerrero, metió a Osvaldito, dejó a Arroyo en la banca, y se dedicó a defender de los pobres, insulsos e inofensivos ataques que proponía el rival.
El América vuela con piloto automático. Pone su camiseta por delante, presiona mediáticamente por conducto de La Volpe y depende principalmente de su orden táctico, de su experiencia y de sus individualidades. Pero de La Volpe y del ‘lavolpismo’, ni sus luces, sólo un recuerdo vago, lejano de aquel entrenador agresivo, que salía jugando desde su área, que buscaba asociación, ataque por las bandas, rotaciones, combinaciones, velocidad. La Volpe se hizo viejo, como todos nosotros, y ha perdido su sentido de agresividad y hasta parte de su valor por tomar riesgos.
El América amaneció esta semana en las Semifinales. El ‘lavolpismo’ es un museo…