El otro 10
“Perigo, área sujeita a ataque de tubaráo” (Peligro, zona expuesta a ataque de tiburones), rezan por todas las playas de Recife unos letreros enormes, constantes, escritos en mayúsculas sobre fondo rojo y con un tiburón negro en el centro dividiendo el mensaje portugués de la advertencia traducida al inglés; es imposible no verlos y de paso provocan una ansiedad inusitada en el visitante que, de ser sincero, ni siquiera se anima a tocar con la punta del pie la cálida costa noreste de Brasil.
Los lugareños manejan dos versiones del porqué Recife es uno de los litorales más peligrosos del mundo. La primera es porque el rastro municipal destila sus residuos directo al mar y los tiburones son atraídos por los cientos de litros de sangre que diariamente se diluyen en esas aguas. Mientras que la segunda, la más polémica, es que aseguran que el gobierno local y empresas marítimas particulares destruyeron un arrecife natural por agrandar aún más la entrada hacia el puerto y eso provocó que la barrera que contenía la presencia de los tiburones de la orilla, desapareciera. Sin embargo, la información oficial de las autoridades relata que existe un canal natural de agua caliente que transita a 150 metros de la superficie y a 100 metros de la playa que provoca que los escualos la utilicen, debido a que les genera menos resistencia para trasladarse.
Fue justo sobre esas doradas arenas que el enclenque Rivaldo, un chico de piernas chuecas y sin dientes, paradójicamente vendía chicles y galletas los fines de semana para tratar de ayudar con la demacrada economía familiar y entre semana salía a las calles para ofrecer periódicos en los semáforos.
La dentadura la perdió cuando doctores del Estado entraron a las favelas más peligrosas de la región y evaluaron la salud de los niños; ahí encontraron que el tercer hijo de los Ferreira Gomes tenía los dientes podridos por desnutrición y nula higiene, su recomendación fue extraerle la dentición por temor a que una infección arrasara con los huesos.
Romildo, el padre, era un jardinero municipal que criaba gallos de pelea, mientras que Marluce, la madre, lavaba y cosía ropa ajena. Ambos luchaban para tratar de sacar a sus hijos adelante, pero su situación era tan precaria que no tenían ni siquiera agua corriente con la cual asearse.
El patriarca, como brasileño de cepa y orillado por la terminal situación, tenía la ligera esperanza de que alguno de sus hijos le saliera futbolista para tratar por lo menos de mejorar el plato en la mesa. Los estudios eran una utopía, deberían pasar muchos años para ver frutos monetarios mediante los libros y en realidad no había plata para solventar instrucción académica, por ello, la apuesta, aunque remota, era tratar de salvarse con la pelota.
De tal manera, cuando a Rivaldo le vio condiciones por encima de sus hermanos mayores Ricardo y Rinaldo, no dudó en gastarse lo poco que tenía en unos zapatos de futbol, vaya momento para un niño que jugaba descalzo persiguiendo una bola hecha de retazos por las polvorientas calles de Beberibe, zona marginal de la periferia de Recife.
A los 10 años fue a probarse con el Santa Cruz, y tras varias vicisitudes, incluida un rechazo intermedio por aquel club y el viaje diario de 15 kilómetros para ir a entrenar, debutó a los 19 como delantero.
“Un día me sacaron del equipo con 14 años, me dijeron que no tenía futuro, por eso me fui a Paulistano FC y después de hacerle varios goles a Santa Cruz, decidieron regresarme, se habían dado cuenta de la clase de jugador que era”, relató para Band Bola.
Los días de buscar ‘aventón’ en camiones de construcción que lo arrimaran cercano a la práctica de su club se habían terminado; ahora residía en la pensión del equipo y comía tres veces por día, pero la vida le presentó otro reto que estuvo a punto de hacerlo renunciar, cuando perdió a su padre que fue arrollado por un autobús.
“Cada vez que iba al comedor del equipo me preguntaba si mi madre también tenía un plato de comida en la casa”.
Rivaldo tenía una pegada excepcional de media y larga distancia, a pesar de su tremenda estatura y largas piernas, manejaba un zigzagueo exorbitante. El humilde Mogi Mirim del poderoso Campeonato Paulista lo firmó al poco tiempo y ahí empezó su despunte.
“Yo quería ser profesional, después me di cuenta que jugando el torneo Paulista podría tener una exposición internacional. El día que le metí un gol desde la media cancha al Noroeste, supe que mi vida cambiaría. Llegó Corinthians y aunque fui con miedo me adapté rápido, más tarde Palmeiras pagó por mi ficha y supe que no sólo podría jugar en Brasil”, cronología que le entregó a FIFA.com.
La convocatoria para la selección no tardó en llegar. “Me llevó Parreira a un par de juegos. Contra Alemania me dejó en la banca y debuté frente a México, ese día metí gol de cabeza y ganamos 1-0”, habla sobre el juego de 1993 en el Jalisco, donde un centro lanzado por Branco desde el córner lo remató en el segundo palo para vencer a Jorge Campos.
Considerado el mejor jugador del Brasileirao, obtuvo el campeonato nacional y dos estaduales con el opulento Palmeiras. Sus días estaban contados y desde Galicia llegó la llamada. Bebeto, ídolo absoluto del Deportivo La Coruña, dejó el club en la cima protagónica del balompié español y el presidente de la entidad gallega, Augusto Lendoiro, necesitaba un golpe de autoridad acorde a las exigencias de la grada. Rivaldo sería la respuesta justa a todos los cuestionamientos, aunque muchos allegados al mandamás brigantino afirmaban que jamás lo había visto jugar.
En un solo año deslumbró con sus acrobacias y capacidad de filtración entre los defensas. A nadie le importaba que abusara de la conducción y que pocas veces levantara la cabeza, vicio que intentaron quitarle, pero que fue imposible erradicarlo.
Luego de jugar con el Depor la Final del torneo veraniego Teresa Herrera frente al PSV, Rivaldo se presentó al otro día firmando con el Barcelona, club que por primera vez en su historia había pagado la cláusula de rescisión para una incorporación: 25 millones de dólares; y es que a petición de Louis van Gaal, querían un zurdo y las inferiores del club no tenían a nadie listo.
Rivaldo ahora debería tapar el hueco dejado por Ronaldo, que se había ido al Inter de Milán.
Zurdo natural al que Van Gaal sólo quería por la banda, pero Rivaldo tenía otros planes y rompía el esquema de manera cotidiana arrancando como media punta por el centro del ataque. La lucha entre el holandés y el brasileño fue pública y más allá de que los resultados los acompañaran, el evento se transformó en una combate de orgullo.
Dos Ligas y una Copa del Rey no fueron suficientes argumentos para dejar la ira de lado. Rivaldo ya era el mejor jugador del mundo, galardonado por France Football y aun así su técnico fue duro.
“Ese Rivaldo no ha ganado nada sin Van Gaal, con Van Gaal aprendió a ganar. Me gustaba más el Rivaldo antes de ganar el Balón de Oro, éste no tiene compromiso con el club”, lanzó de manera violenta el DT.
“No entiendo por qué no me deja jugar como media punta e insiste que sólo vaya a la izquierda. Van Gaal es un buen entrenador, pero no acepta las opiniones de los jugadores, no le gusta que lo contradigan”, respondió.
La grada del Camp Nou se terminó de rendir a sus pies cuando en floja campaña general, una chilena suya metió al equipo en Champions. Fue ante el Valencia, cuando el juego se moría en empate a dos (anotaciones también de él); De Boer lanzó el balón por encima de Baraja, al límite del área grande, el brasileño la controló con el pecho y metió la tijera ante la marcación de Pellegrino y liquidando a Cañizares. Un golazo de otra dimensión, de un jugador acostumbrado a los lujos. Un hombre de rabonas y brillantina.
En Cataluña, el estrés los llevó al borde de la histeria y prefirieron mandar a un jugador estelar que sería Campeón del Mundo con Brasil en el 2002, al Milan. “Estaba feliz por el título, pero triste de haberme ido”, dijo para Diario Sport.
Durante ese Mundial, la pugna por protagonismo entre Ronaldo y Rivaldo fue tal, que Felipao debió controlar la situación. “Ronaldo hizo más goles, pero el mejor era Rivaldo. Un día me cansé de que no se pasaran la pelota, los llamé a los dos y les dije: ‘O se tranquilizan o uno de los dos no jugará más’. Los dejé solos, después supe que Rivaldo habló con Ronaldo y le comentó que deberían hacerme caso porque yo estaba loco y era capaz de sacarlos a ambos”, se ríe Scolari, contando la anécdota para TV Globo.
En Italia el protagonismo se fue diluyendo y dejó de sentirse importante, por ello volvió a Brasil. Todo parecía en picada hasta que una llamada desde Grecia lo ilusionó. El Olympiacos le ofreció el protagonismo en una Liga secundaria, lo tomó y arrasó en el torneo helénico durante tres años.
Fue tal el despunte, que la prensa brasileña exigió su convocatoria para la Copa del Mundo de Alemania 2006, pero Parreira lo dejó fuera. “No me llevaron por desconocimiento de la Liga griega. Tenía 34 años, pero estaba maduro física y mentalmente, se equivocaron”.
Sus últimos latigazos de placer futbolístico los lanzó en Sao Paulo, en Angola, Uzbekistán, Sao Caetano y Mogi Mirim.
“Fui a Angola porque necesitaba ayudar a la gente; es muy lindo vivir en Barcelona, Sao Paulo o Milán, donde todo es cómodo y hermoso, pero necesitaba ir a África, donde hay gente que no tiene qué comer y no se baña, a ellos es a los que debemos abrazar. Por eso construí una iglesia evangelista para compartir la palabra del Señor. Soy creyente y Dios me ayudó, me salvó”.
Hombre disciplinado con su carrera, siempre buscó eludir a la seductora noche y sus misterios; jugador aislado de los medios, a menos que fuera provocado, pero atracción automática de flashes por sus obras plasmadas en césped.
“No fui tan publicitado porque no daba entrevistas, no salía tarde, no estaba con mujeres famosas. Mi vida era tranquila y aburrida, quizá por eso no tuve la trascedencia mediática suficiente. Yo hacía mis contratos, nunca tuve representante”.
Terminó jugando pasados los 40 en el Mogi Mirim al lado de su hijo Rivaldinho y le cambió el nombre al estadio de ese club para ponerle el de su padre. “Mi papá murió por ser pobre e ir a un hospital público. Lo dejaron esperando cuando estaba herido. Quise honrarlo porque si hoy puedo ayudar a la gente fue gracias a él, a su apoyo e insistencia para que nunca dejara de pelear y soñar”.
Supo ser el mejor jugador del mundo y lograr la gloria en el deporte de las masas, portó la 10 de Pelé y Zico sin sonrojarse. Ganó el oro que nunca imaginó y podría salvar si quisiera a varias generaciones de las suyas, sin embargo, Rivaldo la tiene clara.
“Pido menos, no pierdo el tiempo en cosas absurdas. Mucha gente cambia con el dinero y lo hace muy rápido, yo no, ¿para qué?”.