Extranjeros se prueban en México
Estamos en las faldas de la indiscriminada llegada de jugadores foráneos. Si el futbol mexicano fuera un volcán, sus aceleradas fumarolas alertarían la furiosa explosión. Y como sabemos, la lava no tiene propiedades curativas. Todo lo contrario. Quema y destruye con sus brasas las poblaciones cercanas de los nativos.
Bajo ese prisma, el futbol mexicano estaría muy cerca de incendiarse y, paradójicamente, de apagarse.
No es tema nuevo. Lo sé. Es actualizado. Es la llama, que había sido avisada por la lluvia de ceniza.
Tampoco es discriminación. Es exactamente lo contrario desde los directivos que han hecho de la Liga MX, la Liga de las Américas. Y no por su nivel, sino por su llegada de futbolistas extranjeros en forma de cóctel.
Aquí no importa ser probado. A México se llega a probarse.
Enrique Bonilla tiene más bigote que sentido común o ritmo en sus palabras. Ha vendido la inclusión de futbolistas extranjeros con el entusiasmo de un oso hormiguero. Y aún así el proyecto ha sido avalado por la pericia de los zorros. El futbol mexicano es una extraña fauna.
No sé, ni me importa, cuánto más gana un promotor en una transferencia de algún jugador foráneo y cuánto pierde un directivo si catapulta a uno mexicano.
Ni a mí ni a nadie. Eso está claro.
Hoy vienen futbolistas con fisonomías propias de atletas que compiten en una prueba de 100 metros, pero que no saben cuándo acelerar, cuándo frenar o cuándo pensar. Se paga por músculo, como si se tratara de pagar por kilo.
“Estamos pasando del orden y el talento, al orden y la velocidad”, complementa Jorge Valdano. “Cuando uno alcanza con velocidad una pelota, el problema no termina sino que empieza”, decía Ángel Cappa.
Bienvenidos a la Liga de los Estrellados, que pretendía ser la Liga de las Estrellas se leerá en algún diario en algunos años.
Hoy solo resta encender el televisor o ir al estadio para transportarse a Quito o a Bogotá, pasando por Santiago de Chile y Buenos Aires. El futbol mexicano es solo una escala, que requiere café.